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El asiático Go Han asesina al doctor Bronte en venganza por haberse plegado a los asesinos de su raza en China.

"Gobelinos Ho Han Yi",  fue escrito para la editorial
Sopa de Letras de Buenos Aires, Argentina, en 2016.
MENTES ENREDADAS
GOBELINOS HOANG YI 
Eran las 6:05 de la mañana cuando ambos ascendían lentamente en un Morris magic negro. Habían viajado por dos horas en la neblinosa madrugada desde Londres hasta el sur de la ciudad para investigar un crimen ocurrido en el camino de esa cuesta poblada de robles.

— ¿Qué día es hoy?—interrogó, restregándose los ojos, el comisionado Pierpont Austen al agente Scott que conducía el auto policial.
— Es 31 de diciembre…—contestó él, soñoliento.
— Mañana es año nuevo, entonces- replicó sin ánimos el cincuentón Austen, subiéndose las solapas del grueso abrigo para contrarrestar el urente frío del lugar.

Uno y otro observaron que esta parte de la ruta regularmente transitada por turistas y cazadores estaba salpicada de numerosos autos estacionados en fila izquierda con personas que mostraban rostros de asco, miedo y asombro por el asesinato acontecido allí. El tránsito hacia el sur-este de Londres estaba momentáneamente interrumpido por esta razón.
—¿Deseas galletas de chocolate?—preguntó de más Austen ofreciéndoselas a su chofer y de un conservador sirvió dos tazas de café.
—Sí, ¡tengo hambre!—Exclamó Scott, disminuyendo la velocidad del auto de la Policía Metropolitana hasta detenerlo. Austen le pasó el café y las galletas.
— ¡Qué bonito automóvil!—dijo bostezando Austen mirando hacia la cuesta, engulléndose una galleta y sorbiendo seguidamente el tibio café.
           
A través del parabrisas del Magic, a unos quince metros adelante, vio a dos policías que examinaban cuidadosamente un auto deportivo rojo mal estacionado al pie del poste que indicaba el nombre de la localidad próxima en esa ruta en la que ya sonaban los primeros coros de las avecillas.
— ¡Es un nuevo modelo!—Afirmó Scott que veía a Austen por el retrovisor aun desorientado por la duermevela del viaje.
— ¿Y quién te prepara el desayuno, Scott?—preguntó el comisionado.
    Mi madre.

Con esta respuesta Austen dedujo que su nuevo subordinado era soltero a pesar de su madurez evidente. Terminó veloz su ´desayuno´ y Scott se dispuso a empezar el suyo sentado al volante. Anteponiéndose a la pereza el comisionado bajó del Magic y sobrecogido por la helada atmósfera circundante y el invasivo olor a tierra húmeda caminó pausadamente hacia el auto rojo evitando todo contacto con la gente que murmuraba el asesinato y lo interrogaban con sus fijas miradas. Saludó a los dos policías que, cerca del convertible de la víctima, espantaban a los reporteros del Times y a otras personas chismosas quienes suspendieron sus viajes para ver lo ocurrido allí pese a las heladas brumas del amanecer.
Las fragancias balsámicas de los robledales y los silbidos de los mirlos eran traídos por el vientecillo matinal del sur y el jefe de policía Austen tiritaba de frío pero lo hizo más por lo que vio: ¡un tipo ensangrentado de aproximadamente 40 años que yacía en el asiento delantero del auto!; tenía la cara y el cráneo brutalmente seccionados, había enormes coágulos de sangre por todos lados: en el piso del auto, en la capota (cubierto por un tapiz que Austen no recordaba dónde lo había visto antes), en los asientos, en el parabrisas y el pavimento.
— ¡Fue un loco el que hizo esto!—manifestó alterado Austen al sargento Clapton a quien a la media noche anterior le había ordenado adelantarse en las pesquisas de este crimen.
— Se llamaba Bronte…Dr. Geoffrey Bronte—acotó el narigón agente de homicidios presente desde la madrugada en esa ruta a Stokes Newintong.
— El auto no está averiado…sólo hemos encontrado un maletín de mano cerrado con llave…salvo la carnicería que ve, al parecer no le han robado…revisando las cajuelas del auto hallamos sus credenciales de médico y estos frascos farmacéuticos con soluciones blancuzcas que por el olor característico parece morfina…—sugirió impávido, Clapton.
— ¡Lo machetearon y le clavaron bujardazos por todo el cuerpo!...Tenemos fotografiadas 23 huellas digitales, Jefe—dijo el otro agente a Austen, leyendo su libreta de apuntes.
— ¿Así?... ¡Bronte es un personaje conocido! He oído hablar de él pero hasta hoy lo veo en persona… ¡está partido en pedacitos!... este delito puede ser una venganza… o de pronto es la insania que ha surgido aquí en Stokes Newintong—opinó pensativo, Austen.

