Ir al contenido principal

Es la historia del congolés Batake, un negociante funerario y ex médico forense quien ante la intoxicante soledad que vive se inventa un doble personaje, que es él mismo.

"Plegarias por exequias", fue escrito para Copé de
Petróleos del Perú, Lima, en el 2002. 
MENTES ENREDADAS
PLEGARIAS POR EXEQUIAS
“Han dado los cuerpos muertos de tus siervos a las aves de rapiña y las carnes de tus leales a las bestias salvajes. Han derramado la sangre de ellos como agua alrededor de Jerusalén y no hay quién los entierre”. – Asaf, salmo 79.
I
Fumando en una mecedora de cedro bajo la penumbra de su silente oficina se halla Batake Kool, cuya silueta murmurante se mece entre concentrados humos de tabaco que saturan el aire. La piel endrina de su calva redonda brilla desbocadamente contraponiéndose al ánimo reflexivo y sombrío que asiduamente manifiesta:
—¡Guro Kindu, tú jamás has sentido orgullo de ser congolés! Tampoco sientes eso cuando recuerdas tu juventud...Sí, aquella de amoríos fatales que te deprimían a muerte...Está claro que la deshonra de tu hermano con quien viniste del África hizo que tu desaliento de siempre haya empeorado más...Tú, Guro, ya no tienes ganas de vivir, hueles a ningún anhelo, contemplas alucinado la monotonía de tus días...Además, torpemente has preferido la huera soledad; cuando te preguntan por qué, dices que “todos tus amigos de antes se fueron para siempre”...Te descuidaste y el aislamiento te ha invadido calculadoramente elucubrando cada detalle y cada artificio para convertirte en un resignado eremita...¿Un ermitaño en Lima? ¡Ja, ja, ja!... ¡Guro idiota, te estás secando!... ¡No! ¡Mentira!, tu crónica tristeza es por la pendejada que te hizo tu ex–culoncita, la  pelicastaña que se fugó con tu hermano una noche de bohemia; esa indígena blanca y ¡Sabrosísima! que ahora es amante de un apitucado... Sí, esa que se entremetió en tu agencia y te palabreó florido para arrimarte a su hijo...Te juró love forever, ¡Ja, ja, ja!...Si, ya no esperas nada de la vida, Guro...y ¿El hijo? Ese hijo de la indígena pecosa, tu engreído, aquél por quien desmantelaste tu negocio de funerales para que estudie pintura en París...ese que te demostró desalmada ingratitud al dejar de escribirte de porrazo; ese que no sabes si aún vivirá, al fin y al cabo han pasado muchos años que no lo ves y no tienes dinero ni ganas de ir a buscarlo...¿ya para qué?...¡Ay, Guro, la vejez  te ha carcomido el ánimo!...¿Hace cuánto tiempo que no te calienta una mujer? ¿Vas a seguir apolillándote en lo que quedó de tu negocio?... ¡Zonzo!, ¿te has muerto, acaso?

El senil Batake Kool, un médico forense jubilado, un pigmeo tácito, hablaba así a voz baja en la oficina contigua a la sala de venta de ataúdes después de orar como San Filomeno lo hacía. Seguía la rutina vespertina de fumar y beber pisco para charlar consigo mismo y burlarse de Guro Kindu, ese duplo ser que de tanto desdeñarlo se le hizo necesario para existir a tal extremo que su nombre, salido de las sabanas africanas, tituló su agencia de funerales. Por ratos, cuando recordaba el adulterio de la andina Inés, su ex conviviente, el odio salía de sus ojos saltones como tromba victimaria haciéndole fruncir reiteradamente los belfos y conformar grotescos mohines en su alma; él pensaba que de esta manera se vengaba con justicia de ella.
Al atardecer de ese 28 de diciembre y después de beberse varios copetines a medio llenar de pisco Vargas, a Batake Kool le dio por pensar en qué arreglos haría a su oficina mortuoria por fin de año. Ésta, de poca de iluminación, agonizaba por su desidia: no tenía la decoración mortecina necesaria, sus espacios estaban fielmente saturados de recuerdos, polvo y soledades; pero no le provocaba remodelarla ni siquiera ahora que ya terminaba el año 2001, tan escaso de clientes. Su Rolex de pulsera acicalado en oro, rezago de su prosperidad pasada y volátil, marcaba impacientemente más de las 6 de la tarde. En ese momento, Kool, aspiró con placer el humo odorante y tóxico de la vigésima tagarnina acre sin filtro y continuó su murmurio:
—Eso sí... si no fuera por mí, tú Guro, vivirías en la “angostura crematística”: ¿Qué te pareció esa frase? ¿No lo entiendes?...Sí pues, cantidad de años realizando exhumaciones y necropsias en la Morgue Central de Lima me valieron para disponer de una pensioncita con la que mantengo la agencia de funerales... pero tú, Guro, has nacido para las ceremonias fúnebres ¿No?... por supuesto que sí: eres negro retinto con cara que no sonríe así nomás, relames goloso los obituarios de la prensa capitalina; te entusiasman las exequias con arreglos florales, lágrimas y lutos pomposos...Guro, yo te he visto disfrutar en el cementerio Presbítero Maestro leyendo lápidas con poéticos epitafios que “son un resumen del muerto”, según tú dices...¡Qué Guro, este!...

