Es la historia del congolés Batake, un negociante funerario y ex médico forense quien ante la intoxicante soledad que vive se inventa un doble personaje, que es él mismo.
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| "Plegarias por exequias", fue escrito para Copé de Petróleos del Perú, Lima, en el 2002. |
MENTES ENREDADAS
PLEGARIAS POR EXEQUIAS
“Han dado los cuerpos muertos de tus
siervos a las aves de rapiña y las carnes de tus leales a las bestias salvajes.
Han derramado la sangre de ellos como agua alrededor de Jerusalén y no hay
quién los entierre”. – Asaf, salmo 79.
I
Fumando en una mecedora
de cedro bajo la penumbra de su silente oficina se halla Batake Kool, cuya silueta murmurante se mece entre concentrados
humos de tabaco que saturan el aire. La piel endrina de su calva redonda brilla
desbocadamente contraponiéndose al ánimo reflexivo y sombrío que asiduamente
manifiesta:
—¡Guro Kindu, tú jamás has sentido orgullo de ser
congolés! Tampoco sientes eso cuando recuerdas tu juventud...Sí, aquella de
amoríos fatales que te deprimían a muerte...Está claro que la deshonra de tu
hermano con quien viniste del África hizo que tu desaliento de siempre haya
empeorado más...Tú, Guro, ya no tienes ganas de vivir, hueles a ningún anhelo,
contemplas alucinado la monotonía de tus días...Además, torpemente has
preferido la huera soledad; cuando te preguntan por qué, dices que “todos tus
amigos de antes se fueron para siempre”...Te descuidaste y el aislamiento te ha
invadido calculadoramente elucubrando cada detalle y cada artificio para
convertirte en un resignado eremita...¿Un ermitaño en Lima? ¡Ja, ja, ja!... ¡Guro
idiota, te estás secando!... ¡No! ¡Mentira!, tu crónica tristeza es por la
pendejada que te hizo tu ex–culoncita, la
pelicastaña que se fugó con tu hermano una noche de bohemia; esa indígena
blanca y ¡Sabrosísima! que ahora es amante de un apitucado... Sí, esa que se
entremetió en tu agencia y te palabreó florido para arrimarte a su hijo...Te
juró love forever, ¡Ja, ja, ja!...Si, ya no esperas nada de la vida, Guro...y
¿El hijo? Ese hijo de la indígena pecosa, tu engreído, aquél por quien
desmantelaste tu negocio de funerales para que estudie pintura en París...ese
que te demostró desalmada ingratitud al dejar de escribirte de porrazo; ese que
no sabes si aún vivirá, al fin y al cabo han pasado muchos años que no lo ves y
no tienes dinero ni ganas de ir a buscarlo...¿ya para qué?...¡Ay, Guro, la vejez te ha carcomido el ánimo!...¿Hace cuánto
tiempo que no te calienta una mujer? ¿Vas a seguir apolillándote en lo que
quedó de tu negocio?... ¡Zonzo!, ¿te has muerto, acaso?
El senil Batake
Kool, un médico forense jubilado, un pigmeo tácito, hablaba así a voz baja en
la oficina contigua a la sala de venta de ataúdes después de orar como San
Filomeno lo hacía. Seguía la rutina vespertina de fumar y beber pisco para charlar
consigo mismo y burlarse de Guro Kindu, ese duplo ser que de tanto desdeñarlo se
le hizo necesario para existir a tal extremo que su nombre, salido de las
sabanas africanas, tituló su agencia de funerales. Por ratos, cuando recordaba el
adulterio de la andina Inés, su ex conviviente, el odio salía de sus ojos
saltones como tromba victimaria haciéndole fruncir reiteradamente los belfos y
conformar grotescos mohines en su alma; él pensaba que de esta manera se
vengaba con justicia de ella.