Para recomponerse del asco por la descomposición lenta de los restos dirigió por un momento la vista hacia el final de la cuesta en donde se ubica una aldea vecina. Poco después de culminar sus indagaciones y las formas de estilo, el ojiverde Austen dejó a Clapton y a su ayudante y se dirigió al Magic en donde se hallaba dormitando Scott, lo despertó a voz enérgica para alejar de paso, a los corresponsales del London Today y del Times que lo seguían haciéndoles preguntas difíciles, indicándole retornar sin prisa hacia Londres. Necesitaba tiempo para pensar en la solución de este nuevo caso pues sabía que la Sociedad Médica Londinense y sus superiores lo coaccionarían duramente para que resolviera pronto este homicidio de fin de siglo. Bronte era un médico conocido.
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Londres la capital británica hacía años que vivía en el caos y la segregación. A las densas nieblas que destiñen sus calles cubriéndolas de herrumbres y agobios, se habían sumado las fábricas de tejidos y locomotoras que emitían todos los días gases contaminantes asilando a las apacibles bandadas palomas en el antiguo Big Ben. La revolución Industrial acantonada aquí también era culpable de poblar la ciudad de emigrantes que vivían arrumados sin piedad –por orden de la Realeza británica-, en los inmundos suburbios. Uno de ellos era The Flee, un barrio agitado de callejuelas embaldosadas al Oeste de la capital, en donde cada día se adineraban más y más los comercios de los asiáticos. Allí se ubicaba la droguería de Teng Hoang Yi, el amarillo era alto y delgado como la sombra de una farola. Anglicanizado desde los cinco años no había perdido, sin embargo, la singular venia oriental que daba a los ingleses que a diario adquirían sus formulaciones analgésicas. Incapaz de contrariar a sus clientes –generalmente precipuos cirujanos y científicos-, la fama de Hoang Yi había traspasado las fronteras londinenses por ser fiel observador de la legalidad, la circunspección y posma anglosajonas. Era conocido por su dinamismo comercial y por mostrar el hermetismo y seriedad de su carácter cuando algún intruso trataba sutilmente de obtener sus secretos o pasaba calculadoramente la vista sin adquirirle nada por las altas estanterías colmadas de rotulados frascos farmacéuticos que configuran su silenciosa droguería de piso de terracota.
Pero Hoang Yi tenía otros clientes especiales: los compradores de tapices. En una sección contigua a su droguería había acondicionado galerías de exhibición y ventas de gobelinos, para cualquier inglés estos artísticos cortinajes no pasaban de ser suntuosos paños; pero no era así para los expertos. Estos tapices, émulos del antiguo arte consagrado por la familia Gobelín de Flandes, replicaban lienzos famosísimos de Bellini, De la Francesca, Botticelli, Tasso, Da Vinci y frescos de la dinastías Tang, Ming, Mongol, entre otros grabados anónimos del medioevo europeo. El reservado Teng Hoang Yi con este negocio de lujosos gobelinos tenía a sus pies a poderosos comerciantes ingleses que le solicitaban rarezas pictóricas para calmar sus banalidades burguesas que él les conseguía a buen precio. Esto era lo que más le atrajo al ventrudo Dr. Bronte Geoffrey del perspicaz Hoang Yi y lo que solidificó entre ambos una amistad de más de una década. En efecto el escrupuloso cirujano “especialista en mitigar el dolor fisiológico”, fue desbordado por la variedad y cantidad de alfombras de Persia, sedas de Yuan, de Arras y de Tournai que vendía el asiático, revelando así su hedonismo por el caro arte del tejido iconográfico. Los tapices tejidos en máquinas Jacquard eran adquiridos por el médico para adornar los amplios salones de su casa próxima a los jardines Gibson o para ser regalados a sus clientes de la esnobista sociedad británica. Pero para Hoang Yi un gobelino tenía otra significancia, representaba la pasión de los ricos ingleses por los tapices de imágenes amalgamadas de sombras y colores que operaban en ellos efectos metafísicos concordantes con sus doradas genealogías y que le dejaban al vendérselos, hartas libras esterlinas. Fue así como se tendió esa amical sintonía entre los dos por el disfrute del arte de estos tapices. En esos días de diciembre Bronte fue a la droguería del oriental preguntando por una seda flamenca que regalaría a un importante cliente por fiestas de fin de siglo, y lógicamente, no por sus analgésicos derivados del opio.

