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Matilde Alsina pretendió vanamente modificar la orientación sexual de su hijo con todo su arsenal de técnicas psicoanalíticas.

"Mamá Matilde", fue escrito para Copé de Petróleos del Perú, Lima,
en agosto de 2018. 

CUENTO IMPÚDICO
MAMÁ MATILDE
Buenos Aires, Argentina, 2018.

— ¡El país está convulsionado!... ¿Eh, pepe? A la selección de Lio no le alcanzó para más en  Rusia…Aquí en el microcentro hay muchas caras tristes…
— No me chamuyés más del ocaso, pocho ¡Calláte la boca!...

Cuando la psiquiatra Matilde Alsina descubrió la homosexualidad de su hijo estuvo sujeta a dos parámetros que conflictuaban su mente: quería tratar con sujeción a su criatura para ahombrarlo pero se lo impedían los viejos preceptos académicos de la Psicología Conductual… ¿Qué hacer, entonces? ¿Acaso tratándolo con palabras soeces, obligándole a sobre esfuerzos físicos, erotizándolo, etc. se volvería hombre?  Aquellos días fueron duros para ella, muy tristes y difíciles, incluso intentó llevárselo a trabajar en las vacaciones escolares a la campiña Salteña pero no podía revelar la verdad de su hijo a sus padres ya ancianos que radicaban allí, (“esos días fueron los más agrios que pasé en mi vida”), meditaba serenamente ahora.
Mirando en Matilde retrospectiva reconoció como un grave error táctico del pasado su proceder médico al creer que mostrándole disimuladamente partes de su propia anatomía íntima ´curaría´ el homosexualismo de su retoño Narciso. Desde la infancia en que ella notó su amaneramiento, el pequeñín, sea en su cunita, en su andador de Mickey, comiendo su mamila en la cocina veía como su madre, sin cubrirse, se desnudaba para mudarse de ropa, o cuando siendo ya niño, al llegar por las noches con el Toyota a su casa de la calle Suipacha, después de laborar en el Hospital Borda, se inclinaba demasiado hacia el asiento del copiloto pretextando buscar documentos en las cajuelas con la intención de mostrarle la trusa que llevaba puesta. Recordó también las tardes soleadas dominicales en el Parque Japonés de Buenos Aires a donde acudía con Narciso para que retoce y en donde hincada en la hierba al enseñarle jugar fútbol, aprovechaba para exponerle sutilmente sus tersas entrepiernas…
Matilde rememoró también una idea freudiana que era recurrente en ella que le hizo creer que todo esfuerzo era vano: (“Un probable diagnóstico se refiere al síndrome del eunuco fértil, un trastorno hormonal gonadotrópico sólo en varones en que las cantidades de testosterona y luteinizante son insuficientes para inducir la espermatogénesis y el desarrollo de los caracteres sexuales masculinos: voz, bellos, barba, fortaleza y agresividad... el primer signo comprobable de homosexualidad en mi hijito fue la bajísima concentración de testosterona libre en su sangre cuando tenía 5 años…este bajo nivel de testosterona libre también fue un factor que no favoreció la formación de la identidad y carácter varonil, ni ejerció el poder en la manifestación de la actitud masculina ante la vida”)….   
Sin embargo, le tuvo fe ciega a sus terapias clínicas con sesudos ajustes que aplicó a su nene… ¡pero no funcionaron!
— Che, pepe, su lucha de casi 8 años fue la de una madre exasperada por quitar a su hijo de las zarpas genéticas del homosexualismo…Narciso siendo un adolescente le mintió una y otra vez haciéndole creer que era hombrecito, pero ella lo notaba rígido, receloso en su hogar, evitaba mirarle a los ojos durante sus últimas sicoterapias en el consultorio de Matilde y su sonrisa para ella siempre fue grandemente hipócrita… ¡pobre, doctora!

 Además, Matilde recordó también que una noche de abril, al final del verano del 1999, después de atender a sus pacientes en su Estudio, decretó decididamente el final de tanto fracaso, desistió utilizar las sicoterapias anti homosexuales y muy apesadumbrada resolvió hablar con Franz, el padre del niño para que se lo lleve al extranjero, reconoció que ya no podía tratarlo, que la psiquiatría y las psicología no pudieron con el gen homofílico insertado en el ADN de su hijo. Reflexionó además sobre la extensa depresión que le sobrevino y que después de despedir a la nana Lucivana se abandonó a su suerte por un tiempo. En esos difíciles meses su ansiedad por alcanzar el equilibrio emocional la hizo subir siete kilos por comer de sobre manera pizzas en La Romana el local que está allí mismo, en la calle Suipacha en donde reside aún hoy.
¡Las mejores pizzas de Buenos Aires! Che, Bosco, ¿sabés?

