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La sociedad japonesa ha girado diametralmente el timón hacia el cuidado de la salud de sus trabajadores reduciendo drásticamente el tiempo de la jornada laboral.

"Adiós karoshi", fue escrito para la Plataforma de salud mental
Almería tierra sin estigma, España.
RELATO INCLASIFICABLE
¡ADIÓS, KAROSHI!                                   
Una noche sorprendentemente él le pidió a Rosa que antes del kekkon (casorio) se psicoanalizara, “porque para casarse hay que tener la mente sana”, le dijo telefónicamente desde Perú; ella obedeció días después de sobreponerse a tamaña exigencia del novio y se psicoanalizó en el Hospital de Tokio.   
A las pocas semanas ella llegó aliviada desde esa ciudad a Lima tras un vuelo de 20 horas haciendo escala en Houston con el resultado del examen pedido por su novio pero también huyendo de la incultura nipona de trabajar excesivamente hasta morir (karoshi). Agradeció a Dios haber dejado Japón en donde las jornadas profesionales le hicieron vacacionar tan solo una semana durante cinco años sintiéndose mal por no laborar esos siete días dada su inmoderada lealtad al trabajo. Laborar 100 horas extras mensuales le permitió adquirir casa en la posada Shinjuku cerca de la estación de tranvías Waseda, tal esfuerzo nervioso devino en síntomas que inicialmente confundió con estrés pero como persistían se sometió a análisis exhaustivos de cuyos resultados dedujo que era la ruta al karoshi, pero los médicos la desmintieron porque no manifestaba hipertensión, accidente cerebro-vascular, cardiopatía, insuficiencia respiratoria o intentos de Karojisatsu (suicidio). Además, Rosa no cabía dentro de las estadísticas porque las personas propensas al karoshi tienen entre 40 y 50 años con un récord de trabajo de 3.000 horas anuales.
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Rosa venía al reencuentro de Yasuyuki Higa, su novio japonés a quien conoció en Tokio, para casarse en Lima -él trabajaba para Mitsubishi Electric Perú-, y radicar temporalmente allí pues Higa era ingeniero viajante líder en proyectos fotovoltaicos. Asombroso fue para ella enterarse que la Mitsubishi (que desarrollaba un Sistema de energía solar de 50 megavatios en Arequipa para dotar de electricidad a 30.000 hogares), no había implantado las ancestrales costumbres japonesas en Perú sino el Kanban (organización eficiente del trabajo) con periodos de ocio para salvaguardar la salud mental de sus trabajadores, así: prohibió la ingesta de Coca Cola con café; eliminó horas extras y descartó la videovigilancia de trabajadores por drones, pero no erradicó la canción escocesa “Aul Lang Syne”, habitualmente escuchada en las tiendas de Tokio que están por acabar la jornada diaria. Además, Mitsubishi instauró en sus campamentos y oficinas dos festivos que alegraban a todos sus trabajadores: los lunes resplandecientes, consistente en tomarse libre la mañana del inicio semanal y los viernes premium, que es salir del trabajo a las 3 p.m. el viernes final de cada mes, día de cobrar para ir de compras, pasear y divertirse… ¡Adiós karoshi!
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El último viernes de Julio 2018, Rosa y Yasuyuki (quien viajó desde Arequipa a Lima) fueron a cenar pato pekinés al San Joy Lao y mientras esperaban ser atendidos dada la cantidad de comensales, el resultado del psicoanálisis de Rosa fue leído por él quien vociferó de risa y le dijo a ella:
    ¡Kurutta Kanari! (¡loca bonita!)…
— ¿Ahora nos podemos casar?—preguntó contenta, Rosa.
    Kekkon ¡sí!—respondió él.

Y la cena trascurrió con habla amena y gesticulaciones a la usanza nipona aunque la deliciosa comida que disfrutaban fuera de sazón peruano-china.▪

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