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| "Esculpiendo a Madiba", fue escrito para la revista Pretextos Literarios de México en ocasión de los 100 años de Nelson Mandela. |
CUENTO INCLASIFICABLE
ESCULPIENDO A MADIBA
A mi regreso a Lima, un
amigo me había contactado con el alcalde de San
Isidro para una reunión en el Ayuntamiento en los próximos días. La
verdad es que de buenas a primeras no
quise asistir al llamado porque suponía que sería para tratar asuntos tan
degradables referidos a la política peruana. Además, deseaba regalarme unas
cortas vacaciones en el Cusco para
ver por fin las ruinas de Machu Picchu
(pues siendo peruano era execrable que a mis 47 años no las conozca realmente aún),
el viaje a Santiago de Chile me había
agotado después de haber expuesto mis esculturas en varias galerías de arte en
esa interesante cuidad sudamericana. También estaba muy expectante del arreglo,
que ya había acordado y adelantado dinero antes de mi viaje, con la Clínica San José sobre mi deteriorada
dentadura de la que me avergonzaba, y que por razones de trabajo y descuido
había largamente pospuesto. Además, las fiestas de fin de 2009 ya estaban cerca
y quería disfrutarlas como siempre lo he hecho con mucha comida criolla en El Rímac, compra de regalos en Gamarra, celebraciones en Barranco y claro está: con algunas
santas canitas al aire al sur de Lima, en las playas del León Dormido… ¡nada más!
Casi renegando al
inicio de la tertulia y muy curioso al final, después de extensa charla amena y
varias tazas de café es que acepto realizar
el trabajo. Hubo en la reunión en esa oficina pomposa del Ayuntamiento personas
cercanas al país del protagonista a esculpir a quien aún no conocía y que me
resumieron en pocos minutos su biografía, es así que me entero que era moreno, busqué
rápidamente en mi memoria si antes había esculpido a un negrito importante, siendo
negativa la respuesta, de verdad, que creí que era un ex crack brasileño y mi
incredulidad creció más aún, viendo sus fotos, al saber que era presidente de
Sudáfrica (¿otro afrodescendiente presidente de blancos y a los 76 años de edad?
¡Fantástico!, me dije). Firmé unos papeles con el alcalde y una persona que
después me enteré era funcionario de una de las cervecerías más rentables de Perú,
me dijo amablemente: —…abriremos hoy mismo una cuenta bancaria en el BCP a su nombre y le abonaremos el 50 %
del contrato acordado—. En horas de la tarde de ese 24 de diciembre, ajetreado
ya por la inminente Noche Buena ¡lo recuerdo muy bien!, me contacté con Arturo
Cantuarias para que me prepare de urgencia unos bloques de bronce (aleación de
cobre y estaño) en su negocio de fundiciones en Carapongo.
Era un trabajo apremiante
el que había asumido, en contra de todos los relojes: ¡adiós vacaciones y
arreglos de dentadura! Tuve que leerme todo lo que se publicó y pude hasta esa
fecha de Nelson Mandela a quien recién conocí mucho más. Ni el dramatismo de
haber sido 27 años prisionero por defender la igualdad racial en Sudáfrica,
como un símil de Martin Luther King; ni haber sufrido el matriarcado opresor de
su hija Makaziwe quien se auto asignó la heredad de él aún vivo;
ni tampoco los desplantes de su familia hacia su leal esposa Gracia Machel, o la no asistencia de Mandela a la inauguración del Mundial Sudáfrica 2010
por el accidente de su biznieta,
ni la infección crónica pulmonar que padecía producto de haber realizado trabajos
forzados, o por haber recibido el Premio Nobel por la Paz, ni porque
Michael Jackson lo visitara en 1999 y Edson Arantes “Pelé” en 2007, ni porque usara hasta el cansancio sus
camisas multicolores como en aquella ocasión en que Sudáfrica fue elegida como
sede de un Mundial de Futbol, me
inspiraron lo suficiente para iniciar mi obra.
Al pasar las fiestas de fin de año (que las pasé en blanco por primera
vez en mi vida), seguía buscando más datos de él y dentro
de todo ello encontré una nota titulada “Buenos
días, Señor Mandela” escrita por Zelda La Grange, secretaria personal del presidente
sudafricano que en definitiva me dio importantes rasgos para esculpirlo…ni las decenas
de fotos publicadas en internet me dieron señas fundamentales acerca de él,
pero al leer la nota del libro a publicarse a futuro por aquella mujer de ascendencia
holandesa, encontré varios rasgos personales que me permitieron definir la
escultura de Madiba.