Al atardecer de
ese 28 de diciembre y después de beberse varios copetines a medio llenar de
pisco Vargas, a Batake Kool le dio
por pensar en qué arreglos haría a su oficina mortuoria por fin de año. Ésta,
de poca de iluminación, agonizaba por su desidia: no tenía la decoración
mortecina necesaria, sus espacios estaban fielmente saturados de recuerdos,
polvo y soledades; pero no le provocaba remodelarla ni siquiera ahora que ya
terminaba el año 2001, tan escaso de clientes. Su Rolex de pulsera acicalado en oro, rezago de su prosperidad pasada
y volátil, marcaba impacientemente más de las 6 de la tarde. En ese momento, Kool,
aspiró con placer el humo odorante y tóxico de la vigésima tagarnina acre sin
filtro y continuó su murmurio:
—Eso sí... si no fuera por mí, tú Guro, vivirías en
la “angostura crematística”: ¿Qué te pareció esa frase? ¿No lo entiendes?...Sí
pues, cantidad de años realizando exhumaciones y necropsias en la Morgue
Central de Lima me valieron para disponer de una pensioncita con la que
mantengo la agencia de funerales... pero tú, Guro, has nacido para las
ceremonias fúnebres ¿No?... por supuesto que sí: eres negro retinto con cara
que no sonríe así nomás, relames goloso los obituarios de la prensa capitalina;
te entusiasman las exequias con arreglos florales, lágrimas y lutos pomposos...Guro,
yo te he visto disfrutar en el cementerio Presbítero
Maestro leyendo lápidas con poéticos epitafios que “son un resumen del
muerto”, según tú dices...¡Qué Guro, este!...
En un instante
de su retraimiento fumoso y asfixiante sintió unos pasos provenientes de la tranquila
calle. "Es un cliente, conozco el sonido del caminar ansioso...",
pensó. Miró atentamente la ventana que da a la calle, avivó los oídos para
escuchar...¡nada!; las cortinas de lívido tapasol pendularon levemente, esperó
unos segundos al parecerle que sí era un cliente tocando más fuerte su puerta;
contuvo la respiración sintiendo latir su laxo vientre, percibió un tremor de
emoción en sus piernas, pensó en la plusvalía -cómo él llamaba a sus ganancias-
que obtendría si fuera un cliente..."Nadie... hay nadie...me tiene sin cuidado,
no tardarán en venir...¡En años anteriores: 3, 5, 7 sepelios ocurrían en un
solo día... ganaba harto dinero!", se consoló recordando. La espera lo
amodorró fuertemente. El alcohol del pisco en su sangre le tejió tramados de
angustia por las estrecheces de estos días sin deudos llorosos o acongojados
buscando a sus muertos en la Morgue y la preocupación por no tener labor qué
hacer; diferentes a aquellos días cuando acaecían desgracias y estaba casi las
24 horas procurando ataúdes y ensamblando a su gusto exequias de todo precio.
Batake Kool había asimilado bien estos vaivenes del "muere – nadie
muere" y a estas alturas de su existencia, entendía que eran gajes de la
antesala panteonera de su agencia: "GURO
KINDU - FUNERALES DE LUXE", situada a dos cuadras del mismo jirón
Cangallo en donde se ubica la Morgue Central de Lima. Pero lo que no variaba en
él –y siempre fue constante–, era su taciturnidad, un extremo desánimo que no
oscilaba y permanecía en él, ex-aequo.
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Batake Kool fue
atraído de casualidad por la medicina. Siendo adolescente por la década de
1950, efectuando indagaciones en varias bibliotecas limeñas descubrió en un
libro de Historia del Perú al excelso cirujano zambo apellidado Valdés, que en
el siglo XIX alcanzó incalculable fama en América del Sur y España que fue
admitido en la Real Academia Médica de Madrid. Quiso ser entonces su diligente émulo
graduándose en Medicina Legal. “Hay pocos negros médicos y yo no voy a lucrar
como los otros cirujanos blancos”, afirmó desafiante cuando hizo su juramento
hipocrático. Sin embargo, en esos sus años mozos había algo más íntimo en él;
algo más categórico y diferible aún. Extrañamente, le gustaba observar las
capillas ardientes de vistosas coronas y ofrendas florales seguidas de cortejos
fúnebres avivados por gorigoris plañideros; en los cementerios de Lima y Callao
gustaba andar en solitario admirando ciertamente las tumbas, laudes, lucilos,
criptas y mausoleos, así como obeliscos, cenotafios y cruces de granito negro que
se erigían allí como guardianes del silencio; raras veces se conmovía de las
condolencias dada a los deudos durante las misas de cuerpo presente y
responsos, que eran según él, “sermones dignos de escucharse”; desde entonces
el joven quirurgo Batake Kool deseaba obstinadamente celebrar exequias en el
futuro.