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La antigua calle Suipacha jamás se abandonó al grato sosiego. Convertida ahora en vía turística peatonal ha ampliado acentuadamente su laboriosidad, colorido y tradición porteña de antaño en la que prosperaron mercaderes judíos, españoles e italianos. Ellos a lomos de bestias trasladaban sus mercancías traídas de ultramar desde los muelles de la avenida del Libertador hasta sus almacenes ubicados en esta calle o las aledañas Juncal, Maipú o Florida. Libre del tóxico tráfico automotriz del centro bonaerense, Suipacha alardea de gran actividad día y noche pues una ristra de garufas aparecen a diario por sus pétreas veredas, así, asoman caseritos como el gordo Frank ofreciendo su fórmula de minoxidil para curar la alopecia areata; Bartolo el enano pianista, quien por unos pesos interpreta en la puerta de su hogar, en el n° 322, las piezas de Igor Stravinski, Bach y de Eduardo Arolas; o Don Román, el octogenario políglota canillita, que aún vende los diarios impresos El País, Le Monde, The Mirror y The new York Times y exclusivamente El Clarín; o el rollizo che Tano entrenador del Huracán comprando en alguna tienda sport las camisetas que donará ¡cuándo no! a algunos chiruzos indigentes de las periféricas barriadas y en fin, gentes de todos los barrios que vienen por aquí a curiosear y ver caminar a las lindas celestes chiquilinas; y ni qué decir de los negocios instalados aquí que son increíblemente idealistas, raros y que nunca habrá en ninguna parte del planeta: allí está la florería de rosas negras El Pantano, o la tienda de Peter Casanova, Antigüedades, propiedad de un gigoló setentón, con su sección de “invendibles” en donde exhibe las trusas sin lavar autografiadas de las desnudistas Alejandra Padrón, Noria Casán, Sandra Villarroel y Susana Jiménez; y las servilletas, sábanas y almohadas de The Beatles o Elvis que usaron en los hoteles en sus giras por EEUU; o los chimpunes plomizos tallas 42 Adidas del Diego y de Alfredo Di Stefano, (ambos coincidentemente tienen la misma talla); o también los lienzos inubicables de Graciano Mendilaharzu o Martín Malharro y los primeros números de las historietas de Hugo Prat y Mafalda de Quino. También anidan en Suipacha, la discoteca sesentera Venus que oferta la discografía completa de Spinetta, Fabio, Páez, Donald, García, Cafaro, Ortega, Leopoldo Dante, Los Gatos, Pintura Fresca y los demás grupos de la nueva ola argentina; la ostentosa librería El Latino que vende obras narradas por Borges, Ameghino, Cortázar, Cabral y otros autores. Aquí bullen de gente al mediodía La Taberna de Moisés atestada de comensales por su especialidad de gorrino israelí; el Roger y sus menús de insectos selváticos de Perú, El Curro Guardiola bar de suculentas paellas barcelonesas y La Querencia de Lita, de Salta -una provincia del noreste argentino-, con sus bifes de 500 gramos (”Plato principal + bebida + postre: 235 pesos, pregona un pizarrín puesto en su puerta”)…
— ¡Todo es espectacular aquí! ¿Eh, pocho?

Los 25 de mayo de cada año, día patrio argentino, se cierra la calle Suipacha al paso peatonal y se escenifica con caballerizas y arcabuces la victoria de los patriotas en la batalla de Suipacha -un rincón boliviano- en 1810 contra el usurpador español afincado en estas tierras. Ese día desde la mañana hasta entrada la noche se cocina y sirve ñoquis, milangas con puré, ravioles, tamales, humitas, lechón, quesillos y huaschalocro a todos los asistentes y viandantes, es decir: guitarras, cantos, viandas, bandoneones, baile y jolgorio concurren ese día, en esta linda calle…
— ¡Macanudo, pepe! Aunque a veces se arman quilombos fenomenales allí.

Entre los vecinos de Suipacha está Don “pocho” Bosco la enciclopedia viva del tango, un porteño ilustrado que caló aquí después de haber vivido desde joven en las calles Corrientes, Esmeralda y Diagonal a las que nombra Carlos Gardel en Anclao en París
— ¡Soy hincha de Carlitos desde que estaba en el vientre de mi mama! ¿Viste?…

Y don “pepe” Napoleón, un jubilado de las ferrovías cordobesas, vive en el edificio de la esquina de Suipacha con Santa Fe quien desde su tercer piso, a través de la ventana, gusta ver al atardecer el movimiento del gentío que observa las vidrieras de los almacenes Vorquez, Saga y Tiendas Argentinas
— Qué hermosas pibas pasan por aquí, siempre fueron bellas las pebetas… ¡divina calle, che—y suspira hondamente con su humeante café recolado entre sus manos.