—Ya le conseguí los Cartones de Goya que pidió, Sir Bronte—dijo Hoang Yi, esperando una respuesta favorable del doctor. —Es una serie de seis tapices…
— ¡Oh! ¡Míster Hoang!...entonces ¡pronto enviaré a tapizar mi auto!—exclamó emocionado Bronte. El asiático sonriente, lo hizo pasar a su galería para mostrárselos. 
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EL domingo 1 de enero, nadie trabajó en la dependencia policial, pero a la mañana siguiente el atestado preliminar del sargento Louis Clapton, entregado a Austen daba cuenta de lo siguiente:…Por tanto, de las pesquisas realizadas en el caso del asesinato del Dr. En medicina Geoffrey W. Bronte, se desprenden las primeras siguientes conclusiones:
1.      La víctima fue atacada por una sola persona en la localidad de Dalston cuando se dirigía a Stoke Newintong, aproximadamente a las 23:00 horas del sábado 31 de diciembre último.
2.      No se ubicaron las armas cortantes y contundentes que utilizó el asesino pero abundan huellas dactilares que están siendo analizadas en el gabinete químico policial.
3.      El objetivo del crimen no fue el robo común, se encontraron joyas, dinero y otras pertenecías de uso personal de la víctima.
4.      No existe posibilidad de que el señor Bronte sea opiómano. La morfina en solución acuosa encontrada en su auto, 5350 miligramos, eran para uso médico.
5.      Las investigaciones continúan en las inmediaciones en donde ocurrió el homicidio.

— ¿Te habrás sorprendido Scott?, sorpresivamente suspendí tus vacaciones para que cooperes en el caso del Dr. Bronte…Clapton es tan insubordinado que lo han derivado a la custodia de presidios—dijo ofuscado Austen a su agente conductor.

Ambos se dirigían nuevamente a la aldea Stoke Newintong. Eran las 14:35 horas del lunes 2 y la misión era investigar las andanzas del Sr. Bronte por allí. Austen tenía en las manos el informe de Clapton que releía con disgusto. Por ratos, en la ascensión por esa empinada ruta, observaba el dominante paisaje de suelos arcillosos sobre los cuales ejércitos de robles y olmos habían tendidos sus sombras. Aunque hacía frío el sol aparecía entre la neblina del Este. Le sobrevino un sueño amodorrante, - es mi hipertensión-pensó. 
Stoke Newintong es una colonia Manchú, una aldea poblada por familias inmigrantes ubicada a siete millas al sur de Londres. Está rodeada del verdor de amplios valles con bajas colinas cubiertas por bosques en donde se oyen con insistencia graznidos de grajos y abundan zorros plateados y liebres perezosas que son objetos de feroces cacerías, un deporte enraizado entre los ingleses. Allí los expatriados han establecido prósperos comercios de implementos de caza silvestre, lana en fibra, sombreros y abrigos, artesanía oriental, establos lecheros y fondas de cueros y carnes.

— ¡Comisionado!, ¡Despierte, Sr. Austen… hemos llegado a Stoke Newintong!