Fundiendo el bronce a
la arena a casi 1000 grados y mientras cincelaba los rasgos de Madiba golpe a
golpe escuché varias veces a la banda The Specials que publicó su canción Free
Nelson Mandela, un himno al revolucionario que hizo que la juventud del
Reino Unido pusiera atención a la problemática sudafricana. Esos
días dejé todo de lado y me concentré en algunas frases de La Grange, solo la
negrita Soledad Jogabeth me traía mis
alimentos, La República y lo
necesario para vivir en ´tiempos de campaña´, como ella ya sabía qué me refería
a periodos de trabajo en exceso en mi taller de escultura.
La estatua de Nelson Mandela la pensé como la de un
personaje en discurso público. La postura erguida y solemne la fijé con la
frase de La Grange: Mandela pertenece al
mundo. Nada puede cambiar lo que era. Todo el mundo debe respetar su legado y
pensar y recordarlo a su manera... Idénticamente, la posición calmada de
los brazos sobre el atril de pie me fue inspirada por: Nadie nace
racista. Se convierte en uno por la influencia de lo que le rodea… fueron suficientes las exclamaciones
siguientes de La Grange para dar el perfil de piel perfecto a las manos de un
Señor de la Paz: Yo quería retirar mi
mano, pero él la retenía. Sentía la textura de su piel y empecé a sudar. No
estaba segura de que debiera darle la mano,
Cuando
empecé a modelar el rostro de Madiba me acordé de una frase curiosa: Era muy anciano. Me fijé en las arrugas de
su cara y en su sonrisa, cálida. La forma de sus labios provino de: Me habló con amabilidad y me preguntó mi
nombre. Finalicé de moldear el rostro después de varios días con una
declaración de gran amistad que ambos se tenían, según La Grange, a quien
Mandela la llamaba Zeldina y ella Khulu (abuelo): Madiba tenía una risa contagiosa, capaz de iluminar una habitación entera,
es mi recuerdo más querido. No tuve más remedio que obviar las camisas
habitualmente floreadas que usaba Madiba y le di el tono natural del bronce al
traje que luciría la estatua, no utilicé el color azul marino de sus trajes de
gala quizás por un pensamiento de La Grange acerca de una escena muy tierna de
él para ella en un viaje de avión: No
recuerdo que mis padres me arroparan nunca de niña. Sin embargo, el hombre al
que habíamos odiado y temido me cubría los pies, preocupado porque no tuviera
frío.
Algunos
datos de La Grange las deseché al considerarlos no apropiados para culminar mi
trabajo, por ejemplo: yo tenía el control
total de la agenda de Mandela, era su portavoz, su ayuda de cámara, su
confidente…a veces cuando no quería que algún impertinente le entendiera
hablaba en afrikaans que Mandela había aprendido en la cárcel. Tampoco me sirvió de mucho lo que se dijo de
Zelda que era
ferozmente leal,
la roca de Mandela y que era el miembro más íntimo de su séquito personal, un
formidable sargento de policía.
La escultura la terminé en casi diez semanas durante las
cuales tuve como unas ocho visitas sucesivas del funcionario Arce del municipio
de San Isidro quien ávidamente tomaba fotos de los avances de mi trabajo para
mostrárselos al Alcalde, pero jamás hizo alguna observación importante y cada
vez que se retiraba de mi taller me decía sonriente: —hay mucho trabajo por
hacer en San Isidro para usted, don Humberto— yo le respondía que las estatuas en bronce son de alto riesgo
porque se las roban para fundirlas y que mejor era trabajarlas en granito.
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El
25 de mayo de 2010 en horas de la mañana
se inauguró la única estatua por estos lares de mi querido y simpático
personaje que sumo a mi hoja de vida: Don Nelson Mandela a quien llamaba cada
mañana en mis pensamientos para que me ayude a esculpirlo sin demora ni fallas,
en mi recién inaugurado -sin pompas, por sí acaso, taller de Surco.
Aquella mañana, en la plaza Andrés Cáceres de la zona financiera de
San Isidro, circunspectamente sentado en un
estrado con las autoridades ediles se quedaron grabadas en mis sesos las
palabras del alcalde, Don Antonio Meier quien declaró que para su
distrito es un honor contar con el
monumento de una de las personalidades más emblemáticas de todos los tiempos,
cuya vida y obra sirven de inspiración". Y a su turno, lo que dijo también
el siempre elegante presidente de las Cervecerías
Backus y Johnston, Rob Priday: la estatua de Mandela significa reconocer el
valioso trabajo de este líder de la paz en busca de la igualdad y el respeto
entre los seres humanos, una actitud que debe ser imitada por los actuales
líderes del mundo.
Después hubo un
almuerzo con la comitiva en un restaurante cercano y cuando degustaba un ceviche de Mero, apurado por el hambre y
la exquisitez del pescado marinado, mastiqué mal y me sobrevino un dolor de
muelas que amenazaba con expandirse por todo mi cuerpo, lo que a su vez me hizo
acordar que iría de una vez por todas y de urgencia a que me vea por fin el
dentista.▪

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