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Matilde Alsina Ragone, nació en Salta en el verano de 1959 y llegó a la Capital cuando tenía 17 años trasladándose desde esa provincia del noreste argentino de montes verdosos y peñascos rojos a estudiar psiquiatría en la Universidad de Buenos Aires (UBA), ingresó en 1978 cuando el rector era el Dr. Lucas Lennon y se graduó con promedio ponderado de 17.50 a los 24 años. Se las arregló sagazmente para aprobar las asignaturas dificilísimas en la facultad sin tener que entregar su virginidad a los catedráticos como sí lo hicieron sus amigas Rosita, Malena y Sofía; mientras estudió recibía una cantidad importante de pesos enviado por su padre desde Salta a quién chantajeaba con denunciarlo judicialmente por maltrato pertinaz a su madre sino le proveía dinero para vivir a gusto en la calle Suipacha, buen peculio que la solventó hasta graduarse. En esos años, cuando Matilde cursó su carrera universitaria, gobernó la Junta Militar presidida sucesivamente por los generales Videla, Viola y Galtieri (1976-1982) reprensores de la Izquierda política y de los movimientos populares en toda la república -entre ellos El Partido Justicialista que lideraba su tío Miguel Ragone desaparecido por el ejército en los años 1970-, a los que ella se unió fervientemente mientras estudiaba medicina.
Matilde adquirió un departamento en el n° 220 de Suipacha después de algunos meses de graduarse de psiquiatra, le gustó el barrio por ser imponente como ella, porque la transita toda clase de gentío que le da un ángel de vía cosmopolita y, porque está cerca del bar La Querencia de Lita; radicaba a un paso de todas esas salsillas y exquisiteces que le recordaban su revolucionaria región salteña.
Habitualmente escucha en su hogar música popular emitida por los 87.9 kilociclos de Radio Pública Suipacha “Con vos en todas partes”...la que a través de los años le ha informado detalles de la guerra por las Islas Malvinas entre ingleses y argentinos, la copa mundial lograda por Maradona con la selección de fútbol, el accionar de la delincuencia cotidiana, los dolos políticos de los Kirchner, entre otros muchos acontecimientos.
A ella le nace dar monedas a los mendigos cuando pasea feliz por el microcentro de Buenos Aires, imagina fácilmente soluciones para resolver a su manera las dificultades que le opone la vida; su tono de voz concluyente, sus rasgos y modales finos son suficientes para ser arrogante como lo es, pero fue más altiva con los acomodados universitarios capitalinos a quienes les zurró su origen de familia de poder provinciano. De carácter dominante, informalísima en el vestir, es sutilmente magra, de ojos amarronados y piel de azucenas; es esbelta y de caminar decidido a mentón empinado. En su natal Salta, de niña escolar, hizo frente a sus compañeros varones compitiendo con ellos en las maratones del Cerro San Bernardo en los concursos de matemáticas en la Escuela 4563, incluso defendió a su madre enfrentando frecuentemente a su violento padre, un hacendado alcohólico negociante de soya. Desde estudiante universitaria usaba un Toyota de capot rojo que curiosamente atraía a los pajarillos de los parques de la facultad a que defequen caprichosamente sobre él y no tanto en el Ford 1967 verde de su loca amiga Rosita Iturbe. Realizó su residentado médico en el hospital Interdisciplinario Psicoasistencial José Tiburcio Borda (quien fue catedrático de la UBA), el cual desde 1967 se llama Hospital Borda.
Y Matilde tiene a Narciso Mitre su único hijo, el nene que prácticamente nació en la calle Suipacha, en donde sus lloros de cuna fueron acallados por la música de los altoparlantes callejeros y las voces de la muchedumbre que menudea allí.
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Cuando el rubio Franz Mitre vio por primera vez -en los Juegos Florales de la UBA en el invierno de 1980-, a una alumna de movimientos vivaces y conducta altanera nunca creyó que tendría un hijo con ella. En la facultad de medicina se las arreglaba para gambetear su velada fama de bisexual que a veces le traía problemas no solo con el rector Lennon sino con un alumnado que se escandalizaba al descubrirle amoríos secretos con los estudiantes. De a pocos esa alumna que resultó ser la provincianita Matilde Alsina se las arregló para convertirse en la inseparable compañera de él en los últimos tres años de su carrera médica, pues compartían ideales izquierdistas y además le pareció un tipazo erudito en su cátedra de Antropología Médica importándole poco su mal prestigio. Realmente a Matilde no le interesó tanto la pinta del rubio sino el mejorar su posición social y económica aunque el marxismo del que se ufanaba saber Franz alimentaba más su rencor por el gobierno militar de facto.  
— Un intelectual graduado en el extranjero y de familia con dinero es ese Franz, ¿Eh,   pepe?
— Así es, pocho, aún me parece que el destino le hizo una mala jugada a la jovencita Matilde…quiso aprovecharse del Franz pero ya viste en que horno fue a dar.

El noviazgo con el padre de su hijo fue breve, ella notó a un Mitre desde que dictaba clases en la UBA cuando lo vio por primera vez, pero su facha afrancesada y siempre prolijo en el vestir y decir hizo que se enamorara a medias de él omitiendo adrede sus suaves modales y su discursear bisexual. La gran sorpresa para Matilde fue cuando un sábado de gloria el locuaz Mitre aun pretendiéndola la invitó a la Querencia de Lita, en la calle Suipacha, se fueron a almorzar y allí la joven estudiante le dio el “sí, acepto” al culto profesor de pinta acentuadamente gala. Ella sí se enamoró del restaurante de Lita que ofrecía toda la culinaria de su lugar de origen, Salta, como la olorosa y potente Guatía, el pálido maíz frangollo del locro, la polenta acanelada anchi, los refrescantes chupis o helados de cocoa, la torta de algarroba patay, la petulante miel rosquetes, el dulce arrope almíbar de los dioses y la fresca añapa de algarroba, entre otros platillos. Y nunca faltó la cantata y la macacha de Quillahuasi, la cerveza salteña, ni el añejo vino Torrontés de Cafayate para brindar por el amor. El restaurante fue lugar habitual de desayunos, almuerzos, cenas, charlas extensas, risas, arrumacos y besos del breve idilio.
El amor creció entre ellos a tal velocidad que en abril de 1985 se casaron en privado –y embarazada ella-, contraviniendo él a todos sus familiares en la Basílica de Nuestra Señora del Socorro en la avenida Juncal cercana a la calle Suipacha.
— ¿Y con qué vestido se casó Matilde con Franz?
— ¡Che, Pocho! se compró un vestidón de novia confeccionado por Laurencio Adot, muy satinado, con encaje francés y era una reminiscencia de los 1920.