Así, fue despertado, en lo mejor de su sueño, el Inspector de policía. Recordó al instante que el tapiz que adornaba la capota del auto del asesinado Dr. Bronte lo había visto en los almacenes del comerciante Hoang Yi, ´el gentleman´´ o ´´alma de lacayo´ como lo llaman sus paisanos.
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En los primeros años del siglo XX la gente de Londres se asombraba al ver los primeros autos de coruscantes carrocerías y ruidosos motores. Por primera vez la primacía de la niebla cedía ante la majestuosidad de los modelos Austin o Morris que se desplazaban pausadamente por sus calles. Pero quien hubiera visto al largo Hoang Yi salir de su droguería esa noche como a las diez ataviado con elegante levita y pantalón de lana grises –habitualmente atendía su negocio con batín de muselina blanca-, se hubiera sorprendido aún más, no hubiera creído que se iba a vacacionar a los bosques lejanos de los barrios del sur (rara vez lo hacía). Él había dispuesto en un bolsón de lona, además de sus efectos personales, herramientas y utensilios para emprender un largo periodo de descanso y caza deportiva. Con un semblante que trasuntaba su calma habitual clausuró la droguería, se calzó un sombrero de copa de felpa negra y echando un poco de tabaco en la cazoleta de su pipa verde, abordó un auto azulino de alquiler que lo conduciría hasta las afueras de la ciudad.
Coincidentemente, hacía media hora que el Dr. Bronte piloteaba parsimoniosamente su auto y ahora cruzaba Mile Erid road para tomar la ruta conducente a Stoke Newintong. Las luces exteriores de su auto no disipaban de manera conveniente la cerrada niebla reinante en el camino poco transitado a esas horas, pero él se encontraba sereno y confiado en que su viaje y visita médica no sufrirían inconvenientes. Debía retronar por la mañana a la capital a atender a sus enfermos artríticos en su consultorio privado. En eso, se sobresaltó cuando vio a corta distancia a un sujeto parado al lado derecho de la ruta, quien en medio de la incipiente llovizna le hacía señas para que detuviese su auto. Eran aprox. las 22:50 horas del viernes. Bronte, el médico de los ricos cuáqueros, viéndolo en apuros a esa persona detuvo su auto deportivo y se sorprendió de encontrarse con un muy conocido suyo…

— ¿He?... ¡Míster Hoang Yi! Suba, por favor... ¿Qué hace en medio de este temporal que ya empezó?—dijo Bronte, ayudando al oriental para que acomode sus estampados azules en el asiento posterior del vehículo. 
—¡Oh!, Dr. Bronte excúseme la intromisión… hoy temprano me dije: si esta noche mi distinguido amigo viaja a Stoke Newintong, no se negará a llevarme… y no me equivoqué, no es así, Dr. Bronte?—expresó agudamente el chino.