En un instante de su retraimiento fumoso y asfixiante sintió unos pasos provenientes de la tranquila calle. "Es un cliente, conozco el sonido del caminar ansioso...", pensó. Miró atentamente la ventana que da a la calle, avivó los oídos para escuchar...¡nada!; las cortinas de lívido tapasol pendularon levemente, esperó unos segundos al parecerle que sí era un cliente tocando más fuerte su puerta; contuvo la respiración sintiendo latir su laxo vientre, percibió un tremor de emoción en sus piernas, pensó en la plusvalía -cómo él llamaba a sus ganancias- que obtendría si fuera un cliente..."Nadie... hay nadie...me tiene sin cuidado, no tardarán en venir...¡En años anteriores: 3, 5, 7 sepelios ocurrían en un solo día... ganaba harto dinero!", se consoló recordando. La espera lo amodorró fuertemente. El alcohol del pisco en su sangre le tejió tramados de angustia por las estrecheces de estos días sin deudos llorosos o acongojados buscando a sus muertos en la Morgue y la preocupación por no tener labor qué hacer; diferentes a aquellos días cuando acaecían desgracias y estaba casi las 24 horas procurando ataúdes y ensamblando a su gusto exequias de todo precio. Batake Kool había asimilado bien estos vaivenes del "muere – nadie muere" y a estas alturas de su existencia, entendía que eran gajes de la antesala panteonera de su agencia: "GURO KINDU - FUNERALES DE LUXE", situada a dos cuadras del mismo jirón Cangallo en donde se ubica la Morgue Central de Lima. Pero lo que no variaba en él –y siempre fue constante–, era su taciturnidad, un extremo desánimo que no oscilaba y permanecía en él, ex-aequo.
------------
Batake Kool fue atraído de casualidad por la medicina. Siendo adolescente por la década de 1950, efectuando indagaciones en varias bibliotecas limeñas descubrió en un libro de Historia del Perú al excelso cirujano zambo apellidado Valdés, que en el siglo XIX alcanzó incalculable fama en América del Sur y España que fue admitido en la Real Academia Médica de Madrid. Quiso ser entonces su diligente émulo graduándose en Medicina Legal. “Hay pocos negros médicos y yo no voy a lucrar como los otros cirujanos blancos”, afirmó desafiante cuando hizo su juramento hipocrático. Sin embargo, en esos sus años mozos había algo más íntimo en él; algo más categórico y diferible aún. Extrañamente, le gustaba observar las capillas ardientes de vistosas coronas y ofrendas florales seguidas de cortejos fúnebres avivados por gorigoris plañideros; en los cementerios de Lima y Callao gustaba andar en solitario admirando ciertamente las tumbas, laudes, lucilos, criptas y mausoleos, así como obeliscos, cenotafios y cruces de granito negro que se erigían allí como guardianes del silencio; raras veces se conmovía de las condolencias dada a los deudos durante las misas de cuerpo presente y responsos, que eran según él, “sermones dignos de escucharse”; desde entonces el joven quirurgo Batake Kool deseaba obstinadamente celebrar exequias en el futuro.
Fue así que a la par que trabajaba como médico residente en la Morgue Central –vacante que logró sobornando a una autoridad universitaria–, ahorraba dinero con la intención de gerenciar un negocio funerario cuando se jubilara. No esperó tanto: a los 15 años de servicio renunció a continuar examinando y embalsamando cadáveres para inaugurar su propio negocio. Un día se dijo: “de verdad que ni los cadáveres violáceos, ni el llanto de sus familiares me asustan o me dan pena, además, la muerte es una tragedia que más abate a los pobres y en el Perú, son los más”. Así pensó esa vez y le dio más ánimo este pensamiento que una mañana de enero de1986 decidió iniciar gestiones municipales para fundar su agencia mortuoria. Aquella mañana Kool despertó de buen humor –estado que era opuesto a su habitual tristeza–, había soñado que paseando en el cementerio Hollywood Forever se le cruzó la Dama de Negro, la bellísima ¡Pola Negri!, quien iba a dejar como todas las tardes una rosa blanca en la tumba de Rodolfo Valentino.