Al tercer año el matrimonio colmado de altibajos se desmoronó al descubrirse la infidelidad denigrante de Mitre con un amigo común. Ese día discutieron acremente ante los agentes de la 19ava comisaría bonaerense, ella le reprochó fingidamente el no haberle anticipado su opción sexual desviada. Posteriormente Franz quiso conseguir un divorcio amistoso pensando en la manutención y salud mental del nene de ambos pero Matilde no aceptó el trato amistoso por su soberbia, su dolor, y porque le contó a Narciso que su padre “era lo peor que le había sucedido en su vida”. A Mitre no le quedó más que alejarse de Matilde y de su pequeño hijo, ella descaradamente enrostró a él su homosexualismo como una amenaza psicológica para el bebé.
Franz a unos meses del divorcio dejó decepcionado la UBA y se fue a radicar a París. Pasaron siete años hasta cuando Mitre recibió a Narciso en su casa en Monte Martre y lo animó a seguir una especialidad de ciencias naturales en La Sorbona.
— ¡Qué boludez! El padre se fue a vivir a Francia dicen que con un alumno de él…qué asquerosidad ¡che!

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Matilde notó que su hijito desde el kínder manifestaba los primeros signos de su homosexualidad al preferir jugar vóley con las niñas, querer afeitarse las piernas y axilas, afición marcada por la ropa femenina y tener más amiguitas que amiguitos. Sus dudas acerca de la masculinidad del niño la obligaron a realizarle constantes pruebas sanguíneas para determinar las cantidades de testosterona según iba creciendo y aplicarle numerosos test psicológicos para definir el perfil de su personalidad. Lamentablemente para ella y según su diagnóstico los resultados de esos exámenes le indicaban una proclividad homosexual naciente. Sin perder tiempo decidió activar un plan de psicoterapias convencionales pero antes del plan y fiel a su estilo, incitó a su hijo a que desde ya le gustasen las mujeres. Empezó con gran temor a provocarlo, insinuándose ella misma tenuemente para que el niño cambie de gusto por el recio futbol del Boca Juniors en vez jugar con las muñecas de Valeria Masa. De a pocos fue provocativamente audaz mediante el juego de levanta faldas en la sala del hogar, vestir escotería exagerada en senos y espalda durante las cenas, acariciar disimuladamente las partes íntimas del niño algunas noches cuando dormía con él o descubrir sus flácidas nalgas en las siestas en el diván psiquiátrico para que el pibe las observe… ¡pero todo ello no surtió el efecto esperado! el riesgo de incesto era inminente en esos lances según sus cálculos pero no fue así, el niño se mostró muy equilibrado con ella. Matilde no se dio por vencida y pensó en los próximos días y meses aplicarle un tipo de psicoterapia más severa e intensiva al niño.
— ¿Vos sabés que Matilde tenía tres años ejerciendo el psicoanálisis en el Hospital Borda cuando se dio cuenta de la falla sexual de su hijo Narciso?
—Sí me enteré, pepe. Tenía 31 años de edad y el niño cinco años…las chismosas de por aquí dicen que su caracter se hizo re-agreta, más controladora y excesivamente suspicaz desde ese tiempo para tratar de curar a su bebé.

La madre, en su afán de sobre exponer a Narciso al semi desnudismo femenino ajeno se atrevió a llevarlo en cuanto podía a las pasarelas de Buenos Aires a ver el paso de modelos descocadas en bikini que traslucían todo, a la par y frecuentemente, asistía con él a los festivales en los Bosques de Palermo a ver desfiles de jóvenes mujeres que mostraban generosamente sus atributos carnales y partes íntimas -cubiertas por sus trusas-, al saltar, levantar las piernas o flexionar las caderas.
— Así es, pocho, de hecho faltó una figura paterna para ayudarlo a portarse como todo un hombrecito…
— ¡pero tené en cuenta querido Bosco que ella no aceptó ayuda masculina porque creía que lo violarían!

De adolescente Narciso fue presentado a un sinnúmero de chicas, hijas, sobrinas o parientes jovencitas de las amigas de su madre, con la intención de auspiciar algún romance entre él y ellas, “¡Oh qué lindo sería si son dos o más nenas las que estén de novia con mi junior!”, decía, ilusionada ella, pero más bien –para él-, los consejos, ideas, costumbres, frases, indumentaria, perfumes y cosméticos femeninos se quedaron para siempre presentes en la vida y mente de Narciso. (“Llevalo a la más alta cima del Cerro Tres Picos para que grite desaforadamente y enronquezca, has que compita esquí en Bariloche, llevalo a participar en campeonatos de judo y boxeo amateur bonaerense, que no falte al XXL fitness club…” le insistía su pensamiento una y otra vez a la ya desesperada Matilde…
—Pepe, la gente cuenta que Narciso jamás salió en cita amorosa con Marianita la nena vecina que lo llamaba por teléfono todos los días y que el pibe no le contestaba… “¡está rebuena! Le decía su madre, vení hijo abrazá a tu madre, por favor”, pero él ¡nada!
—Imaginá, Bosco, lo que también le decía ella al niño: “…cuando vos seas grande, todo un jovencito apuesto, te lloverán las pibas y les demostrarás lo varonil que sos…  te espera toda una vida de conquistador por lo guapito que sos… ¡Barbilindo mío, ponete contento porque las pibas más bonitas de Buenos Aires serán tuyas!”

