El relato narra la vida del ingeniero Evans, un solitario derrelicto que muere de cáncer a la garganta de tanto practicar el cunnilingus debido a su micropene.
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| "Franzuá Evans", se escribió para la institución Juan Ganivet de Finlandia, en julio de 2016. |
CUENTO IMPÚDICO
FRANZUÁ
EVANS
Más
de cincuenta años pasaron desde que madame Patreu mami de un burdel del Jirón
Huatica en Lima, le dijera asombrada pulseando su pene que lo tenía pequeño (la escuchó decir ´petit´, que no entendió
y que horas después lo tradujo). ¡Fue como una marca de carimbo sobre la
percepción mental de su genital! Su compulsión se inició así y mientras pasaron
las etapas de su vida hasta los setenta y dos años que vivió, Franzuá Evans no
cesó de medírselo con una milimétrica regla metálica cada vez que estuvo a
solas …Su miembro viril erecto nunca pasó la medida de 5.7 centímetros.
Siendo
jovencito fue llevado una tarde de 1966 a ese jirón Huatica de habitaciones con
ventanitas de colores por su recio tío
Eulogio como obsequio al cumplir los dieciséis años, él le habló exaltado
mientras entraban al burdel: —¡la francesita que te cuento está rebuena y huele
rico, del precio no te fijes, muchacho!… ¡Te hace servicio completo! ¡Su
perfume y su acento francés me arrechan!... ¡Te cuento que Ella te va a atender
porque cree que el desvirgar a un joven le trae suerte!—le dijo, sonriendo. Muy
confundido Franzuá, solo atinó a asentir con la cabeza a su tío y la música
estridente que sonaba en el lenocinio lo entristeció.
El
tiempo transcurrió y en vano esperó a que creciera su miembro genital tras
muchos intentos y fracasos. El temor a ser descubierta ´su pequeñez´, en tiempos
de escolar del Colegio Ricardo Bentín en el distrito del Rímac, lo obligaba a
evitar cruzarse con las escolares mujeres que transitaban por la concurrida
Avenida Alcázar porque creía que le observaban con suspicacia la bragueta de su
pantalón. Además, tenía vergüenza de entrar a los baños de los cines de su
barrio pues aguantaba las ganas esperando a que estén vacíos para miccionar y
no ser objeto de burlas de los demás; igualmente, siendo destacado
basquetbolista de su escuela no se bañaba con los demás después de cada
competencia, prefería hacerlo en su casa ubicada en la cercana Unidad Vecinal,
tampoco frecuentó balnearios o centros de esparcimiento similares, ni jamás se
volvió a acostar con una mujer desde aquella vez que lo hizo con madame Patreu
porque sabía que ridiculizaría su micropene.
Los
innumerables sexólogos que consultó le aconsejaron practicar ejercicios
manuales para hacer crecer su pieza viril, o jalarse a diario el pene como lo
hacen los ancianos coreanos porque creyó que así crecería; se cansó de
dosificarse pastillas y jaleas; colocarse prótesis agrandadores, y hasta pensó
en cirugía pero se desanimó porque se enteró que no se lograba aumentar mucho la
longitud peneana. Por un tiempo supuso que a las mujeres solo les interesaba el
arte de hacer el amor según el ritual tántrico hindú pero se decepcionó porque
las que copularon con él le pedían a gritos más allá de sus 5.7 centímetros. Ni
las raciones de leche de burra, ni las exquisitas criadillas de toro, o los
onanismos frecuentes, ni incluso el cinderafilo o vaigras que tomaba
erradamente por doquier, surtieron efecto.
