Saavedra, un arriero de las serranías norteñas del Perú es asesinado siendo inocente por una tropa exploratoria chilena, eran tiempos de la Guerra del Pacífico.
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| "El repase del arriero", fue escrito para la fundación Ángel Ganivet de Finlandia en 2014. |
RELATO INCLASIFICABLE
EL REPASE DEL ARRIERO
Este relato se ubica en 1880 en las alturas
de la cordillera de los Andes del norte del Perú en medio de la Guerra del
Pacífico librada entre dos países latinoamericanos Chile y Perú. En ese año el triunfante
ejército chileno ya había tomado Lima y enviado tropas invasoras de vanguardia
a distintas locaciones de la serranía peruana.
El
mandamiento es lámpara y la enseñanza es luz. Y camino de vida las reprensiones
que te instruyen – Proverbios 6:23
I
Ascender fatigosamente el sinuoso sendero
del contrafuerte huancabambino peruano, allí donde no hay más paisaje que la
empinada cordillera de pardos peñascos cuarteados por la erosión y centellas,
era para Plinio Saavedra y ella,
insertarse en el silente cosmos de espíritus malignos que despertaban al
crepúsculo como achachilas para ahuyentar a viajeros y gentes del campo.
— ¡Uy, chinita! Los indios de
por aquí están más maliciosos ahura… Dicen que las ánimas cuidadoras de tesoros
escondidos están matando con antimonio a los soldados de botas amarillas— le
dijo asustado.
Su oficio de arriero colporteurs nació tras aburrirse de tanto labrar los sembrados andinos
de Otuzco, su amada comarca natural. A los veintidós años dejó para nunca más
el azadón y las yuntas de enclenques bueyes al darse cuenta que era donairoso
de palabra y bueno para arriero mercader –vendía leña, artículos de cuero, lana
y baratijas-; se echó a andar los vetustos caminos hollados por acémilas y
hombres de las quebradas abruptas de la sierra y montañas norteñas peruanas para
hacer fortuna. No le importó ni la fatiga, ni las epidemias, ni el hambre; solo
tenía miedo, cuando cruzaba los andes, a esos encumbrados montes que los
consideraba dioses animados de pasiones, iras y afectos, de quienes se sentía
protegido y al mismo tiempo temeroso. Pero cuando encontró a la china una
mañana de aguacero en un caserío, su miedo a los aparecidos de los cerros encantados,
su fría soledad y sus ardores genitales, se mitigaron.
Como a la hora del tenso ascenso, ya de
noche, entró a una trocha de recodos abiertos sobre las rocas uno tras otro en
ángulo recto en donde se precisaba no hacer más ruido que el ulular de
lechuzas, búhos y otras alimañas que viven al acecho en las alturas y que
concertadamente componen la aterradora escenografía por donde él fugaba desde
el jueves. Dentro de sí una incipiente ansiedad nacía: era su natural pánico a
la negrura agreste de esta serpenteante ruta hacia el litoral. En cambio ella,
a su lado, iba serena, ampulosa, atenta a los susurros y ademanes de un Saavedra
que traslucía paso a paso su notorio nerviosismo; podía oler su humor rancio,
escuchar sus resuellos, jadeos y toses apagadas por sus manazas moradas. Cuesta
arriba, el aire cambió su fresco inodorismo y el ambiente se fue impregnando de
una humedad fósica y asfixiante; el arriero pensó que el olor provenía de las
carroñas abandonadas los por zorros y cóndores empalagados. Llegó a un
declinante callejón pétreo más oscuro aún que lo fue atravesando con creciente
sobresalto; escuchó resonantes y delatores sus trancos y los de ella y trató de
acompasarlos a las voces aladas de arriba las cumbres. Ascendía despavorido
porque hasta ahora no había sido asaltado por ´el tapao´ Salas -a quien su fama
de ladrón, violador e incendiario lo habían provisto de respeto, temor y hasta
adoración por parte del campesinado de esos lugares-; y sus bandidos, aquellos
montadores de fornidas mulas, armados con carabinas y filudos machetes
escondidos bajo sus hilachentos ponchos, de mirar patibulario y rostros
renegridos por la resolana, la helada nocturna y las granizadas… ¡Hoy tuvo
suerte al no encontrárselos!