Ella exponencialmente preocupada por el desarrollo sexual anormal de su nene pre adolescente, aun sabiendo que los padres no debían obligar a sus hijos el iniciar la vida sexual ya que es de propia voluntad -incluso se podrían resistir-, elucubró más ideas para resolver de plano el problema, así, pensó hablar con un pretendiente marino para ingresarlo a la Armada Argentina pero recapacitó al pensar que era una medida contraproducente para un joven afeminado; quiso enviarlo donde las putas del Cocodrilo Night Club pero era arriesgado por el SIDA y la delincuencia asociados a este negocio; ella creyó que seguir mostrándose ante él provocativamente o enseñarle más trucos para enamorar a las chiquilinas era mejor, pero su desesperación no la dejaba pensar claro, sí preveía que si no actuaba rápido para ayudar a Narciso su destino de convertirse en gay era definitivo. Incluso, se contactó con Sofía Ramírez para que la apoyara y le iniciara a Narciso las mañas del Kama Sutra, era su antigua amiga de correrías de la UBA. Y así fue, la madura sexóloga en el sofá de la casa familiar se mostró incitante y lasciva ante él pero tristemente desistió de su arte erótico al ver que el adolescente se aburrió en las dos primeras sesiones que tuvieron.
La psiquiatra Alsina en simultáneo intentó, al borde del colapso por el correr del tiempo inútilmente, la ayuda farmacéutica suministrando a su hijo por varios meses la esotérica receta del fisiólogo Dr. Orbeli que incluía 60 % de testosterona, 30 % de extracto de gónadas de bovinos y 10% de mezclas excipientes que administrada a 30 mililitros diarios, pócima que tampoco trabajó excepto la prematura aparición de barba que avergonzaba al niño de diez años…y más aún al observar la ineficacia de fórmula Orbeli le aplicó por más tiempo y sin mediar consentimiento del púber inyecciones de testosterona pura, hormona que estimula el desarrollo de caracteres sexuales masculinos en casos de deficiencia como la de su hijo, que finalmente resultaron en un rotundo fiasco.
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La doctora Alsina se dio cuenta que su temple dominante influían en el padecimiento homosexual de su hijo y que el carácter blando, afable del niño era mal influenciado por su personalidad imponente que imprimía su femineidad al infante…Stekel, Jung, Pichot creador de Homosexualismo y Zoofilia, Sluchevski, Baelz autor de Misoginia ardiente, los psiquiatras Tsushida-Kumarawa estudiosos del síndrome Poseso del zorro y el psicologista creador del término psicosis, Feuchtersleben, fueron los autores recurrentes que la inspiraban y de los que literalmente tomó sus técnicas psicoanalíticas para aplicarlas a Narciso creyendo que así disminuiría su temprano amaneramiento. Las terapias convencionales que elaboró erradicar la homosexualidad de su hijo partían adicionalmente de dos premisas: “La masculinización se refiere al desarrollo natural o inducido de características del sexo masculino; El diagnóstico de homosexualidad es absoluto después de los 25 años, antes de esta edad pueden ocurrir conductas homosexuales pero no son definitivas o son actos del proceso de afirmación de la sexualidad” – premisas en boga extraídas de sus ex aulas universitarias. Sus terapias protocolares fueron ajustadas a la edad del pre adolescente ya que todas ellas las aplicaba en su consultorio psiquiátrico del Hospital Borda a homosexuales conflictivos.
Su mix plan se puso en marcha sin dilación. Las consabidas recetas referidas a la Aversión Conductista, la controvertida Terapia Génica, la Conversión sexual reparativa o de deshomosexualización y el psicoanálisis freudiano fueron reforzados por la oración en grupos del Padre Borobio y el Consejo Religioso Metodista, sin embargo, pasaron varios meses de sesiones psicológicas funestas hasta que Matilde al ver que su hijo sufría repetidas migrañas rebeldes optó por suspenderlas, a los pocos días al evaluar resultados optó por desecharlas por su ineficacia mental. En seguidilla se le ocurrió operarlo, en hacer cirugía del nervio pudendo del niño o someterlo a terapia electroconvulsiva, aún peor fue pensar en exponerlo a la pornografía homosexual de manera que asociara el sexo con algo doloroso. Se animó a viajar a Rusia porque se enteró que en Moscú existía un psicoterapeuta llamado Yan Goland  quien era uno de los pioneros en el "tratamiento" contra la homosexualidad pues aseguraba haber curado a 78 homosexuales y 8 transexuales en 8 y 18 meses respectivamente, idea que no prosperó en Matilde porque Goland utilizaba hipnoterapia agotadora de remoto éxito en mentes púberes.
Desengañada después de todos estos autores por el supremo academicismo machista que mostraban fue hilvanando paulatinamente su propia terapia acorde con el temperamento de mujer de “armas tomar”, desesperada además por no ver a su hijito único, en el futuro, como un gay promiscuo.
Incluso quiso suicidarse un mediodía de esos tristes meses de 1995, tirarse al mar porteño o ahorcarse en el piso 17 de la UBA, sin embargo, no se dio por vencida y pensó en involucrar a una meretriz paciente suya que sufría de ablufobia –horror a bañarse-,  para que desflore a Narciso aunque pensó en el temible SIDA otra vez; estaba obsesionada con la cura de su hijo, a pesar que ella misma a muchos de sus pacientes mentales les aseguró “que la homosexualidad no tenía cura y que era irreversible”. Precisamente esta idea fijada en su mente que hería su orgullo profesional resultó del leer las investigaciones publicadas en la Revista Science en las que los doctores LeVay –Hamer, afirman el descubrimiento de genes asociados a la homosexualidad que están ausentes en el ADN de los heterosexuales, es decir, que hay un componente genético íntimamente relacionado con la homosexualidad masculina; incluso, aparecen en el artículo de la revista autopsias de homosexuales que muestran la existencia de una zona denominada INAH-3 en el hipotálamo cerebral que son semejantes a las de las hembras heterosexuales normales lo que sugiere que el ¡legado gay proviene más de la madre que del padre!
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La psiquiatra Alsina al ver que no le servían las terapias formales para modificar la inclinación sexual de su hijo a punto ya de ser un adolescente, decidió tomar nuevamente al toro por las astas.
— ¡Che Pepe! ¿Y cómo hizo ella para consolidar su carrera profesional y tratar de curar a Narciso a la vez?...creo que fue con la ayuda de la liviana garota Lucivana.
—Sí, Pocho, no le quedó otra cosa que montar su juego: “las nenas al natural”-.