Cuando
se miraba al espejo se deprimía porque éste no le devolvía la imagen de cuerpo
entero que él se imaginaba de sí mismo, “ninguno
de mis amigos, ni mi familia se atreve a decirme lo feo que soy, ¡por mi
fealdad es que siempre las mujeres se han apartado de mí!…” pensaba
fijamente. Así, Franzuá tuvo dos grandes traumas mentales que condicionaron su
vida de solterón: su aparente fealdad y su… ¡reducido pene! Debido a ello no
pudo saborear las mieles del primer amor, ni las aventuras sexuales en los
paseos escolares, ni el bailar pegadito abrazando a una chica en los
sicodélicos partys pop sabatinos, o
intentar siquiera la conquista amorosa de alguna de las chinitas que le rasgaban
el corazón, más bien, fue burla de sus compañeros de escuela que lo tildaban de
marica, feo, aguantado seminal y gran lorna (idiota), sintiéndose impotente
porque su espíritu pacifista impedía el reaccionar violentamente ante sus
agresores verbales. Evitaba los duelos cuerpo a cuerpo con sus insultantes
porque según él “¡estos huevones no se
bañan y de lejos huelen a mierda!”, se decía así mismo.
Finalizada
su adolescencia, al darse cuenta que era un mendigo anaclítico del afecto
femenino, intentó mejorar su aspecto físico y psicológico solapándolo con ropa
de moda, asistiendo a charlas de oratoria amorosa para impresionar con su
hablar, consultando ardides a amigos exitosos en cosas del amor, levantando
pesas en el gimnasio universitario además del basquetbol que ya practicaba de
niño, y todo ello con la intención de ganar músculos y valor al momento de
emprender conquistas de mujeres las que ni se animó a intentar… “Todo es pueril, es mi negro destino el que
me somete a sus caprichos, mejor es dejar de lado estas cojudeces de mujeres y
cuando tenga ganas de hacer el amor buscaré a alguna madame Patreu (puta) para
que alivie los ardores de ´mi pequeñez´… ella si me comprenderá”, era su
rumiar obsesivo.
El trauma
de su microfalosomia se manifestó por sus marcadas angustias y
sentimientos de frustración, pues se enteró que escasamente uno de cada 866 varones en
todo el mundo poseía esta minucia viril... “Un
varón que no pudiera penetrar a una mujer no encontrará un lugar social y
sexual en la sociedad”, se decía
fastidiado, y empezó a utilizar
habitualmente costosos e inútiles aparatos para el alargamiento peneano y
aunque se automotivaba para creerse que su pene tuviera la longitud normal, no
llegó a superarlo, inclusive adoptó el usar gabanes o abrigos largos para
ocultar la parte inferior de su cuerpo, sea invierno o verano.
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La
avenida Alcázar es una de las principales calles del Rímac, por ella han
circulado en sus dos vías de historia desde acémilas en los años 1600 –época de
esclavitud colonial- hasta los modernos autos Audi volanteados por jóvenes jugadores de fútbol que vienen de
visita a ver a sus bellas amantes rimenses. En los veranos su rectilínea
trayectoria se torna colorida por el cosmos de modernidad que siempre reclamó y
consiguió de las apoltronadas autoridades ediles, en sus trazos se instalan
desde humildes quioscos de venta de periódicos y golosinas hasta medianos
supermercados que subsisten gracias a que la gente de los alrededores ha
progresado materialmente. Para los vecinos del Rímac esta avenida es orgullo de
origen actual porque no es herencia del rancio pasado español sino esfuerzo de
ellos mismos, caminan por allí cada vez que quieren ufanarse de tener al Rímac
reconocido por la ONU como Patrimonio Mundial. Alcázar es una larga avenida
cuyas fronteras están delimitadas por un antiguo cuartel del ejército peruano,
la española Alameda de los Descalzos, la urbanización El Manzano cuna de los primeros músicos rockeros de Lima, y la unidad
vecinal, un conglomerado de edificios para gente de clase media en donde ancló
Franzuá al nacer y en donde además falleció. Su infancia y adolescencia fueron
observadas por estas viviendas multifamiliares de cuatro pisos que lo vieron
pasar con sus libros en las manos y con sus ojeras habituales cuando fue
estudiante dedicado de la Facultad de Electrónica en la Universidad Nacional de
Ingeniería en donde obtuvo un segundo lugar de su promoción de graduados. Ni
allí, en la universidad, alguna chica lo vio con ojos de enamorada, realmente
muchas de ellas, incluso de otras facultades, lo vieron como el solucionador de
sus tareas universitarias, mañas que él soportaba por la única razón de
sentirse algo cerca del calor femenino. Trató de conquistar varios corazones
solitarios alardeando a las chicas que no copulen con él diciéndoles que la
longitud de su miembro podría dañar sus partes íntimas, pero no consiguió nada.