Fue así que a
la par que trabajaba como médico residente en la Morgue Central –vacante que
logró sobornando a una autoridad universitaria–, ahorraba dinero con la
intención de gerenciar un negocio funerario cuando se jubilara. No esperó
tanto: a los 15 años de servicio renunció a continuar examinando y embalsamando
cadáveres para inaugurar su propio negocio. Un día se dijo: “de verdad que ni
los cadáveres violáceos, ni el llanto de sus familiares me asustan o me dan
pena, además, la muerte es una tragedia que más abate a los pobres y en el
Perú, son los más”. Así pensó esa vez y le dio más ánimo este pensamiento que
una mañana de enero de1986 decidió iniciar gestiones municipales para fundar su
agencia mortuoria. Aquella mañana Kool despertó de buen humor –estado que era
opuesto a su habitual tristeza–, había soñado que paseando en el cementerio Hollywood Forever se le cruzó la Dama de
Negro, la bellísima ¡Pola Negri!, quien iba a dejar como todas las tardes una
rosa blanca en la tumba de Rodolfo Valentino.
Y así inició su
negocio "GURO KINDU –
Funerales De Luxe". El trato directo que tenía con los
deudos en el depósito de cadáveres de la morgue en sus últimos meses de
forense, fue aprovechado con astucia por Kool pues los enviaba directamente a
su funeraria prometiéndoles piadosos descuentos. Su agencia de sepelios pronto
se distinguió de la competencia entre otros atributos porque su dueño era un
médico congolés -experto examinador de muertos- que ofrecía servicios complementarios
de alta cosmiatría post mortis; cortejos de lujo con calesines y apuestos morenos
tintos cargadores de ataúdes; velatorios con sedosos cortinajes negros-burdeos y
heraldos gigantes en donde brillaba la plateada cruz ansada –su emblema– que al
ser tan portentosos parecían estandartes de “Los Jinetes del Ocaso”, y sus
alfombras verdes–rojizas en donde descansaban las capillas ardientes que él decoraba
con arte y paciencia, simulaban ser hondos valles barnizados de sangre.
II
Son las 2 de la tarde del 29 de diciembre y el negro de piel cárdena
Batake Kool se apresta a iniciar su diario ritual vespertino. Luego de apagar
las luces de su oficina de ventas de féretros se sienta en el piso frente a un
pequeño altar situado en un rincón. En un tapiz solferino de poco más de un
metro cuadrado hay dos imágenes enmarcadas en pan de oro: una es el Santo
Pantocrátor -un Cristo de rasgos serios- y la otra, la imagen del patrón
fúnebre San Filomeno. Los rodeaban 7 dorados cirios de cebo y parafina
distribuidos sobre la alfombrilla haciendo una cruz. Del velamen aquel se
escucha su crepitar “¡son los malos espíritus!” aseveró Kool. A su derecha, en
la misma alfombrilla, está el misal de conservadas pastas de cuero y a su
izquierda un pequeño salmerio de tapas rústicas que tiene entre sus páginas,
además de las sentencias del rey Salomón, la oración compuesta por su santo
patrón. – ¿Qué me falta?– indagó– ¡Ah! El tibio filonio de manzanilla,
pimpinela y valeriana.
Batake Kool está en los prolegómenos, a punto de iniciar la ceremonia de
letanía a San Filomeno, aquel monje del siglo XIV de quien se dice rezaba ruegos
inventados por guerreros merovingios a los muertos y agonizantes en los campos
de la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, en 1340. Al ser estos
ruegos reconfortantes espirituales antes de morir, fueron transmitidos
verbalmente entre los sucesivos ejércitos franceses hasta que pasado el tiempo
se convirtieron en una compuesta jaculatoria “salvadora de almas miserables”.
Posteriormente, en Europa, fue mal adoptada por algunos agiotistas funerarios
como mediadora más bien de milagros monetarios llegando posteriormente a Lima
en el siglo XIX durante la guerra emancipadora. Y Batake Kool acude a esa breve
oración de su cofradía rezándola con ardor desde que inauguró su funeraria.
Esta oración sólo se estila invocarla cada vez que “El Dios de Israel tarda en
llamar a la gente”, pero Kool la reza todos los días después de la media hora
de siesta durante el cierra puertas que hace su negocio cada tarde.