Lucivana Soarez, es aún atractivísima para todos los que la observan caminar voluptuosamente con sus altos tacones por las calles que desembocan al Obelisco de Buenos Aires. Unas mañanas luce ultras minifaldas, en las tardes viste cortitos shorts o infartantes le jeans negros y en las noches deslumbra con escotadísimas blusas o sweaters de color claro que dejan ver las tiras rojas de su brassiere y los halos de sus negros pezones, detalles estos que enloquecen a cualquier hombre que se le cruza por las bermas del microcentro argentino; algunos la siguen por largos ratos para ver de cerca sus excitantes anchas caderas y piernas finamente robustas y los enamoradizos quedan hechizados por sus pupilas pardas encuadradas en la piel nevada de su rostro endiosado por una sonrisa casquivana nunca ausente…
— ¿A qué garotiña escultural no le gusta que le digan palabras bonitas en las calles?”… ¿Eh, Bosco?...y si son de argentinos súper cancheros, mejor ¿eh?

Lucivana fue en apariencia la mujer perfecta que buscaba Matilde para interpretar a la nana erótica en su última e inédita sicoterapia que pensaba dar a su hijo. La conoció en el consultorio de psicología clínica del Borda y al poco tiempo la convirtió en nana de Narciso. Favelera de origen, diez años más joven que mamá Matilde, era alegrona por donde se la mirara, de estatura mayor al promedio de los argentinos -1.74 m-, algo recia, usaba como fetiche, pelo corto teñido de rojo. Eso sí, al caminar en micro falda, de su vasto trasero asomaba la trusa usualmente de color negro. No engordaba, según le dijo un médico pendenciero, por su alto metabolismo: ¡era calurosa! Desde adolescente cuando unas amigas le dijeron “que debía que ser generosa con los hombres para ser envidiada por las mujeres”, exhibía sus piernas con desenvoltura por ser vigorosas y gráciles a la vez y entonces decidió usar faldas cortitas así fuese invierno. Candorosa, ostentaba unos pies y muslos “que tentaban besarlos” según opinión general de los muchachos de los bares Uptown, La Birrería, Asia de Cuba y 878, quienes afirmaban tenía “pubis naturalmente lampiño y hacía favores sin condiciones”. Era de aquellas que pasaba la mayor parte del día frente al espejo decidiendo qué ropa usar. Lucivana apareció en la cuidad bonaerense a los 25 años y vino desde Río Do Sul a buscar suerte, huyendo del consumo de heroína, LSD y alcohol en la que la metió un ex novio.
— Pocho, la tipa le contó a la doctora que se enamoró en la escuela nocturna de su profesor de Historia de América y del Mundo Iberoamericano pero su marinovio era drogadicto y no pudo dejarlo por las buenas…La doctorcita le hizo terapia puramente con Valium 50 mg para que encuentre paz en su vida.
— Sí, pepe. Grande fue la sorpresa para Matilde el oír la historia de la brasileña que era muy similar a la suya, se dijo a sí misma: “¡Es mi propia historia, pues mi ex fue catedrático de la UBA quien después de rota nuestra unión conyugal se fue a Francia a estudiar un pos grado en La Sorbona!”…¡Qué atorrantón el Franz!
— Lástima por la doctora, che pocho, aquella tarde, al borde la enajenación, le dijo a la brasileña: “¡Tenés que ayudarme, Luci! … esta sicoterapia que pienso montar es la última carta que tengo para salvar a mi hijo,  no podés negarte, poné mucha atención porque es muy simple…”