Ni su porte atlético de 1.78 metros de estatura, ni su alto nivel científico
lograron convencer a las pocas amigas que conoció mientras fue universitario,
no pudo ser considerado siquiera pretendiente de ellas. “Todo es vano, es mi negro destino el que me somete a sus caprichos,
mejor es dejar de lado todas estas cojudeces de mujeres y cuando tenga ganas de
cachar seguiré yendo a donde madame Patreu para que alivie los ardores de mi
pequeñez… ella si me entiende”, pensaba desilusionado.
Mientras
fue joven, en las citas amorosas con las putas en su departamento, nunca se
quitaba el calzoncillo y les explicaba que no era por impotencia sino por la
insignificancia de su miembro, solo les practicaba el cunnilingus a las chicas
mientras apenas podía masturbarse dada la exigua longitud de su miembro. No
tenía una amiga preferida, le gustaban nuevas y de todo tipo: mestizas,
orientales, peruanas o extranjeras. Una de ellas le enseñó a hacer el “69”
sentados, postura que para Franzuá era como estar en el paraíso de huríes.
Hacer exclusivamente el cunnilingus lo protegía, según creía, de las enfermedades
de transmisión sexual, por ello no concurría a los burdeles de Lima porque no
le permitían hacer sólamente eso pues las meretrices le insinuaban que era
impotente, —eres un tipo raro a quien no se le para así estemos 20 mujeres con
las piernas abiertas frente a ti—, le
dijo alguien alguna vez. Su
comportamiento social fue apocándose con el tiempo y se hizo solitario neto, ya
no tenía círculos de amigos con los que se reunía para libar alcohol, dejó los
que tuvo porque según él: “Hablaban sólo
de sexo y de sus hazañas en la cama con mujeres”
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La
Universidad de Ingeniería en donde Franzuá se graduó lo becó por su constante
brillantez académica haciendo su pasantía en ITT, una empresa de
telecomunicaciones de España que hacía negocios en los años ochenta con el
gobierno peruano. Durante los cuatro meses que estuvo en Madrid asimilando
nuevas técnicas de ingeniería, usaba prótesis bajo la ropa interior para lograr
notoriedad y hacer creer a sus compañeros españoles que tenía un pene grande.
Regresó a Lima y fue contratado por la empresa con un buen salario, al año lo
ascendieron hasta un puesto de jefatura jerárquicamente debajo de una gerencia
regional, sin embargo, cuando su padre y madre provincianos presagiaban que el
hijo único obtendría la vicepresidencia CEO, no fue así, el gerente Iñiguez
Balboa de Barcelona se interpuso en su avance, Franzuá se enteró por un amigo
de labores que la matriz ITT prefirió a tal catalán enviarlo a Lima “porque el
ingeniero Franzuá Evans no posee la donosura que la gerencia requiere”.
Pasaron
algunas semanas y Franzuá renunció a ITT al no soportar que el refinado Balboa fuera
su jefe “quien por ser bonito lo había
desplazado, siendo un personaje que no sabía nada de ingeniería”. Con sus
36 años a cuestas y el dinero de su liquidación laboral montó su propio negocio
de consultoría en telefonía y así vivió a flote algunos años hasta que conoció
a Paty Bravo cuando desayunaba en una panadería de la avenida Alcázar, un
domingo de Resurrección. Franzuá, en ese entonces, ya tenía 49 años de edad y
eran finales de esos los ochenta cuando por fin, según él, creyó que el cielo
se había apiadado enviándole a una mujer buena y que lo amara. Aun así, ya en
romance con Paty, la obsesión por su ´petit´ pene no dejaba de martillarlo a diario
e hizo que adquiriera un sinnúmero de estatuillas de diferentes tamaños del
gran envergado ´Pícaro´ que los ubicó en diferentes lugares de su hogar y
oficina de trabajo, incluso los llevaba como amuletos para la buena suerte en
su auto.