Fue un domingo de ramos en la feria de Muérete cuando después de desayunar
café, yucas con cachema frita y disponía a licorearse como era su costumbre,
que escuchó a un predicador de Dios declamar a los desinteresados feriantes… “Hay
entre nosotros una dádiva gratuita que es la Luz del mundo… ¡Sus mandamientos
son lámpara y enseñanza que guían a todo aquél que busca limpiar su vida!”.
Impresionado, él asoció esta figura bíblica a una lumbrera profética despejando
la oscuridad espiritual que tenía la gente con quienes negociaba y decidió
entonces “¡iluminar más que sea sus casas!” con lamparillas inglesas de aceite
para los hacendados, y para los más, los labriegos, con candiles a kerosene.
Así se convirtió en arriero alumbrador.
Después de casi diez horas de andar trochas,
cansados de tramontar decenas de picachos en los que esporádicamente vieron
gatos monteses espiándolos y saltar a sus espaldas – punzándole a él las sienes
de pavor-, llegaron al final de un pasadizo de roquedales filosos y continuaron
el declive por unas escalerillas de rocas calizas que los condujo a un curvoso
desfiladero. A ratos, bajo el espléndido celaje Saavedra aminoraba su fatiga
chupando ron de caña dulce de su cantimplora.
— ¡Si, chinita, San Benito
está cerca!... No debo entrar allí, dicen que está llenecito de soldados de
botas amarillas; dicen que son extranjeros que vienen del sur y andan matando a
la gente por las puras ¡Uy, Diosito
mío!— exclamó.
La
china aspiraba a bocanadas el aire y a trechos resoplaba de cansancio; Saavedra
calculó, observando el constelado, que eran más de las cuatro de la madrugada
del lunes. Al final del descenso y tras un atajo ancho y polvoriento se
desplegó ante ellos un breve valle que él coligió fecundo por el olor herbáceo
que el vientecillo traía y por el tenue canto de las noctámbulas chicharras; un
débil alivio destensó sus nervios. Ambos marchaban ahora a paso lento; Saavedra se contentó por la ausencia de
contratiempos en la travesía, pensó en la continua ansiedad causada por su
miedo a los espantajos y a los bandoleros de Salas arriba en la serranía. Esperaba descansar hasta el mediodía
al lado de su china para reponer fuerzas. Volvió a escuchar lejos los aullidos
de zorros escurridizos que seguramente se disputaban alguna presa caída en las
altitudes, pero las lechuzas aún los seguían por el celaje negro o saltando de
peña en peña “¡estaban por todos lados!” Entró en un bosquecillo de algarrobos
y yerbas de esparto corto que le insinuaron el descanso inminente, horas de
horas intercalados en ese universo andino espeluznante así lo justificaban. Con
su sombrero alón rojo -aquél que trocó a un militar cuando emprendió su fuga,
conjuntamente con una casaca de lana, por una de sus lámparas-, espantó con
energía a una turba de abejones madrugadores que se les venía encima.
