La caza de perdiz es una actividad ancestral en la península Ibérica y el búho es un ave de vital importancia en ese deporte.
![]() |
| "Soy feliz no comiendo perdiz", fue escrito para la asociación Tabanera del Cerrato, de Palencia, España, en noviembre de 2018. |
CUENTO INCLASIFICABLE
SOY
FELIZ NO COMIENDO PERDIZ
Debido
quizás a una rara mutación genética que las obligó a emigrar ―huyendo al mismo
tiempo de la sofocación pirenaica―, oleadas de perdices albinas habían poblado
el extenso coto de Armendáriz (en Castilla-La Mancha) y las noticias que llegaban
desde allí contaban que estas aves habían destripado principalmente a las perdices
patirrojas arraigadas en ese territorio. El recuento de ellas en aquel coto de
colinas bajas indicaba un número muy alarmante: aproximadamente el 70 por
ciento era la mengua que los pájaros albinos machos, habían causado. Este insólito
problema cinegético planteó ser solucionado de inmediato pues se sabía también
que corrían peligro muchas perdices de patas rojas que alumbrarían a sus perdigones
en las próximas semanas.
Los
ojeadores del coto revelaron que las perdices blancas robustas ―y solteras,
según creen―, en bandos de unos 20, destruyeron incontables nidos de patirrojas,
además de devorar polluelos y matando a discreción con garras y picos a pacíficos
machos ocres que se les oponían; afirmaron, que la belicosidad de esas malos pájaros
no tenía cuando parar a pesar de que localmente se había tratado de disminuir
su número mediante la caza a mano, al salto o al ojeo, además de haber lanzado
a los campos bandadas de águilas amaestradas para ahuyentarlas. Sin contar que
los alaristas habían aparecido en gran cifra para erradicar esta plaga con sus
perros de muestra y cobradores coker, gold retriever y pointers. Lastimosamente
estos hombres habían trocado a depredadores de las perdices patas rojas dados
el caos y desasosiego que reinaba en aquella querencia privada de 3800
hectáreas, a 750 m.s.n.m. y pocas lluvias, en la que concurren barbechos, laguneras,
vides, trigo y cebada, con discretas manchas de matorrales en donde sesteaban
las garbones.
La
situación planteada semejaba a una declaración de guerra de las aves albas o chúkar
(llamados pájaros homocrómicos porque en verano mudan sus plumas a tonos
marrones y en invierno a blancos deslumbrantes), por lo que fue llamado el experimentado
cazador y erudito académico vallisoletano Don Miguel Delibes Setién, el que fue
elegido por las autoridades para dirigir la ofensiva restauradora, quien de
inmediato propuso al Ayuntamiento un plan de sitiado que en resumen proponía
arremeter contra esa oleada depredadora por aire y tierra en las parcelas de
Armendáriz. A sabiendas que los dos vedijudos ecologistas del Ayuntamiento se
opondrían a una masiva matanza química de perdices albinas, Don Miguel afirmó
que usaría escopetas yuxtapuestas calibres 16 y que entendía que el instinto de
esas aves las condicionó a migrar y arrasar el coto Armendáriz, siendo la
humanidad culpable de destruir su hábitat, por lo que les planteó una infalible
solución: utilizar al más hábil depredador de las blancas aves: ¡El Gran Duque!
---
El
plan del señor Delibes fue un éxito a leguas al utilizar jaurías aladas de esa
especie de búho, díscolo y tormentoso llamado “Gran Duque Real”, que amaestraba
en su finca. Quince de ellos fueron transportados desde Valladolid a Castilla-La
Mancha junto con varios asistentes. Estas aves de gran envergadura, debidamente
emplazados, lograron que los bandos de solteros albos fueran cayendo uno a uno.
Sus portes espigados de hasta 75 centímetros, a pesar de comer de todo, fueron señuelo
en la caza por reclamo que Don Miguel acertó usar como técnica más apropiada;
los búhos no cayeron en resabios perturbadores, se acomodaron bien en los
reposteros y cantaron los caraschachás imitando el canto de la perdiz, incluso,
sestearon celillos para hacer creer a los machos blancos que lo hacía una
patirroja ardorosa; además sumó bracos y bretones para evitar que las blanquecinas
repullen. Al cabo de dos semanas de expedita montería de perdices el caos huyó
de Armendáriz. El inventario de aves muertas fue inédito en ese coto detallándose
entre ellas perdigones, igualones y pollos de esa especie nívea de perdiz. Sin
embargo, también cayeron abatidas patirrojas que expiraron en las garras y
picos de los duques gigantes que no pudieron controlar su agresivo genio.
A
fines de ese año, resuelto el problema del coto de Armendáriz, Don Miguel ya en
Valladolid se aprestaba a retomar su oficio en la silla “e” de la RAE y como
una bienvenida amical, se le ocurrió invitar a sus amigos academicistas a una
cena en casa en donde no faltaría la reina de la gastronomía con sus suculentas
carnes: la perdiz roja silvestre, manjar que en escabeche o estofado y marinadas
con vino El Monaguillo, sería una paradisiaca exquisitez. Esa tarde, entre sus
pensamientos se acordó del antiquísimo dicho: ¡Soy feliz comiendo perdiz!

Comentarios
Publicar un comentario