Este relato muestra la perversión mental como una sumatoria infame de cacosmia, onanismo y otros padecimientos.
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| "Onán Sanjinés", se escribió para la revista Caretas, de Lima, Perú, en octubre de 2016. |
MENTES ENREDADAS
ONÁN SANJINÉS
Residir por años en el tiradero
municipal, un cochambroso paisaje de olores intensos que le ennegrecieron los
pulmones, no lo amilanó a él, más bien ¡lo deleitó! Ver a ´las aves negras´
danzar con sus cestas harapientas alrededor suyo quitándole el rancio alimento que
desecharon las personas de la ciudad ¡le agradaba!; admiraba que fueran ´más finas´
que él mismo en cuanto al comer y beber.
Sólo recordaba que lo llamaban
Sanjinés –el apelativo de ´Onán´ se lo estampó un Testigo de Jehová que lo
visitaba con su biblia en la mano-, pero no pudo discernir si fue su nombre
real, o la calle donde vivió de niño, o una idea fija extraída de las viejas revistas
que incineró, o fue un israelita extravaginal. Pero la aberración que realizaba
cada vez que la test osterona circulaba
más de la cuenta por su sangre era irse a los baños públicos de Lima, una
ciudad al norte de Lurín que lleva décadas extramurada de rellenos sanitarios.
La brisa maloliente del Tiradero Municipal que cada día recibe cientos de
toneladas de inmundicia es semejante a un pútrido ´mar humeante´ con ciclones de mosquerío que
forman extrañas siluetas encima de las dunas de plásticos quemados, papelería biliosa, pañales con cresas, ropa aun utilizable, comida
hedionda y basura electrónica (celulares,
monitores, teclados y circuitos inservibles). Allí, a toda hora, la cantidad de sabandijas de color
verdoso es incalculable y las jaurías nocturnas de las miles de ratas tras los picudos
gallinazos son harto celebradas por las sonrientes ´aves negras o recicladores´
en cuyas mitocondrias han quedado impresos los éteres nauseabundos de la basura.
En aquel ´tiradero´ se pueden apreciar ´ríos´ de lixiviados formados por
filtrados lluviosos que contienen el temible cadmio de las baterías inservibles
que no solo intoxican los suelos sino también las mentes de los cachineros que
aquí calman, cargando sus ´canastas de tesoros´, sus delirios de grandeza que
la gente de Lima detesta.
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Sanjinés ¡Era un ´sibarita
afrancesado´! Había coleccionado progresivamente reliquias en buen estado que
los ricos tiraron al olvido y que refaccionó para adornar su angosto chamizo. En los 4.75 m2 de su barraca existía un refinamiento
ectópico dentro de ese útero basuralizante en donde moraba, ¡todo ello
recolectado de las dos mil toneladas diarias que surten al ´mar negro´! Había candelabros
de bronce sin velas, relojes de pared perezosos, esculturas cachacientas marmoleadas,
rosetones de Mafalda en el techo, estanterías color champan para libros y
discos; una cama oropelada de media
plaza para soñar con Manuela y un banco de junco con capitoné. Para las siestas
vespertinas utilizaba un tatami japonés cubierto de paja situado a 45
centímetros del piso. Un sillón Bergeré
y un sofá estilo Chester eran divanes
para solazar su locura; la mesa de centro de vidrio -que anidaba un tocadiscos Philips-, y patas cabriolé de roble, permitía apreciar una
alfombra granate de The Rug Company
¡Su casucha demostraba que era posible montar todos los ambientes de una casa en
4.75 m2! La pieza clave fue un mueble multifuncional que servía de sofá de dos
cuerpos, cabecera de cama y barra de bar. Para ahorrar espacio utilizaba
butacas Smiling Chair de odre que se
abrían cuando las utilizaba y cerraba para dejar espacio libre y su cocinilla
de ron estaba bien dispuesta para dar continuidad visual con el resto del hogar
de Sanjinés Pero realmente no había nada de todo ello allí. ¡Ese era su
delirio! ¡Todo lo que él “veía” en su choza solo existía en su mente deslumbrada
por los montes de basura contiguos que él olía, exquisitos!
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Los retretes improvisados por
los recicladores de basura que circundaban la choza de Sanjinés atestaban sutilmente su mente de olores
fecales tal que le producían activaciones libidinales enardecidas. Una noche recostado
en su tatami y oliendo esas emanaciones empezó a autosatisfacerse sexualmente y
tal gusto encontró en ello que lo implantó como practica diaria. Cuando las
autoridades ediles de Lurín destruyeron los silos improvisados en los rellenos
sanitarios por insalubres, Sanjinés se quedó sin el ´objeto de amor oloroso´ y
se fue a Lima para reencontrase con él, y lo mejor que halló para su onanismo fueron
los baños públicos de los centros comerciales que eran más limpios que los de
los cines, discotecas o cantinas. Lo peculiar de su mal era que percibía un olor
a caca únicamente por la fosa nasal izquierda cuando olía comida fermentada,
humos de basura quemada o a veces sin estímulo odorífero, pero siempre con
intensas ganas de masturbase, según se lo confesó Sanjinés al Testigo de Jehová
que lo visitaba. Este religioso, psicólogo de profesión, pensando en las
confesiones de Sanjinés, se acordó del historiador Jules Michelet quien se
extasiaba oliendo heces y de aquella Francia del siglo XIX cuando los médicos determinaron
que el abuso de perfumes, además de histeria, hipocondría y melancolía,
ocasionaba parosmia o alucinación olfatoria, además de cacosmia, por cuya causa
los enfermos percibían como buenos los malos olores y los siquiatras franceses
calificaron estas patologías como casos de ´chezolagnia´ o filia a excretas, ´ozolagnia´,
placer por olores fuertes y ´blumpy´, felación mientras defecan.
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Onán Sanjinés fue uno de esos tipos que se excitaban sexualmente
oliendo los vahos expelidos por las flatulencias durante actos de defecación. Por
varios años realizó la masturbación en los baños públicos del centro limeño
mientras simulaba defecar en un wáter aledaño -separado solamente por un
tabique metálico de quien paralelamente defecaba y expelía pedos-, jadeando de
placer en voz alta para que la víctima lo escuche tratando así de insinuársele o
intentar seducirlo.
Una noche de invierno Sanjinés murió de
taquicardia paroxística en su sillón
Bergeré por causa de su ´extremado delirio onánico
defecatorio´, un placer mental generado por gases intestinales, metanos y otras
moléculas tóxicas aspiradas durante el delirante frotado fálico. Su cadáver fue
descubierto en su choza días después por los recicladores habituales.
Aquel olor nauseabundo del descomunal relleno
sanitario de Lurín sahumó los restos de un Sanjinés sin edad, sin fortuna, sin aspavientos
y alienado. Por unos días sus últimos vapores corporales putrefactos matizaron el
infecto vertedero municipal.

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