La tizana
que entibia su garganta hace de vehículo relajante a la trisanta letanía compuesta
por un padrenuestro, el salmo 79 y la jaculatoria del santo Filomeno. Kool,
cuando está inspirado realiza alrededor de 70 trisantas por sesión. Pero hoy no
está animado como otros días, está cansado pero tiene que realizar la ceremonia
acostumbrada: Se pone de pie, erecta su cuerpo y junta los talones, se dispone
a orar sin apremios tratando de dejar en blanco su mente; respira hondo, no
desea escuchar sonido alguno y trata de apartar lejos su tristeza. Abre el
misal, también el salmerio, sorbe un último trago de la tibia infusión y
empieza a orar las dos primeras oraciones… luego la tercera. Con unción
sacerdotal implora a Dios una tras otra sus plegarias; lo hace calmosamente. En
el silencio de la oscura oficina de ventas de ataúdes su murmullo santo crece
de a pocos; en su semblante aparecen los primeros rasgos de placidez espiritual
que según se cree, alcanzada, hace que San Filomeno obre milagros. Empero, un
sólo fragmento de todo lo que reza se oye con más fuerza...La oficina se abigarra sólo de estos versos concretos en seguidillas
extra audibles; son los que corresponden a la jaculatoria de San Filomeno que
Kool recita más alto que el Padrenuestro
y el Salmo 79 en cada ciclo oratorio:
— .. A los que sufren enfermedades incurables...A los que nunca saldrán de las cárceles...A los
que han fracasado toda su vida...A los que huyen a causa de las guerras
inacabables...A los limosneros callejeros…A los accidentados desahuciados...A
todos ellos, acógelos, Señor... ¡Cuánto sufrimiento hay que recoger del
mundo!... ¡Que mueran! ¡Que mueran ya!
Paralelamente
la mente del negro, cual rosario Mariano, lleva la cuenta del número de veces
que cicla el trino Santo... 15... 20... 35... ¡55! veces lo repitió hoy hasta
que un sopor asalta su concentrado estado haciendo que decidiera culminar sus
letanías. Batake Kool cierra los ojos, se arrodilla y se inclina hacia
adelante, pega su perlada frente al suelo y exclama el segmento final que
remata su súplica de hoy al Supremo:
— ... ¡Jesús!... ¡Por los que siempre lloran y gimen
y no hayan piedad para sus pecados!... A ellos, a los que piden su muerte:
¡Acéptalos! ¡Toma sus rezos y limosnas como remedio a sus pecados... y llévatelos,
Jesús! ...Dios Todopoderoso que gobiernas Cielo y Tierra, cobíjalos con premura
en tu amor, redime sus almas y deja sus cuerpos reposar en paz, sí es tu
voluntad… ¡Ampara mis plegarias vencedor de la muerte, no tardes, amén!
Así era la
jaculatoria de Kool. Abominablemente alterada de aquella compuesta por San
Filomeno quien solicitaba a Dios un mundo exento de tribulaciones, es decir,
desterrado de infelicidades; en cambio, Kool, transformado por sus necesidades
comerciales en Guro Kindu pedía aparentemente lo mismo pero rogando que haya
más exequias, más cadáveres, necrofando así sus apremios de dinero con las
penas de los que gimen a sus muertos.
Acabado el rito de la tarde, Kool apagó el
velamen dorado, encendió las luces de la oficina y de su surtido pero modesto
barcito de piscos peruanos cogió una botella y el copetín disponiéndose a
saborear el aguardiente. Al catar los primeros ardores del pisco iqueño se
dispuso a reflexionar arremolinándose en la mecedora al pie de una mesa de
centro. A pesar de que hizo con devoción la jaculatoria de San Filomeno, la
tarde la sintió tan aburrida que no abrió al público su agencia y se albergó en
donde siempre lo hacía, en esa oficina contigua a la sala de féretros para ingerir
de a pocos el alcohol de las uvas malvasías y fumar hondo. El pisco le trajo
dos anécdotas recurrentes en él: recordó que los clientes querían maquillajes optimistas
en los rostros de sus parientes cadáveres y también aquella vez cuando tuvo que
teñir de rubio los cabellos de una joven fallecida cuyo marido quería
sepultarla con ese color de cuando se casaron. Arrugó los cachetes de regusto
al paladear un recio sorbo del destilado de borgoña...“En los sesenta, cuando
en Lima se desató la moda de las cremaciones, yo les decía a los deudos: ¡No
hagan eso! ¿Después adónde les llevarán las flores?... Sí, sé que las
cremaciones cuestan la tercera parte que un entierro común, pero no es negocio
porque el ataúd se alquila...así, no pues”… Rememoró, seguidamente sus labores
en las salas de la Morgue. “Calatos, entarimados y con sus membretes atados a
sus muñecas me esperaban; algunos cadáveres, los pasaditos, estaban llenos de
hielo seco para demorar su putrefacción... ¿Y el amonio cuaternario para
desinfectarme las manos?: oliendo por todos lados... ¡Ja, ja, ja!”. Su risa sonaba natural, divertida; quien la
escuchara hubiese opinado que Batake Kool se solazaba departiendo con algún
viejo amigo. El africano aguzó el oído, sintió unos toques suaves a la puerta,
se quedó tenso, no se levantó de la mecedora, apuró quedamente otro sorbo de
pisco y aspirada de colilla de cigarro que le quemaron el paladar y esperó la
repetición de los toques para cerciorarse de que era un cliente; pero...realmente
nada. Le pareció que alguien lo fisgaba por la ventana que da a la calle... ¡era
ya de noche! Afloró
en su mente 1986, año en que inauguró su funeraria. “Fue un negocio oportuno:
enterré 37 presos, esos que se amotinaron en la cárcel de El Frontón. Se estrujó fuertemente las manos al pensar en las
ganancias que los 58000 muertos de la guerra de Vietnam le hubieran dejado.
