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La salud mental se puede restablecer mediante la aromaterapia y el cariño de una mascota.

"Labradora al rescate", se escribió para la asociación
AGIFES, de San Sebastián, España, en diciembre de 2018. 
MENTES ENREDADAS
LABRADORA AL RESCATE 
María Almudena vive a solas en el tugurizado cuarto de madera ubicado en una terraza que los caritativos de la Calle de Carretas de Madrid le facilitaron meses atrás. Las botellas vacías del peor alcohol y los puchos de cigarrillos tirados por el suelo de la fétida habitación son huellas de su doliente travesía por el llanto, iras, ansiedades y migrañas que la depresión le ha deparado quizá como destino final a sus 41 años.
El bodeguero Lay, un fisgón de la cuadra en donde ella vive ―y le vende diariamente a un euro la botella de metílico mezclado con sabor artificial―, ya vislumbraba desde el verano pasado en la piel rugosa de las manos y cara de María, rasgos de reina que el tiempo no borró aún del todo. El canoso Lay, acostumbrado a configurar perfiles al vuelo de los clientes de su tienda, la cree una florecilla mimetizada adrede entre las tantas cotidianidades para que los hombres no se interesen en ella, considerándola además solterona y alcohólica. Pero el chino Lay se equivoca 180 grados con la esbelta María. Lejos de haber sido una mujer sin siquiera pretendientes en su mocedad barcelonesa de actriz teatral, (aunque ya en su madurez muy pocos la flirtean), tuvo contados y efímeros novios de cierta categoría y caudal, así, la amó un prudente escribano simpatizante de la rancia monarquía con el que acudía a las Cortes Generales; la conquistó un libertario pintor catalán que le obsequiaba geranios a diario; también la adoró un robusto chef mediterránico que le preparaba exquisiteces con salmones, puerros y aceite de oliva; y aunque no se crea, tuvo amores con un diestro de exigua alcurnia taurina, pero al fin y al cabo ¡matador de Almería!, aquél que una tarde en la Plaza Monumental de Barcelona le dedicó dos orejas de Miura…hasta que al fin, por argucias del destino cruel, tocó las puertas de su corazón Mauricio, un fulano diferente a los otros muy interesado en ella por creerla con harto dinero y María lo aceptó precisamente por ser él como ella misma: ¡una chiflada!, fue aquél joven, el último de sus romances, su gran y maldito amor.
En sus terríficas borracheras y largas jornadas de vicio alquitránico, María se preguntaba por qué Mauricio la dejó a pesar que le dio todo lo que tenía en esos años: su fatigado cuerpo, sus escurridizos euros, su impenitente alma, su escaso tiempo y su arte escénico, incluso dejó el teatro por irse con ese idiota cinco años menor que ella; no encontraba en su liada mente razones de la ruptura de aquél romance que la llevó a viajar con él de mochileros por Rentería, Helsinki, Moscú y Marruecos, hasta que la noche de año nuevo del 2000 huyó abandonándola en Madrid en un hostal a donde llegaron desde Barcelona a recibir el nuevo siglo. Ella buscó el rostro y figura de ángel de Mauricio en muchas calles oscuras, entre las gentes del centenario Metro, por las dipsómanas bohemias tabernarias y en las desabrigadas noches madrileñas, pero jamás lo halló.
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La gracia de gestos y dicción de María Almudena además de su bello rostro le dieron pase para conseguir papales secundarios en las tablas del Nuevo Apolo como en “El gran teatro del mundo”, “El rey Lear”, “Confesiones de una vagina”, “Viejóvenes”, “Déjala que muera adentro”, “Perfectos desconocidos”, entre otras funciones de varios ciclos teatrales en Madrid, pero el amor perdido y la soledad hicieron que la furibunda depresión hiciera presa de ella. María no era de fumar ni tomar pero una amiga tonadillera a quien conoció en los círculos de autores, Lola Ferrán, sí lo era, y María empezó de la mano de ella y sin cortapisas con el cigarrillo y alcohol forzada por el profundo vacío de su alma. Fue en esos maratónicos días de turbios vodkas en que al llegar a su pensión de alquiler, encontró en la puerta todos sus enseres arrumados: ¡la habían desalojado por falta de pago! En verdad debía varios meses de renta porque ella se aprovechaba coqueteando al inquieto casero para dilatar y postergar sus cuotas, ardid minifaldero que le duró poco tiempo. Esa y varias noches durmió en la calle, felizmente era verano, hasta que Lola Ferrán con ayuda de sus amigos artistas Paco, Camilo y Julio la ubicaron en la azotea del 140 de la Calle de Carretas en donde después de unos días un carpintero le armó su pequeña habitación provisional de madera. En esos días su estado mental estaba subyugado por el vicio ya que su memoria, su atención, sus instintos sexuales, emociones, personalidad y conducta se alteraron dramáticamente. 