II
Hacía como nueve años que la china moza lo
acompañaba por las trochas solitarias. A Saavedra
le gustó por ser obediente y silenciosa. La convirtió en su pareja porque entre
otras dispensas no lo celaba con mujeres de los pueblos que por unos centavos
se lo encamaban; ella comía, bebía lo que buenamente le ofrecía él, escuchándolo
discursear largo sin bostezar andando las trochas. Cuando Saavedra se
emborrachaba por días –porque era su vicio- en las ferias aldeanas y se caía de
tanto alcohol, ella se lo llevaba al aposento alquilado al paso o a algún
repajo en los caminos y velaba por él mientras dormía; cuando emprendían largos
viajes por las rutas del litoral le anticipaba si alguna tormenta telúrica
estaba por desatarse por el Este tras los cerros. Y lo acompañaba silenciosa y
contenta a preparar las modestas cenas después de jornalear sus lumbreras por
los poblados de la rupa rupa o en los mercados paupérrimos andinos. Lo malo de
ahora para Saavedra era que andaba
restringido para comerciar, parametrado por el temor a una guerra ajena que se
había iniciado al sur de Perú y que había llegado hasta estas alturas, pero la
china le daba ánimos, le perdonaba su vicio, lo comprendía sin condicionarlo y
lo calentaba de noche con su ardiente piel. Por todo eso y por lo que significaba
la chinita en su vida esta cita cariñosa con ella no sería la primera, por eso
hoy el rincón escondido entre la encubridora maleza era el adecuado.
Desde joven lo hacía. Desde cuando se lo
enseñó el negro Mondragón allá en el ejido de sus tíos y desde cuando le pide
perdón a Dios cada vez que lo hace. Pasaron los tiempos y con la práctica
diaria halló la pose adecuada, aquella enteramente excitante, tan lúbrica y
febril que crispaban sus nervios y lo dejaban exánime por algunas horas. Extendió
en el suelo sus pellones y puso de costado a la china calculando que las
redondeadas nalgas de ella permitieran alinear su gran vulva violácea y carnosa
a su túrgido pene en el momento del acto. La llenó de besos, caricias y arrumacos.
El amanecer sereno apenas con arbóreos vientecillos fueron esfumando la gran
tensión nerviosa que le produjo anoche cruzar los andes poblados de luciérnagas
demoniacas, nerviosismo este que a pesar de sus mañas de arriero no pudo
desechar del todo, en parte, porque los indios de por aquí con quienes negocia
las idolatran advirtiéndole de apariciones funestas. De una de sus alforjas extrajo
un botellón con chicha que empezó a beber para purificarse y de otra talega una
revista descolorida y de hojas desgastadas por el manoseo frecuente; en sus
páginas surcadas por mil dobleces se observaban fotografías de meretrices
enseñando sus genitales y tetas voluminosas: Allí maquilladas con malicia,
ellas jalan hacia adelante sus pezones, mostrándole sus labios púbicos y sus
rojizas vaginas, como ahora Saavedra veía
la de su china. Hojeó y re-ojeó lentamente la revista hasta sentir en segundos
la excitación peneana galopante. Mientras se preparaba para el acto escuchó el
desmoronamiento lejano de piedras que las conmociones geológicas colocaron es
esas alturas, sin embargo su miedo se iba convirtiendo en excitación
concupiscente a tal punto que su pene erectísimo, ya inclinado hacia el cielo
estaba listo para introducirse en las calenturas de su chinita. Estuvo en su
coito ardoroso; cohabitó con ella alborozadamente sin decirle palabra alguna
por media hora, tiempo en que realizó todas sus utopías eróticas pensando que
poseía una a una las modelos rubias y morenas que le sonreían en la revista. Su orgasmo fue tan intenso que antes de
adormecerse de placer y cansancio pensó que como nunca gozó tanto. A su lado la
china, advirtiendo que Saavedra había terminado y empezaba a roncar se puso de
pie y fue a un costado a la espera de que se hiciera completamente la mañana
que ya sonaba a pajarillos canturreantes. El rostro tieso de Saavedra, ya dormido
en sus pellones, mostraba una sonrisa de satisfacción que revelaba la
posposición de este encuentro amoroso durante varias semanas, según él, “para
darle con mayor gusto a ella y no aburrirla”. En el suelo quedaron las jacillas de aquél zoofílico madrugador
lunes.
III
Eran aproximadamente las tres de la
tarde del lunes, a plena solana, cuando Saavedra
divisó hacia abajo adyacente a un manso arroyuelo inmerso entre cerros verdosos
techados por nevosas nubes, a San Benito,
un aldeorrio de galponcillos con cobertizos de ramas y horcones desgreñados en
cuya plazoleta principal cercada con tapias de adobe, se advertían a pobladores
sesteando sobre tapetes de broza o recostados a lo turco en los muros
polvorientos de las casuchas perimetrales y… ¡allí estaban también las
caballerizas y los militares de botas amarillas!