“¡Sí me hubiera tocado aunque sea el 5% de ellos!”. Siguió riendo muy embriagado
y su diafragma ya emitía el molesto hipo dipsómano característico.
Al filo de la medianoche
cuando Kool tenía avanzadas cuatro botellas de pisco Vargas empezó su perorata, entonces “le dijo” a Guro con sarcasmo
que era “un africano de una especie rara, esos excesivamente tristes”... “que
en el Perú a los parlamentarios se les debe pagar al destajo por leyes que
sirvieran”... “¡Que en el país el dinero sigue siendo de los ricos de
siempre!”, etc. ....Y el pisco subió fluidamente –más sabroso que un whisky o
coñac, según “ellos”, Kool y Kindu– haciendo que entre el uno y el otro
surgiera una charla entretenida, hilarante por ratos; con palmeadas de hombros
y abrazos de “viejos amigos” y
aparecieran las sátiras de Kool ante la alarmante ignorancia del Gurito –porque
éste se quedaba en silencio por largos ratos sin saber que decir ni qué
contestarle–. La borrachera y fumarola continuó un curso vaporoso en que las
bocanadas de humo de tabaco negro y las risotadas colmaron el ambiente húmedo de
esa pobre oficina de funerales. En una de esas idas al baño a orinar, en la
décima quinta, Kool ya no regresó a reanudar la curda con Guro; tambaleándose, indiscutiblemente
ebrio de vanidad, alcohol y tabaco, apoyándose a tientas en las paredes de su
oficina, se dirigió a su Koimitirion -que en
griego, significa dormitorio-.
III
Era aún de
madrugada del domingo 30 de diciembre cuando el restallar de los automotores y
las voces del gentío lo despertaron. Los golpes a su puerta eran tan
insistentes que despabilaron su resaca cerebral, sedienta y nauseabunda
haciéndole ver que la noche anterior no se había cambiado de ropa para dormir. Su intuición se abrió paso entre su resabio
alcohólico y le dijo que a su puerta un cliente venia por él; sus eternas muecas de tristeza desaparecieron
para dar paso a una extraña y fruncida sonrisa...
—¡Don Guro...urgente! ¡Ábranos la puerta...de
prisa! ¡Por favor, despierte!–gritaban desesperados gente de rostros pálidos, sudorosos,
de pupilas muy abiertas y pronunciadas ojeras dibujadas por una súbita
trasnochada. Su intuición le ratificó ¡cómo no! que algo bueno (para él) había
ocurrido. “¿Por qué ha venido tanto pueblo a buscarme?”, pensó al mirar desde
adentro al gentío por una ventana.
Aun mareado
por la piscada de ayer, Kool, apenas acomodándose las ropas, abrió la puerta de
su funeraria, quiso decirles algo cortés pero una voz ronca e inentendible
salió de su garganta. Con gestos nerviosos de sus manos les preguntó lo qué
querían.
— ¡37 ataúdes!... ¡No!... ¡No, señor Guro!... 41, 42,
43... 45, necesitamos 45, los más baratos... ¡Ha ocurrido una desgracia en el
centro de Lima!