Pero
Paty Bravo era una ex florcita intocable del ´Jardín Carmín´, un burdel selecto
administrado por su madre Martha Gómez, ubicado en el jirón Huatica, el lugar más libidinoso de la Lima del
siglo XX, en donde los parroquianos eran seducidos desde las ventanas no solo
para copular, sino también para bailar y solazarse con el alcohol.
Ella
tenía cuarenta años de edad cuando conoció a Franzuá pero aparentaba unos treinta,
bella por donde se la mire, era regente de la agencia de putas delivery de la
que él era cliente antiguo, Paty, creció en el burdel de su madre quien la
apartó del oficio y por ello vivió entre pasarelas y modelos de farándula pero
no pudo esquivar su destino de boquita pintada de alto vuelo. Tenía ese toque
especial que Franzuá no podía determinar qué era, pero lo atribuyó a que le
complacía en todas sus fantasías sexuales. Ella no se enamoró de Franzuá y logró
sacarle de sus bolsillos cinco mil dólares como préstamo a nunca devolver y sólo
cancelable con favores sexuales, que él además, no quiso cobrarle. También lo
involucró con las canciones de Ray Conniff: Chim
Chim, Zorba el griego, Hello Dolly, Cabaret y Somewere, que se convirtieron en sus
favoritas escuchadas mientras pasaba los días con ella haciendo el amor, paseando
en auto por Lima o a pie por la avenida Alcázar.
Precisamente
ella se compadeció de él y al inicio de su corta relación lo ayudó a aliviar su
pesar, tuvieron algunas sesiones sexuales practicando poses en donde el
micropene de Franzuá apenas acariciaba su vagina, finalmente desistieron y la
práctica de cunnilingus y la felación reinaron en las tres semanas que salieron
juntos. Antes de dejarlo, Paty le aconsejó buscar en el manual de Kama Sutra
posturas adecuadas para “su pequeño ser” que sean satisfactorias. Decepcionado
Franzuá se cansó de imaginar las posturas que este libro sugería pero no halló
ninguna adecuada…” ¡Seguiré pagando
cunnilingus a todas!”, se dijo malhumorado.
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Más
de cincuenta años pasaron desde que el primerizo Franzuá copuló con madame
Patreu en aquél jirón Huatica en Lima, hasta que una tarde de primavera del
2012 Franzuá escupió sangre, días atrás le había aparecido una tos que
paulatinamente le empezó a fastidiar, al principio creyó que era una infección
viral pero se le hizo crónica, acudió a varios médicos quienes no advirtieron
que detrás de los esputos sanguinolentos no estaba el bacilo tuberculoso de
Koch sino un cáncer avanzado de Laringe. El neumólogo Hans Lenz halló su mal:
“Cáncer laríngeo avanzado debido a cepas 45 de virus de origen vaginal”, fue el
diagnóstico definitivo. El virus del papiloma humano había instalado una
colonia frondosa en su garganta y recién le avisó en su fase terminal para
llevárselo. El parco doctor Lenz le explicó que la causa de su tumor fue la
práctica perenne del cunnilingus...—Se cree que este virus se transmite vía
relaciones sexuales y es frecuente en mujeres con cáncer de cuello uterino— le
dijo a un Franzuá desalentado.
Cuatro
meses después, a los setenta y dos años, Franzuá falleció sin despedirse de
Paty Bravo, sin conocer los cariños del amor verdadero, sin amar a una mujer, y
lo que es más, no pudo lograr un pene de 14 centímetros que según creyó toda su
vida era la longitud reglamentaria para un varón.
“Un ave negra surcó
los cielos nocturnos llevándose en sus alas a Franzuá en un viaje sin retorno”
fue el epitafio que
Paty aplicó a su lápida como obsequio póstumo. Y El cóndor pasa una canción peruana interpretada por Ray Conniff,
fue la melodía elegida por su anciana madre que acompañó el solitario funeral
del desvirgado ingeniero Evans.

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