Y así inició su negocio "GURO KINDU – Funerales  De Luxe". El trato directo que tenía con los deudos en el depósito de cadáveres de la morgue en sus últimos meses de forense, fue aprovechado con astucia por Kool pues los enviaba directamente a su funeraria prometiéndoles piadosos descuentos. Su agencia de sepelios pronto se distinguió de la competencia entre otros atributos porque su dueño era un médico congolés -experto examinador de muertos- que ofrecía servicios complementarios de alta cosmiatría post mortis; cortejos de lujo con calesines y apuestos morenos tintos cargadores de ataúdes; velatorios con sedosos cortinajes negros-burdeos y heraldos gigantes en donde brillaba la plateada cruz ansada –su emblema– que al ser tan portentosos parecían estandartes de “Los Jinetes del Ocaso”, y sus alfombras verdes–rojizas en donde descansaban las capillas ardientes que él decoraba con arte y paciencia, simulaban ser hondos valles barnizados de sangre.
II
Son las 2 de la tarde del 29 de diciembre y el negro de piel cárdena Batake Kool se apresta a iniciar su diario ritual vespertino. Luego de apagar las luces de su oficina de ventas de féretros se sienta en el piso frente a un pequeño altar situado en un rincón. En un tapiz solferino de poco más de un metro cuadrado hay dos imágenes enmarcadas en pan de oro: una es el Santo Pantocrátor -un Cristo de rasgos serios- y la otra, la imagen del patrón fúnebre San Filomeno. Los rodeaban 7 dorados cirios de cebo y parafina distribuidos sobre la alfombrilla haciendo una cruz. Del velamen aquel se escucha su crepitar “¡son los malos espíritus!” aseveró Kool. A su derecha, en la misma alfombrilla, está el misal de conservadas pastas de cuero y a su izquierda un pequeño salmerio de tapas rústicas que tiene entre sus páginas, además de las sentencias del rey Salomón, la oración compuesta por su santo patrón. – ¿Qué me falta?– indagó– ¡Ah! El tibio filonio de manzanilla, pimpinela y valeriana.
Batake Kool está en los prolegómenos, a punto de iniciar la ceremonia de letanía a San Filomeno, aquel monje del siglo XIV de quien se dice rezaba ruegos inventados por guerreros merovingios a los muertos y agonizantes en los campos de la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, en 1340. Al ser estos ruegos reconfortantes espirituales antes de morir, fueron transmitidos verbalmente entre los sucesivos ejércitos franceses hasta que pasado el tiempo se convirtieron en una compuesta jaculatoria “salvadora de almas miserables”. Posteriormente, en Europa, fue mal adoptada por algunos agiotistas funerarios como mediadora más bien de milagros monetarios llegando posteriormente a Lima en el siglo XIX durante la guerra emancipadora. Y Batake Kool acude a esa breve oración de su cofradía rezándola con ardor desde que inauguró su funeraria. Esta oración sólo se estila invocarla cada vez que “El Dios de Israel tarda en llamar a la gente”, pero Kool la reza todos los días después de la media hora de siesta durante el cierra puertas que hace su negocio cada tarde.
La tizana que entibia su garganta hace de vehículo relajante a la trisanta letanía compuesta por un padrenuestro, el salmo 79 y la jaculatoria del santo Filomeno. Kool, cuando está inspirado realiza alrededor de 70 trisantas por sesión. Pero hoy no está animado como otros días, está cansado pero tiene que realizar la ceremonia acostumbrada: Se pone de pie, erecta su cuerpo y junta los talones, se dispone a orar sin apremios tratando de dejar en blanco su mente; respira hondo, no desea escuchar sonido alguno y trata de apartar lejos su tristeza. Abre el misal, también el salmerio, sorbe un último trago de la tibia infusión y empieza a orar las dos primeras oraciones… luego la tercera. Con unción sacerdotal implora a Dios una tras otra sus plegarias; lo hace calmosamente. En el silencio de la oscura oficina de ventas de ataúdes su murmullo santo crece de a pocos; en su semblante aparecen los primeros rasgos de placidez espiritual que según se cree, alcanzada, hace que San Filomeno obre milagros. Empero, un sólo fragmento de todo lo que reza se oye con más fuerza...La oficina se abigarra sólo de estos versos concretos en seguidillas extra audibles; son los que corresponden a la jaculatoria de San Filomeno que Kool recita más alto que el  Padrenuestro y el Salmo 79  en cada ciclo oratorio:
    .. A los que sufren enfermedades incurables...A  los que nunca saldrán de las cárceles...A los que han fracasado toda su vida...A los que huyen a causa de las guerras inacabables...A los limosneros callejeros…A los accidentados desahuciados...A todos ellos, acógelos, Señor... ¡Cuánto sufrimiento hay que recoger del mundo!... ¡Que mueran! ¡Que mueran ya!