Una fría madrugada en que andaba deambulando sola, ebria y con hambre por la Plaza Jacinto Benavente, un perrito perdido la empezó a seguir, el clic que los unió fue la noble amistad que el pequeño can de pelo marrón-negro le mostró ya que la cola del animal no dejaba enérgicamente de campanearle, a la vez que ella le hacía arrumacos sinceros también, alguna gente que aún transitaba a esas horas por ahí los observaba y les quedaban mirando alegres de ver a una mujer de pelo suelto y a su mascotita (que ya lo era a priori), abrazarse cariñosamente como si en años hubieran dejado de verse.
El can bebé estuvo varias semanas sin nombre a la vez que se iba acostumbrando a la vida menesterosa de María. Fue una tarde que la perrita (¡era una hembra labradora retriever!) bajó locamente por las escaleras desde la azotea sin su consentimiento y ella salió a buscarla, para su calma y sorpresa María la halló husmeando y moviendo su corta colita en la puerta de una florería de la calle contigua San Ricardo, instintivamente la llamó “¡freud!, ¡freud!”, y la can no le hizo caso y al contrario entró en la floristería al parecer atraída por las fragancias de las flores que allí se expendían. María entró al “Petit Fleurs” la recogió entre sus brazos, no la regañó y pidió disculpas a la dueña del negocio por la intromisión inopinada de su mascota, recibiendo en respuesta, de regalo, unos ramos mixtos de geranio, jazmín y lavanda, ésta última que la perrita olió frenéticamente.
Las recaídas profusas de alcohol y cigarrillos de María no se hacían esperar gastándose en ello las pocas pesetas que ganaba limpiando el teatro que la tonadillera le consiguió como labor para su sustento, y aun así, María sabía que iba a recobrar su salud mental porque era consciente que el vicio mermaba su existencia y deseaba progresar porque ahora debía mantener a su mascota que ya era de mediana edad, más aún desparasitarla, asearla a diario y porque el nombre que le puso le recordaba la obra teatral en que conoció a su fugado Mauricio: “Hilda y Freud, en clave de diván”, no le importó si el apellido era de un conocido psiquiatra, pero a la perdiguera también le gustó que la llamen así. Pronto freud se hizo su inseparable compañía; en su habitación ella le enseñó a distinguir los olores de su ropa, de las cajas de nimiedades, de sus zapatos y comida, sorprendiéndola hasta las carcajadas porque tomó por costumbre, quizás de sus ancestros, el sacar del precario cuarto las cosas que olían mal y eran desechables, así freud le ayudó a ordenar su habitación y a sobreponerse lentamente a los signos depresivos.
Con el paso de los días y María trabajando en El Apolo acompañada de freud, se dio cuenta de la rara atracción de su mascota por la lavanda porque le lloraba insistentemente para que la llevase a la florería que cruzaban habitualmente rumbo al cuarto después de trabajar. María para ocultar su vergüenza con la dueña y calmar a freud de su ansiedad por la lavanda, compraba interdiario ramos de esa yerba cuyas fragancias descubrió que también la sosegaba, de este modo la esencia poderosa de esa flor hizo efecto benigno en su hipotálamo, el omnipresente regulador nervioso al eliminar paulatinamente su síndrome de abstinencia de alcohol, tabaco y amor.
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Han pasado ya meses desde que María y freud se dieron los primeros guiños de amistad siendo la chiflada la más beneficiada de las buenas vibras de este dúo al irse curando mentalmente con sesiones del officinalis, el potente aceite esencial de lavanda recomendado por el doctor Juárez del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid, asiduo a las comedias montadas en el Apolo en donde flirtea con la risueña María Almudena. Ella está tan feliz con freud (que ha subido algo de peso que y está coqueta como su despeinada dueña), y hasta le ve potencial al tema de la aromaterapia para empezarlo como negocio, teniendo ¡claro está! como su preferente socia a freud, su labradora al rescate para que realice los controles de calidad de las flores, y aunque los peros a esa idea de negocio pueden ser la incredulidad de ser efectiva como terapia, el alto costo de producción de las esencias de flores, además de las nuevas normativas en España que prohíben las seudo ciencias, María es optimista porque sabe que siempre la vida le arregla sus complejos problemas.

A fines de 2017, ella dejó la azotea y a Lay de la calle Carretas y se mudó a una pensión frente al Teatro Real de Madrid para actuar allí nuevamente con sus caritativos Lola Ferrán, Paco, Camilo y Julio. Así, la recuperación de la salud mental de María se debió a la compañía de su mascota freud como sólido soporte serendípico que halló en Madrid cuando ebria buscaba a Mauricio, y también al quimiotipo de la lavanda que logró re-armonizar rápidamente su estado psíquico. El simple hecho de inhalar metódicamente el aceite en un entorno de música instrumental y un decorado inspirador, liberaba sus endorfinas y serotoninas mejorando así su estado anímico, aliviándole las migrañas, estimulando su respuesta sexual, calmando sus iras y recuperando el sueño por mitigación de su estrés crónico.
Seguramente dirán que no están demostradas científicamente las bondades de la aromaterapia, pero esto no es cosa de brujas como se piensa, pues así como existen palabras que destruyen el vigor mental también hay olores que lo sanan o lo lapidan.
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