La psiquiatra la convenció por unos pesos más en su salario y Luci aceptó por el bien del aún desconocido púber Narciso que estaba ya por iniciar sus estudios secundarios en La Escuela Nacional de Buenos Aires.
A los días, inquietamente Matilde Alsina empezó a explicarle el guión de las distintas escenas progresivamente eróticas en que Lucivana tendría que bien actuar en las próximas semanas y meses. En el lapso de una semana en que la doctora instruyó progresivamente su plan a la garota, su semblante fue asimismo crecientemente tenso y su carácter denotaba un persistente nerviosismo sináptico apenas controlado, en cambio Luci, a medida que aprendía los guiones y miraba las posturas patéticamente lúbricas de su patrona, no sabía si reírse o no creerle a una madre asaz desesperada. (“¿a qué loquillas se le ocurre hacer estas escenas?”, pensó)
Y según lo ensayado Lucivana realizó la sicoterapia compuesta por una serie de exposiciones picarescas a Narciso de lunes a viernes pero los fines de semana la ejecutaban las dos. Matilde y su joven ayudante, ambas en sostén y calzón hacían de cocineras eróticas en la amplia cocina de la casa de Suipacha. El color rojo de las prendas era el elegido conjuntamente con el color negro de los mini delantales que con las justas cubrían sus cuerpos para no aparecer lujuriosas ante los ojos de Narciso. Así, durante varios meses esa cocina se convirtió en un lugar en donde la sazón porteña y provinciana de Matilde se combinaba con los movimientos sensuales, lozanía y la escultural carne de la algo zafada Lucivana. El verano las hacia transpirar ríos cuando cocinaban juntas y lo realizaban adoptando adrede posturas provocativas cuando Narciso ya de 13 años de edad se hallaba a la vista almorzando en el comedor o viendo televisión el hall de la sala. Pero para él no era provocación verlas semi desnudas porque a su madre la vio así desde niñito y conocía de más su piel y nalgas flácidas; ni aún Luci con sus muslos resplandecientes y sus tangas de hilo dental rojas lo excitaba. Todo lo contrario, les mostraba respeto diciéndoles que se cubrieran porque los vecinos del barrio ya se habían enterado del espectáculo y las espiaban. El resto de los días de semana Lucivana escenificaba lo instruido por su patrona mostrando audazmente su actuar lúbrico para el chico, así, mirando la TV realizaba constantes cruces de piernas que dejaban al descubierto los pantis y los calzones de turno; o al dormir las siestas lo hacía desnuda con la puerta abierta de su habitación; en la limpieza matinal de las escaleras que conducen al segundo piso de la casa vestía micro vestidos rojos alzados, hasta se atrevió a bailar tango con el púber varios días para tenerlo pegado a su esbelto cuerpo, etc.  A medida que pasaron los meses Matilde se dio cuenta que la garota no tenía el histrionismo adecuado y aparecieron constantes desavenencias entre ellas…
— Che, Bosco, ese tiempo fue la peor crisis de desesperación jamás sufrida por la doctora Alsina…ella le gritaba a la brasileña cada vez que fallaba en su guión: “¡Escuchá, sos una rotunda boluda! Supuestamente Narciso al verte el culo desnudo haría algo contigo, ¡carajo!… ¡Fenomenal sería que se tirara encima tuyo, ¿eh? así sabríamos si nuestros esfuerzos lo han curado… sos una bruta que no aprende!”-
— Esa chica, pepe, era media tonta…no le subía el agua al tanque.
La sicoterapia erotizante que ella ensambló fue ¡un fehaciente bolazo! ¡Todo para atrás! un desastre cósmico por el que decidió suspenderla por ser inconcusamente ineficaz pues Narciso no mostró mayor interés por las carnes blancas de la brasileña. Matilde notó que las escenas expuestas al niño aquellos meses no se dieron como una secuencia escénica simuladamente casual sino que rebeló el mal montaje actoral de Lucivana quien más bien parecía una niña tímida con movimientos y gestos avergonzados. La despedida de Gilda fue abrupta después de casi más de dos años de servicio y aunque Matilde le quedó debiendo algunos pesos por mal cálculo de sus derechos laborales, la garota optó por abandonar de prisa el hogar de Matilde convencida de que si seguía allí se volvería más loca que su dueña.
— Pocho, la gente dice que al pasar el tiempo se fugó al Brasil porque según cuentan la policía bonaerense la andaba buscando… ¡tráfico de tuci! la cocaína rosa que el gramo cuesta 2000 pesos y se expende en las discotecas del microcentro… ¿viste?
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Narciso frente al espejo de la habitación vio su rostro ojeroso, pálido, ¡imperfecto! En esos días de diciembre de 1999 se preguntaba una y otra vez por qué eligió a un marino para salir a sabiendas de su madre. ¡Fue el desmadre!, la señal póstuma que le hizo a las fallidas terapias de sobreexposición femenina para expulsar su homosexualidad. Tenía 14 años cuando se enfrentó a Matilde diciéndole que saldría con un hombre mayor. Su inseguridad emocional, lo aún infantil para valorar la vida, lo vanidoso heredado de su padre -aunque barbilindo y de tez menos clara-, y la soberbia sacada de la madre lo inclinó a vengarse de Matilde porque se percató que había maltratado su dignidad con sus locas técnicas psicoanalistas. Pensó hasta denunciarla ante la policía por agredirlo sicológicamente siendo menor de edad, sin embargo, ver a su madre desnuda desde que tuvo uso de razón fue para él algo hermoso y natural aunque se haya insinuado para excitarlo.
Su historia clínica y el plan terapéutico escritos por Matilde que descubrió en una gaveta del consultorio decía en resumen que “…si hasta los 14 años de edad no hubieran resultados positivos habrá que entregarlo a la custodia y tutoría de su padre… es altamente probable que haya heredado lo androfóbico de él, un temor patológico a lo masculino…”. A partir del descubrimiento del plan, Narciso mostró crisis depresivas, violencia en la casa, persistente melancolía, bajo rendimiento escolar, agresividad hacia los demás y se hizo crónica la ansiedad por la irreconciliable separación de sus padres.
El rencor a su madre se agudizó más aún cuando iniciando su niñez, vio a escondidas una noche de octubre a su madre abofetear a su padre vestido extrañamente de mujer, echándolo abruptamente del hogar. Narciso entendió finalmente por qué él era homosexual cuando una tarde regresando de la escuela primaria vio a un travesti recostado en el sofá de su casa: ¡era su padre!...A los pocos días Franz Mitre se despidió de él por su viaje a París.
Tuvo como confidente a Estela Cristina una jovencita cosmetóloga a quien confesó que sentía atracción por los chicos delgados y trigueños y que se esforzaba por no sentir vergüenza al compartir el baño, el vestuario o las duchas comunes de la escuela. Estela Cristina le dio consejos para vestirse y caminar como un caballerito, sentarse a la mesa, al entablar una conversación, etc. Pero no supo separarse de la imagen de su padre ausente, no aprendió a enamorarse, fue incapaz de vivir bajo las normas sociales machistas y mintió a su madre durante mucho tiempo escondiendo su homosexualidad aunque ella ya lo sabía. Narciso fingía agrado por las mujeres, pero nunca le llegaron a gustar. Aun así su madre intentó convencerlo para que estudiase Psicología en la Universidad de Buenos Aires y pudiera curarse a  sí mismo o mantener su sexualidad bajo control mental, pero fue otra banalidad de ella a la que no hizo caso.
Finalmente Narciso recordó que desistió ir a la cita con el marino de aquella noche, que lloró de rabia y tristeza y que se hundió depresivamente en el sillón de la triste infancia… esa vez sintió que el sonido de la calle Suipacha que se inmiscuía por una de las ventanas de la habitación se escuchó afligido también.
En los últimos días de esa convivencia, la discordia entre Narciso y Matilde -Lucivana ya había abandonado Argentina- se hallaba en su punto más recalcitrante y el ambiente hogareño fue tenso. Narciso no quería ser abrazado, ni mimado o tocado por su madre, quería determinar su propia vida, buscar su propia identidad, no creía en Dios y se mostraba desafiante a la vida, en fin, no desea obedecer autoridad alguna.
— Pepe, Matilde le decía autoritariamente: “Al menos hasta que te vayas del país a donde tu padre haceme el favor de vestirte y actuar como un hombrecito.
— Ella estaba ya muy dolida en esos días… ya había tirado la toalla hace rato, ¡Che!