Paralelamente la mente del negro, cual rosario Mariano, lleva la cuenta del número de veces que cicla el trino Santo... 15... 20... 35... ¡55! veces lo repitió hoy hasta que un sopor asalta su concentrado estado haciendo que decidiera culminar sus letanías. Batake Kool cierra los ojos, se arrodilla y se inclina hacia adelante, pega su perlada frente al suelo y exclama el segmento final que remata su súplica de hoy al Supremo:
    ... ¡Jesús!... ¡Por los que siempre lloran y gimen y no hayan piedad para sus pecados!... A ellos, a los que piden su muerte: ¡Acéptalos! ¡Toma sus rezos y limosnas como remedio a sus pecados... y llévatelos, Jesús! ...Dios Todopoderoso que gobiernas Cielo y Tierra, cobíjalos con premura en tu amor, redime sus almas y deja sus cuerpos reposar en paz, sí es tu voluntad… ¡Ampara mis plegarias vencedor de la muerte, no tardes, amén!

Así era la jaculatoria de Kool. Abominablemente alterada de aquella compuesta por San Filomeno quien solicitaba a Dios un mundo exento de tribulaciones, es decir, desterrado de infelicidades; en cambio, Kool, transformado por sus necesidades comerciales en Guro Kindu pedía aparentemente lo mismo pero rogando que haya más exequias, más cadáveres, necrofando así sus apremios de dinero con las penas de los que gimen a sus muertos.
Acabado el rito de la tarde, Kool apagó el velamen dorado, encendió las luces de la oficina y de su surtido pero modesto barcito de piscos peruanos cogió una botella y el copetín disponiéndose a saborear el aguardiente. Al catar los primeros ardores del pisco iqueño se dispuso a reflexionar arremolinándose en la mecedora al pie de una mesa de centro. A pesar de que hizo con devoción la jaculatoria de San Filomeno, la tarde la sintió tan aburrida que no abrió al público su agencia y se albergó en donde siempre lo hacía, en esa oficina contigua a la sala de féretros para ingerir de a pocos el alcohol de las uvas malvasías y fumar hondo. El pisco le trajo dos anécdotas recurrentes en él: recordó que los clientes querían maquillajes optimistas en los rostros de sus parientes cadáveres y también aquella vez cuando tuvo que teñir de rubio los cabellos de una joven fallecida cuyo marido quería sepultarla con ese color de cuando se casaron. Arrugó los cachetes de regusto al paladear un recio sorbo del destilado de borgoña...“En los sesenta, cuando en Lima se desató la moda de las cremaciones, yo les decía a los deudos: ¡No hagan eso! ¿Después adónde les llevarán las flores?... Sí, sé que las cremaciones cuestan la tercera parte que un entierro común, pero no es negocio porque el ataúd se alquila...así, no pues”… Rememoró, seguidamente sus labores en las salas de la Morgue. “Calatos, entarimados y con sus membretes atados a sus muñecas me esperaban; algunos cadáveres, los pasaditos, estaban llenos de hielo seco para demorar su putrefacción... ¿Y el amonio cuaternario para desinfectarme las manos?: oliendo por todos lados... ¡Ja, ja, ja!”.  Su risa sonaba natural, divertida; quien la escuchara hubiese opinado que Batake Kool se solazaba departiendo con algún viejo amigo. El africano aguzó el oído, sintió unos toques suaves a la puerta, se quedó tenso, no se levantó de la mecedora, apuró quedamente otro sorbo de pisco y aspirada de colilla de cigarro que le quemaron el paladar y esperó la repetición de los toques para cerciorarse de que era un cliente; pero...realmente nada. Le pareció que alguien lo fisgaba por la ventana que da a la calle... ¡era ya de noche!  Afloró en su mente 1986, año en que inauguró su funeraria. “Fue un negocio oportuno: enterré 37 presos, esos que se amotinaron en la cárcel de El Frontón. Se estrujó fuertemente las manos al pensar en las ganancias que los 58000 muertos de la guerra de Vietnam le hubieran dejado. “¡Sí me hubiera tocado aunque sea el 5% de ellos!”. Siguió riendo muy embriagado y su diafragma ya emitía el molesto hipo dipsómano característico.
Al filo de la medianoche cuando Kool tenía avanzadas cuatro botellas de pisco Vargas empezó su perorata, entonces “le dijo” a Guro con sarcasmo que era “un africano de una especie rara, esos excesivamente tristes”... “que en el Perú a los parlamentarios se les debe pagar al destajo por leyes que sirvieran”... “¡Que en el país el dinero sigue siendo de los ricos de siempre!”, etc. ....Y el pisco subió fluidamente –más sabroso que un whisky o coñac, según “ellos”, Kool y Kindu– haciendo que entre el uno y el otro surgiera una charla entretenida, hilarante por ratos; con palmeadas de hombros y abrazos de “viejos amigos”  y aparecieran las sátiras de Kool ante la alarmante ignorancia del Gurito –porque éste se quedaba en silencio por largos ratos sin saber que decir ni qué contestarle–. La borrachera y fumarola continuó un curso vaporoso en que las bocanadas de humo de tabaco negro y las risotadas colmaron el ambiente húmedo de esa pobre oficina de funerales. En una de esas idas al baño a orinar, en la décima quinta, Kool ya no regresó a reanudar la curda con Guro; tambaleándose, indiscutiblemente ebrio de vanidad, alcohol y tabaco, apoyándose a tientas en las paredes de su oficina, se dirigió a su Koimitirion -que en griego, significa dormitorio-.        
III
Era aún de madrugada del domingo 30 de diciembre cuando el restallar de los automotores y las voces del gentío lo despertaron. Los golpes a su puerta eran tan insistentes que despabilaron su resaca cerebral, sedienta y nauseabunda haciéndole ver que la noche anterior no se había cambiado de ropa para dormir. Su intuición se abrió paso entre su resabio alcohólico y le dijo que a su puerta un cliente venia por él; sus eternas muecas de tristeza desaparecieron para dar paso a una extraña y fruncida sonrisa...
—¡Don Guro...urgente! ¡Ábranos la puerta...de prisa! ¡Por favor, despierte!–gritaban desesperados gente de rostros pálidos, sudorosos, de pupilas muy abiertas y pronunciadas ojeras dibujadas por una súbita trasnochada. Su intuición le ratificó ¡cómo no! que algo bueno (para él) había ocurrido. “¿Por qué ha venido tanto pueblo a buscarme?”, pensó al mirar desde adentro al gentío por una ventana.

