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| "Escritor de río", fue escrito para La biblioteca de Alovera España |
MENTES ENREDADAS
ESCRITOR
DE RÍO
En octubre de 2010 un ermitaño vecino del
río Rímac, en Lima, buscaba
desesperadamente en lo extenso de la ribera del río un manuscrito que según él,
— jamás novelista alguno pudo escribir—.
El viento invernal mañanero lo tenía convencido que el texto perdido relataba
el trance de un literato excéntrico que teclea febrilmente una Olivetti dentro de un cuartucho, alumbrado
por un candil y arrullado por las aguas del río
hablador que van al Callao. —Sólo
falta que lo editen y será todo un acontecimiento literario—, auguraba, —aunque
los gallinazos, perros y bagres de este arroyo ¡se opongan!
― ¡Fuera animales, carajo! ―, gritó
maldiciendo a tres ratas que mordisqueaban cual bibliofagos, un astroso cuaderno
de tapa dura tirado entre las moles de basura que traen las aguas turbias del río hablador (apodo del Río Rímac), aquél torrente que viene a
Lima desde los andes centrales de Perú y muere en el Callao, un puerto limeño. Aquella mañana el viejo basurero de
ropaje raído, cuando hacía la pesquisa
ribereña (además de rescatar de las aguas cosas de valor para venderlas), vio a
unos diez metros de distancia un voluminoso manuscrito mojado y percudido –no era
raro en él encontrar papeles para leer-, que una vez espantados los malolientes
roedores lo cogió y guardó para examinarlo en ´su casa´ por la noche.
Esa noche en ´su casa´ de cartones,
plásticos y argamandeles, instalada bajo el Puente
Santa Rosa que cruza el río, fue para él: ¡Oh, gran sorpresa! Ya que a
medida que leía el cuaderno de letras nítidas, daba por sentado que la obra allí
expuesta era del octogenario escritor Mario Vargas Llosa y llegó a creer que
era de él: ― ¿cómo es posible que sucedan estas cosas? ―, pensó, intrigado. En
la inmensa inescrutabilidad de las aguas que escuchaba fluir detrás de su indigente
vivienda no pudo explicarse por qué el Nobel peruano se deshizo de su
manuscrito ¡tirándolo al río! Infinitamente entusiasmado por la idoneidad
narrativa del argumento lo guardó en una antigua valija de su tugurio para
presentarlo en los próximos días a alguna editorial limeña.
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En algunos momentos de lucidez, cuando era
consciente de su precaria realidad, el ermitaño basurero afirmaba que la
máquina Olivetti que un día le trajo
el río como regalo fue la puerta de entrada a su locura; para él ese aparato
era un ente inadecuado para plasmar con toda su belleza lo que la inspiración
le dictaba. Su delirio empezó cuando transcribió el primer capítulo de su ´novela´
que íntegra la había escrito a mano en un cuaderno, pero notó que lo que
imprimía la máquina en unas arrugadas hojas bond era impersonal, frío, que por
más que teclease con el alma, los tipos de la antigua Olivetti no transmitían ni el ardor ni lo que expresaban las letras
del original. Pasó varios días en el trance de transcribir las hojas del cuaderno
hasta que empezó a comportarse muy raramente: alucinaba ser un copista
monástico cartujo del siglo XI, un amanuense que demoraría varios meses copiar en
un cuaderno lo que él tenía escrito en su mente. Durante semanas apenas dormía
con tal de terminar su labor copista, pues temía, si cabeceaba, ya no escuchar de
su mente el dictado de su quimera, su parco raciocinio se pegó a su imaginación
para no dejar de captar muchos detalles de la ´novela mental´ que se abría paso
entre sus recuerdos, sentimientos y emociones trastocadas…y hasta ¡dejó de
comer! Sus dedos pulgar, índice, cordal y tendones de la mano
derecha no se fatigaron ni se lesionaron durante el mes en que realizó la frenética
transcripción envuelto entre la fauna del río, la discreta luz lunar, el murmullo
bronco de las aguas del río aledaño y el ruido vehicular de la ciudad , que más
bien inspiraron su cerebro.
Al finalizar el copiado, una tarde de incontables gallinazos,
y endeble por el extenuante esfuerzo manual fue que sufrió fiebres psicosomáticas. Le sobrevino el aura galénica y los consecutivos
ataques epilépticos acabando inexplicablemente, antes de quedar inconsciente, por
tirar a las aguas la Olivetti, las
hojas bond y su caro manuscrito. Sólo él supo por qué desechó aquello que le
costó tanto esfuerzo escribir. Las aguas del río Rímac tuvieron benevolencia con él porque el cuaderno empastado no
avanzó mucho entre sus flujos atascándose en la margen izquierda en unos
montículos acumulados de inservibles que vienen desde arriba los andes.
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Por un momento le pareció estar en la ribera
de un río ¡cosa que no podía ser! pues estaba en el escenario en donde esa
noche de gala de octubre lo premiarían con el Nobel de Literatura, en el
Ayuntamiento de Estocolmo, atribuyó la confusión mental a la gran emoción que
le embargaba los sentidos. Sintió el bramido de los aplausos de los preclaros
asistentes a la ceremonia que por instantes también confundió con el ruido de
las posesas aguas del río Rímac dirigidas
hacia el mar. Días atrás había llegado la noticia a sus oídos que el comité de
premios Nobel de Literatura lo había nominado ¡las voces del río se lo habían dicho!, le dijeron que él estaba
dentro de los escritores finalistas por obtar el galardón mediático que otorga
la Academia sueca, entre ellos: el narrador y poeta keniano Ngugi
wa Thiong´o, el poeta sueco Thomas Tranströmer, los narradores norteamericanos
Cormac McCarthy, Thomas Pynchon, Philip Roth y Joyce Carol Oates; también, el
japonés Haruki Murakami, la canadiense Alice Munro y el israelí Amos Oz, pero…¡él
fue el ganador!
Antes de recibir los diez millones de
coronas suecas en manos del rey Carlos Gustavo, él expresó a los invitados a la
gala que de toda su producción literaria su obra maestra era Escritor de río, fruto de años de cómplices
vivencias en las márgenes de un río que
habla, tiempo en que, según agregó, había aprendido a descifrar los rumores
adivinatorios de sus aguas.
Al día siguiente el eremita basurero, después
de despertar de ese megalómano delirio premonitorio de ser un Nobel de Literatura,
empezó la búsqueda a lo largo de esa trocha de pedregales salpicados de
arbustos que es la ribera del río de alguna pista para hallar, según su lógica
delirante, el manuscrito que Mario Vargas Llosa (¿?) había echado a las aguas y
que era la novela ganadora del nobel, siendo realmente él mismo quien tiró su
cuaderno a las aguas esa tarde de cuantiosos gallinazos durante el aura galénica
de la crisis epiléptica que lo desbastó. Aquella mañana el viejo basurero de
ropaje raído, mientras caminaba el sendero
ribereño (para rescatar de las aguas cosas de valor y venderlas), vio a unos
diez metros de distancia que un cuaderno mojado de voluminosas páginas era mordisqueado
por tres exacerbadas ratas… ¡Había encontrado su propio manuscrito!▪

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