— ¡China, no
debemos curiosear, nos vamos de largo! ¡Apura!—murmuró acobardado Saavedra.
Prestos, tomaron el camino hacia la
costa el que bordea las alturas de San
Benito, aquél de tramos salpicados de socavones que penetran verticalmente
la cordillera y que esconden pumas o ladrones de caminos. Ascendieron rápida y
cautelosamente durante el atardecer hasta llegar al ventorrero desde donde él
volvió la vista atrás para mirar abajo la diminuta plazoleta blanquecina de San Benito; el vientecillo que los
escoltaba se convirtió luego en ventarrón enfriándoles los ánimos, algunas aves
de plumajes multicolores les sobrevolaron saludándolos con alegres trinos.
Desde allí el colporteurs arriero trató de observar el litoral entre la
cadena montañosa del Oeste, pensando, dado el riesgo de la guerra, quedarse a
residir en algún poblado costero hasta que culmine ésta. Reanudaron la marcha
por trochas verdosas de ichus y champas yendo a parar a una quebrada que se
estrechaba y profundizaba a medida que descendían, los cerros altísimos con el
rúbeo crepúsculo mudaron sus pieles cenizas a negras: ¡despectivos y huraños los
vieron pasar a Saavedra y su china! Con el avance de los minutos en aquellos
montes una tensa tristeza iba carcomiendo aún más su ánimo. Muy de noche ya, a
pesar del cansancio acumulado prosiguió el descenso pedregoso a paso rápido, en
sus abultadas alforjas llevaba siete lumbreras que como único capital les
conferían un grotesco perfil cabalgante que discurría flanqueando los macizos
de roca caliza. Abajo al final de la quebrada escuchó el fluir del riachuelo Malalivio de aguas ponzoñosas de
paludismos, malarias y tifus. Entró en un corto túnel que daba paso al tramo
final de la cordillera descendente y allí, el taconeo de los pasos de su china se
convirtió en ecos altisonantes que le suscitaron temor, pero iba pensando que
ya había burlado la vanguardia de esos militares sureños que avistó por primera
vez desde las cumbres de San Benito.
El olor a humedad por la llovizna que se iniciaba saturó el aire. Al borde de
las diez de la noche ante el rumor lejano de los truenos, la china le advirtió
con rebuznos de una tormenta que se escondía en el Este; Saavedra sin pérdida
de tiempo agitó su cabalgata al ver el relampaguear del cielo sobre los
roquedales inmensos que lo rodeaban, el aire se tornó más saturado aún.
Encontrándose todavía a cierta altura del llano alertado por luminosas
centellas creyó que eran fieras guarecidas las que hacían crujir los ramajes
del bosquecillo de acacias de la margen izquierda del riachuelo; el sonido se
hizo más audible según descendía por eso aminoró la velocidad de sus pasos.
Vadeo las aguas malolientes del río ingresando por un vericueto ripiado de
malezas del bosque umbroso viendo maliciosamente que en el hollado suelo habían
vainas verdes de algarrobo en vez de maduras caídas que destellaban al brillo
lunar, el aroma de la algarrobina era intenso como si los hubieran sacudido
vientos iracundos: Paró en seco y trató de descifrar el sonido débil que
provenía de entre los arbustos.
— ¡Los indios
dicen que los soldados de botas amarillas son buena gente; de todos modos vamos
a galopear rápido por sí los haiga...!— musitó tenso.
Avanzó sobre el ahora silente andurrial
entre los arbustos cuando oyó voces pronunciadas; creyó que era el ´tapao´ Salas – a quien jamás le vio sus barbas- y sus secuaces, pensó que
sería mejor entregarle las seis lumbreras a cambio de su vida y la de la china…
—¿Quién
eres, mierda?—tronó una voz que salió de las ramas.