Aun mareado por la piscada de ayer, Kool, apenas acomodándose las ropas, abrió la puerta de su funeraria, quiso decirles algo cortés pero una voz ronca e inentendible salió de su garganta. Con gestos nerviosos de sus manos les preguntó lo qué querían.
    ¡37 ataúdes!... ¡No!... ¡No, señor Guro!... 41, 42, 43... 45, necesitamos 45, los más baratos... ¡Ha ocurrido una desgracia en el centro de Lima!
    Ya les abro, esperen por favor— (Hoy si hay ganancia), se dijo mentalmente. (San Filomeno, gracias por escuchar mis plegarias por más exequias), agradeció Kool mirando el cielo que recién clareaba.

Ya adentro con sus sorpresivos clientes se enteró de los detalles de la tragedia contada a retazos por algunos de ellos. Les dijo que tratándose de un caso así, “seguramente el gobierno o la Municipalidad de Lima se harían cargo de los sepelios”; -su perspicacia y experiencia se enseñorearon definitivamente-. A la par que histriónicamente apenado y soltando su aplomo de funerario atendía a cada uno de los afligidos, percibió que su resaca alcohólica se había esfumado; cínicamente agregó con voz cordial:
    Yo me encargaré de coordinar lo referido a los funerales –. (Se alegró muchísimo cuando todos los deudos le dijeron incrédulos y en comunión que ellos mismos pagarían los ataúdes pues las autoridades... ¿cuándo lo harían?).

