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| "Gina y sus rosas estrujadas", fue escrito para la Academia del sexo de Barcelona, España, en el 2014. |
CUENTO IMPÚDICO
GINA Y SUS ROSAS ESTRUJADAS
Mientras regaba la periferia del invernadero
contiguo a su caserón, el circundante aroma a rosas la dejó tan abstraída por algunos
minutos que descuidó el flujo del agua que expelía la manguera formándose fangales
rebalsantes en los surcos de aquél invernáculo. Rápidamente taponeó la gárgola
abastecedora, cerró los ojos y sintió esa fuerza tierna, inmanente que crecía vertiginosa
en ella, avergonzándola… ¿será eso otra vez? ¡La asustó un sorpresivo espasmo
bajo el vientre! lo asoció al invernal viento vespertino que silbaba y mecía
las rosas y helaba sus canillas, o quizás era el recuerdo vivo de su finado
marido. Sintió el corazón acelerársele cuando notó que el aroma rosáceo la encendía
apasionadamente invadiendo su delgadez, embriagándola de ternura. Su fantasía sexual
la dirigió al centro del rosalero que albergaba una treintena de especies de rosas:
Tés de Jericó, chinensis cantonesas, velvets azafranas, blancas pimpinelas, rosadas
versilias, amarillas trepadoras, gallicas solitarias y rojas Nikitas; sintiendo
allí aún más su libido subventral. Cortó ansiosamente un grupo de ellas, las
introdujo en su delantal y se dirigió al laboratorio del silente caserón a
preparar la pócima que hoy, en la noche, colocaría junto a la cena como en otros
aniversarios.
En su laboratorio vaporizó las rosas
estrujadas, condensó el agua y el apetecido aceite concentrado goteó en un
cáliz cristalino agregándole gradualmente aloe barbadensis, triclosán, maderosas
masculinas, coumarín, cítronellol y pizcas orientales, completando así una espiritual
fórmula indostánica.
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El nocturno aliento invernal del río Sena irrumpía su altivo caserón de la
rue Rivoli por los resquicios del
rosetón, obligándola a cubrirse el corset Jupons
del escote con la bufanda azul antes de cenar. Sentada al robusto mesón del
comedor los incesantes chasquidos de tropeles cruzando las calles lluviosas, la
retrotrajeron a jóvenes tiempos de la bon
vivant parisina cuando era madeimoselle
perfumista y su esposo clínico obstetra.
A media luz, el cáliz con la pócima rosácea
ocupaba el lugar del finado en el mesón caóbico en donde se extendía el festincillo de caldo de verduras y
carne de res, pescado fileteado frito en mantequilla, salsa blanca de queso, soufflé
y anís tibio.
—¡Uhm, amor…qué exquisiteces
marinaste hoy!—musitó una voz masculina.
La fragancia de rosas estrujadas del cáliz
conmovía el ánimo de la madura Gina superponiéndose a los tufos culinarios
humeantes desplegados ante ella. Y antes de alzar la primera copa de coñac Hardy, la voz de su imaginario consorte,
le susurró...
—¡Hoy te amaré y húmeda arderás feliz,
mi amorcito!... Al escuchar esto, ella creyó ver dos enormes pupilas irradiar del
cáliz.
La voz le habló lacónicamente mientras
cenaban, al principio banalidades y luego temas patológicamente sexuales:
—…libido exacerbado, vaginismo intratable,
priapismo obsesivo, onanismo bíblico, etc....todo eso es causado, como ya se ha
demostrado, por lo libidinal constantemente reprimido— le expresó.
Y antes de dejar el mesón Gina bebió la
séptima copa de ese coñac de uvas francesas colombard,
llevando consigo el cáliz a su dormitorio. La cena concluyó después de las diez
y la antigua casona habitada por lienzos de Van
Gogh y Lautrec, enmudeció encubridoramente.
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En su acogedora alcoba y con el cáliz en la
mano, Gina roció y estregó la pócima rosácea sobre su cana vulva evocando el lascivo
acto que su esposo realizaba previamente a cada encuentro amoroso... en
aquellos años, en la intimidad, él esparcía la pócima en su pene para
amortiguar la acidez espermática y evitarle molestias coitales a ella, el zumo
de rosas eliminaba agrios sufrimientos por su alcalinidad astringente y ahora,
viuda, le propinaba dos placeres sincrónicos: el recuerdo de la lúbrica vida
marital y la neutralización de su acidez vaginal.
—¡Esto es para que sientas que
perfumado a rosas entro en ti, Gina!— musitó la voz.
Untó suavemente el elixir de rosas un poco
más en sus agrietados y abiertos labios vulvares y con sus nudosos dedos buscó dentro
del canal vaginal el lubricado clítoris el cual frotó de arriba abajo varias
veces…
—¡Perfumado a rosas te penetro!—repitió
tres, cuatro, hasta siete veces la apasionada voz.
El agudo placer nervioso la iba hundiendo
rápidamente en un éxtasis tal que no sentía la creciente irritación en su
mucosa íntima por los continuos frotes cada vez más enérgicos que se
extendieron luego hacia el perineo y la zona anal de su madura anatomía.
Y después de algunos ciclos masturbatorios se
durmió.
Despertó contenta a la mañana siguiente al
filtrarse la alborada y los cantos de los jilgueros por el ventanal de la
alcoba… “¡Perfumado entro en ti!”, escuchó varias veces la ensordecedora voz que
no la asustó pues sólo así Gina se sentía… ¡alucinadamente amada y deseada!

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