—Soy Plinio Saavedra,
vendedor de lumbreras, capitán jefe—suplicó temblando.
—Baja
de tu mula, so idiota, pu! ¡Manos arriba, indio de mierda!
Subido en un árbol del bosque mudo, un
militar de contextura gruesa con distintivos de suboficial fue quien le dirigió
la orden; Saavedra observó que tenía la pierna derecha con una venda manchada
de sangre seca y un fusil largo apuntándole la cara; al mulero se le escalofriaron
la espalda y el pecho inundándosele las palmas de sudor helado.
—
¡Al suelo, indio so-cojudo!
Aparecieron más captores y con ellos el
aguacero: estos se abalanzaron sobre sus alforjas y las abrieron con sus
bayonetas rodando en el fango sus acicaladas lumbreras. Lo desnudaron
arrancándole las ropas y lo enyugaron a su china encaminándolos cuesta arriba a
San Benito. Mientras iba a paso
forzado sobre la ruta cenagosa tras las cabalgaduras de ellos escuchaba sus
hablares amanerados “discursiando” sobre la guerra y reían animados por el
cañazo que chupaban. Cuando ya coronaban el ventorrero desde donde se avistaba,
abajo, San Benito, la patrulla de
militares se detuvo un momento y cuatro soldados por orden del grueso jefe se
retrasaron hasta donde estaba Saavedra y la china, uno de ellos, un joven de
tez clara lo desyugó de la mula y le ordenó tirarse al suelo fangoso; pero él,
fatigado, confuso, aterido de frío por su desnudez que absorbió de la llovizna
del amanecer, no escuchó la orden del militar; de pronto sintió un gran golpe,
una gran conmoción en su cabeza como una dentellada en la nuca. A los pocos
minutos cuando ya cesaba la lluvia se escucharon tras las cumbres los ecos de
siete disparos de fusiles Grasse…En
las siguientes horas los vientos andinos solamente traían las carcajadas de
hombres que continuaron arregostándose en el abuso de campesinas y en el saqueo
inicuo de San Benito días atrás
invadido por un destacamento del ejército de Chile.
Al mediodía del martes bajo quemante sol
aquél San Benito de pobrísima
población estaba acuartelado. Su única calle rectilínea mostraba entre nubes de
polvareda el ajetreo de militares de botas amarillas que junto a sus
cabalgaduras, bestias y ganado robados iniciaban la ruta del riachuelo Malalivio en dirección a un objetivo
costeño. Sólo el arriero Saavedra y la mula no se movieron más; yacían muertos,
tirados en el congosto de socavones de las alturas sobre charcos de lloros del
cielo y sangre inocente; quedaron allí victimados por los cacheteros que tenían
la misión de perseguir a los que consideraban enemigos –la mayoría campesinos-
y asesinarlos a culatazos, sablazos, balazos en la cara y de practicarles
finalmente el infame REPASE A BAYONETA CALADA. Así, el singular concubinato
entre Plinio Saavedra y su china -su mulita azabache que fue desquijarada y
despojada de su arnés y monturas-, se acabó trágicamente escindiéndose para
siempre esa utópica convivencia humano-animal que superó largamente las
discordias conyugales y otras desazones del cohabito humano.
Aún en estos días del siglo XXI en las
alturas de Huancabamba, al norte de
Perú, los indios y cholos advierten a los viajeros que se detienen a merendar en
algún restaurante de por allí que al crepuscular destellante de luciérnagas y
aleteos de lechuzas, una acémila retinta traslada por los serpenteantes
senderos a un colporteurs de rostro
cadavérico y mirada desconfiada que llora lastimosamente. Dicen que viste
sombrero alón rojo, casaca militar con pegotes de sangre y jinetas de sargento
primero. También dicen que es lumbrera de mala muerte para quienes se crucen
con él.▪

El conflicto por el guano de islas entre Perú y Chile dejó miles de historias que se han ido traduciendo en una narrativa de guerra tan vasta como conmemorativa.
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