Kool, miró complacido cómo a la cancelación de los cajones se formaban rápidamente varias pilas de billetes anaranjados y celestes junto a otras columnas plateadas de monedas, en su escritorio. – (Todo este dinero, lo guardaré para invertirlo en abril, mayo o junio del próximo año que es donde ocurren más muertes), pensó irónico. Kool (ó Guro), serio por fuera (nefario burlón, por dentro), les dijo:
    Señores, iré a recoger los cadáveres a la Morgue Central al medio día, a cada uno lo pondré en su ataúd de color imitación mármol o cedro... comprenderán que por ser tantos los fallecidos tengo que agenciarme de... ¡más féretros!—. La voz de Kool, repercutía consoladora en las almas dolientes de sus clientes. — ¡Calma! ¡Calma! No se alarmen más, estoy seguro que las autoridades los indemnizarán, es culpa de ellos, si hay algún problema me las arreglaré... Nos vemos en la morgue al medio día, allí los esperaré. El tropel de gente doliente lo entendió así y como siguiendo a un caudillo militar en tiempos antaños de revoluciones traidoras se fue cuadras arriba a la Morgue Central. Batake Kool observó que Luto intempestivo, La Económica y La Condescendiente–los negocios competidores en esa cuadra del jirón Cangallo–, también tenían clientes. Guro, o mejor dicho Kool, vio como esa muchedumbre trémula se iba por la larga callejuela que se escondía entre la basura urbana y el  sol que empezaba a quemar; pero Kool, (o Guro), dio nuevamente gracias a San Filomeno por la tugurización de Lima, por ese favor tanto tiempo esperado: ¡Su Salvación económica ya era realidad!...A Kool (o Guro), cual saprófago, le pareció un mágico sueño ese infernal incendio en el Cercado limeño ocurrido ayer, ¡sábado 29 de diciembre!
-----------
Al día siguiente, en el Cementerio El Ángel de Lima se realizaron simultáneas exequias levantándose allí una capilla general para el responso de todos los que fallecieron calcinados en la hoguera de Mesa Redonda -un atestado centro comercial de unos 10000 pequeños negocios de todo género insertado en la capital limeña-, en donde murieron en menos de una hora más de 300 personas. En un único pabellón denominado San Lázaro asignado de urgencia para estas víctimas se sepultó este pesar nacional fruto del hambre, la avaricia y la llegada del 2002. 
Haber sentido otra vez en la morgue el aroma a muerte tan intenso y penetrante lo angustió. “Qué triste tarde de este fin de año ¡Carajo!... igualito como cuando se fue mi mamá para siempre... lúgubre como cuando me engañó mi amor Inés”.
El 1 de enero, Batake Kool, impaciente, compró el diario El Comercio en donde la tarde anterior pagó por colocar un adusto aviso, este que apareció en la página del obituario:


V         MISA Y AGRADECIMIENTO
El Gerente de Guro Kindu – Funerales de Luxe
Agradece las innumerables muestras de confianza puestas en nosotros. Nos condolemos profundamente de las familias que perdieron a sus seres queridos en Mesa Redonda, quienes seguramente fueron modelos de integridad, fortaleza, amor y generosidad.
Invitamos a ustedes a la misa de honras fúnebres que se realizará en la Basílica Catedral de Lima, el sábado 5 de enero de 2002, a las 10 a.m.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Buen inicio de semana!

El asiático Go Han asesina al doctor Bronte en venganza por haberse plegado a los asesinos de su raza en China.

"Gobelinos Ho Han Yi",  fue escrito para la editorial Sopa de Letras de Buenos Aires, Argentina, en 2016. MENTES ENREDADAS GOBELINOS HOANG YI   Eran las 6:05 de la mañana cuando ambos ascendían lentamente en un Morris magic negro. Habían viajado por dos horas en la neblinosa madrugada desde Londres hasta el sur de la ciudad para investigar un crimen ocurrido en el camino de esa cuesta poblada de robles. — ¿Qué día es hoy?—interrogó, restregándose los ojos, el comisionado Pierpont Austen al agente Scott que conducía el auto policial. — Es 31 de diciembre…—contestó él, soñoliento. — Mañana es año nuevo, entonces- replicó sin ánimos el cincuentón Austen, subiéndose las solapas del grueso abrigo para contrarrestar el urente frío del lugar. Uno y otro observaron que esta parte de la ruta regularmente transitada por turistas y cazadores estaba salpicada de numerosos autos estacionados en fila izquierda con personas que mostraban rostros de asco, miedo y asomb...