El médico, sonriente, le contestó entre otras cortesías “que era todo lo contrario y que su compañía era bienvenida”, una vez acomodados retomaron el viaje acelerando el auto su marcha. Rápidamente ingresaron a la parte ascendente de la ruta que los trasladaría al destino común, en ese trecho estimado en una hora de duración no se habló de otra cosa que de la pasión que los dominaba: los gobelinos. Ambos sonreían y bromeaban sobrepasándose los límites de amabilidad y circunspección a la que estaban acostumbrados. Cumplida la hora y cuarto de trayecto y de fluida conversación, cerca de la localidad de Dalston, Teng Hoang Yi confirmó de la propia boca del Dr. Bronte que este se dirigía a atender a un grave paciente de familia activista manchú.
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El martes 3 cuando el inspector Austen fue al gueto de The Flee encontró en el ventanal de la droguería de Hoang Yi un letrero que decía “Cerrado hasta la próxima semana”, pero como tenía la autorización de un juez para ingresar por la fuerza, ordenó a sus policías a violentar las cerraduras de la puerta principal en medio de las miradas de muchos curiosos que en esa mañana que realizaban sus transacciones comerciales en ese repulsivo barrio. Adentro, Austen y sus compañeros encontraron un orden poco frecuente en los negocios de estos asiáticos: todo el inventario de mercaderías farmacéuticas estaba cubierto de láminas plásticas transparentes dándoles la impresión que este gran local esperaba una pronta mudanza o reapertura. Pero cuando el comisionado Austen ingresó sigilosamente a la galería contigua comprobó lo que el indisciplinado sargento Clapton le explicó antes que se fuera destinado a resguardar la cárcel de malos policías: “que Hoang Yi poseía tantos costosos gobelinos a los que les adosaba su marca personal y que era considerado como un selecto coleccionista por los adinerados y la realeza londinenses”; pero el olfato de Austen que anteriormente había visitado la droguería le hizo deducir que no era más que un especulador. Le llamó la atención un esplendoroso edredón de matices azules colgado en la sala principal que mostraba un lugar exótico en donde se realizaba un acto esotérico: ¡La adivinación cartomántica! Austen y su grupo policial indagaron por casi una hora la droguería y las galerías de gobelinos y finalmente encontraron evidencias para el caso que los congregó allí. Diligentemente y siempre atentos a las órdenes de su jefe los seis serios policías armados, salieron y prestos cerraron el negocio de Hoang Yi, subieron a dos autos negros de la Policía Metropolitana apostados en el mugriento embaldosado del barrio gueto y enrumbaron velozmente al gabinete químico Policial en medio de la protesta de furiosos paisanos del chino que les gritaban insultos y peroratas. 
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Amanecía el jueves 5 de enero cuando las grises de la ciudad se disipaban flemáticamente. Pasadas las algarabías de las fiestas por el fin de siglo los diarios capitalinos publicaron discretamente la noticia que el Scotland Yard había resuelto el caso del carismático doctor Bronte. En el arquitectónico departamento de la policía la conversación se tornó amena a pesar del frío que hacía frotarse las manos a todos ellos, parado, al costado de su voluminoso archivador, el Inspector Austen releía una vez más en voz alta como era su costumbre el informe que elevaría a sus superiores. El agente Scott lo escuchaba impacientemente:
—Según el gabinete químico policial, las huellas dejadas ex profesamente en gran parte del vehículo corresponden a un tipo asiático, esto me hizo sospechar del boticario Hoang Yi, sabemos que Bronte y él eran cercanos amigos, además de los registros de ventas ese doctor figura como último cliente que atendió la droguería el 31 de diciembre...pero  lo que me intriga es cómo pudo el chino de 41 años, sin ayuda de otras personas, tasajear y cercenar el cuerpo de Bronte... ¿por qué hundió su cráneo con un martillo de picapedrero? ¡Execrable!—Scott, puso galletas en una bandejilla esperando que el café terminara de prepararse; Austen, continuó leyendo y comentando su extenso informe. —Bronte no era opiómano, era fisiatra, su especialidad médica era el tratamiento de las neuralgias graves...aliviaba el dolor de sus pacientes con la morfina que se contrabandea entre los gobelinos que se traen de la China...el rufián de Clapton creyó que Bronte era adicto; yo le aseguré que eso estaba por verse... ¿Pero por qué se arriesgó Bronte a ir solo a Stoke Newintong? Él sabía que los chinos no ven a los ingleses con buenos ojos; debió solicitarnos apoyo…seguramente era unos de sus pacientes acaudalados que viven allí que le pidió ser reservado…como sabes, esa tarde que fuimos no pudimos investigar nada, ¡nada! ... parece ser que un resentimiento incubado por años en su vida solitaria, le originó a este Hoang Yi una insania que esperó con paciencia su momento para actuar sangrientamente... ¡tenemos que capturarlo! …estoy esperando la orden del juez para para iniciar una redada casa por casa en la colonia Manchú…—Scott, se levantó de un salto del sofá en donde se dormía de aburrimiento al escuchar que la cafetera sonaba indicando que el café estaba para servirse; mostrando sus habilidades aristocráticas, en unos segundos, sirvió la merienda para su jefe y para él.

La oficina alumbrada por una bombilla amarillenta se sumió en el aroma excitante de la cafeína, pero ambos sintieron momentos después que las galletas de soda estaban duras.
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“... estoy aquí en Kings Land cerca de Stoke Newintong esperando un tiempo más… vivo perseguido por una familia simpatizante de los Tai-Ping, los que se rebelaron con nosotros, contra el imperio conservador de los manchúes, allá en mi país…muchos huimos de esa guerra perdida… Los manchúes y británicos destruyeron todo lo nuestro: familias, propiedades, dinero…nos vejaron, y más aún, nos quitaron nuestros campos de adormidera… ¡nuestro opio!... mi familia huyó de China al Reino Unido hace décadas pero el gobierno inglés sólo nos trajo para arrumarnos en los barrios pobres de Londres…Desde que estamos aquí los del Flee hemos declarado la guerra secreta a los ingleses, a los manchúes de Stoke Newintong y sus aliados… ¡los traidores deben morir! Ninguno que favorezca a los usurpadores quedará vivo…Los Hoang Yi haremos que la secta de los Tai-Ping gobierne pronto en China…lo del Dr. Bronte, es cosa del pasado, el buscó su muerte, no debió ayudar a la familia Yi Do, hermanos de los manchú…lo maté porque así ellos lo hicieron con nosotros… ¡la venganza es más dulce que la miel y más placentero que un orgasmo!... aquí esperaré otros cinco meses hasta que la policía deje de buscarme para huir a otro país, probablemente Perú.▪

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