— Ya les abro, esperen por favor— (Hoy si hay
ganancia), se dijo mentalmente. (San Filomeno, gracias por escuchar mis
plegarias por más exequias), agradeció Kool mirando el cielo que recién
clareaba.
Ya adentro
con sus sorpresivos clientes se enteró de los detalles de la tragedia contada a
retazos por algunos de ellos. Les dijo que tratándose de un caso así,
“seguramente el gobierno o la Municipalidad de Lima se harían cargo de los
sepelios”; -su perspicacia y experiencia se enseñorearon definitivamente-. A la
par que histriónicamente apenado y soltando su aplomo de funerario atendía a
cada uno de los afligidos, percibió que su resaca alcohólica se había esfumado;
cínicamente agregó con voz cordial:
— Yo me encargaré de coordinar lo referido a los
funerales –. (Se alegró muchísimo cuando todos los deudos le dijeron incrédulos
y en comunión que ellos mismos pagarían los ataúdes pues las autoridades...
¿cuándo lo harían?).
Kool, miró
complacido cómo a la cancelación de los cajones se formaban rápidamente varias
pilas de billetes anaranjados y celestes junto a otras columnas plateadas de
monedas, en su escritorio. – (Todo este dinero, lo guardaré para invertirlo en
abril, mayo o junio del próximo año que es donde ocurren más muertes), pensó
irónico. Kool (ó Guro), serio por fuera (nefario burlón, por dentro), les dijo:
— Señores, iré a recoger los cadáveres a la Morgue
Central al medio día, a cada uno lo pondré en su ataúd de color imitación
mármol o cedro... comprenderán que por ser tantos los fallecidos tengo que agenciarme
de... ¡más féretros!—. La voz de Kool, repercutía consoladora en las almas
dolientes de sus clientes. — ¡Calma! ¡Calma! No se alarmen más, estoy seguro
que las autoridades los indemnizarán, es culpa de ellos, si hay algún problema
me las arreglaré... Nos vemos en la morgue al medio día, allí los esperaré. El
tropel de gente doliente lo entendió así y como siguiendo a un caudillo militar
en tiempos antaños de revoluciones traidoras se fue cuadras arriba a la Morgue
Central. Batake Kool observó que Luto
intempestivo, La Económica y La Condescendiente–los negocios
competidores en esa cuadra del jirón Cangallo–, también tenían clientes. Guro,
o mejor dicho Kool, vio como esa muchedumbre trémula se iba por la larga
callejuela que se escondía entre la basura urbana y el sol que empezaba a quemar; pero Kool, (o
Guro), dio nuevamente gracias a San Filomeno por la tugurización de Lima, por
ese favor tanto tiempo esperado: ¡Su Salvación económica ya era realidad!...A Kool
(o Guro), cual saprófago, le pareció un mágico sueño ese infernal incendio en
el Cercado limeño ocurrido ayer, ¡sábado 29 de diciembre!
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Al día
siguiente, en el Cementerio El Ángel de Lima se realizaron simultáneas exequias
levantándose allí una capilla general para el responso de todos los que
fallecieron calcinados en la hoguera de Mesa
Redonda -un atestado centro comercial de unos 10000 pequeños negocios de todo
género insertado en la capital limeña-, en donde murieron en menos de una hora
más de 300 personas. En un único pabellón denominado San Lázaro asignado de urgencia para estas víctimas se sepultó este
pesar nacional fruto del hambre, la avaricia y la llegada del 2002.
Haber sentido
otra vez en la morgue el aroma a muerte tan intenso y penetrante lo angustió.
“Qué triste tarde de este fin de año ¡Carajo!... igualito como cuando se fue mi
mamá para siempre... lúgubre como cuando me engañó mi amor Inés”.
El 1 de enero,
Batake Kool, impaciente, compró el diario El
Comercio en donde la tarde anterior pagó por colocar un adusto aviso, este
que apareció en la página del obituario:
V MISA
Y AGRADECIMIENTO
El Gerente de
Guro Kindu – Funerales de Luxe
Agradece las innumerables muestras de confianza
puestas en nosotros. Nos condolemos profundamente de las familias que perdieron
a sus seres queridos en Mesa Redonda, quienes seguramente fueron modelos de
integridad, fortaleza, amor y generosidad.
Invitamos a ustedes a la misa de honras fúnebres que
se realizará en la Basílica Catedral de Lima, el sábado 5 de enero de 2002, a
las 10 a.m.

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