Un diálogo incendiario entre ambos fue cuando, cenando en la navidad, la rabiosa Matilde degradó aún más al padre de Narciso diciéndole que aquél era un pervertido, un endemoniado, un sidoso, revelándole así su rencor porque Franz se fue a vivir con su pareja igual de pederasta. Narciso, lloró acerbamente en la mesa y tirando los platos al suelo le gritó a su madre diciéndole: “¡Mi padre no te va aborrecer por tus ofensas, soy yo el que te odiaré toda mi vida por ser insensible con los dos!”, y huyó del hogar durante la madrugada. 
El último largo y tirante monólogo entre ellos ocurrió el 31 de diciembre de ese año a pocas horas antes de irse donde su padre, allí le recomendó, resignada, cómo debería comportarse al asumir abiertamente su transexualidad, insistió en que la masculinidad del padre fue lo que faltó a la familia monoparental que los dos formaban y se sinceró al reconocer que el carácter impulsivo y enérgico de ella fue determinante para que apareciera aquello desde niño.
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En estos días Matilde sigue sola. Actualmente al borde de los 60 años continúa viviendo en el remozado edificio Perón en la cuadra dos de la calle Suipacha en donde atiende a sus selectos pacientes psiquiátricos quienes acuden previa cita a su www.matildealcina.com.ar, o al +54 911 980 198 35, siendo uno de sus pacientes asiduos Don Pocho:
— ¡ANDROPAUSIA! ese es su diagnóstico, Don Pocho Bosco, la disminución de la actividad genital es un signo propio de un hombre que tiene su edad…pero bueno, no se desanime que con una mínima dosis de Viagra se aliviará ¿eh? Nuevamente tendrá una vida sexual fantástica…verá… aquí está su receta…vaya tranquilo y hasta pronto.

En sus antigregarias noches de hogar y de autoanálisis, a sorbos de mates de valeriana tibios, Matilde Alsina ha determinado que sus barreras síquicas fueron las que perturbaron toda su vida y por ello aprendió a disimular la cierta tirria hacia los hombres, al matrimonio y al hijo e interpretó estos sentimientos como una constelación epicíclica del freudiano complejo de castración no resuelto. Quizás se ilusionó al creer hallar en su hijo Narciso el amor que siempre le fue huraño. La ayuda psicoterapéutica que le brinda su colega Irene Meler le ha permitido desenmarañar su mente para tratar de lograr vivir en equilibrio el resto de su vida… Qué ha concluido también, Matilde: que en casa de herrero cuchillo de palo, que la homosexualidad se puede heredar más del madre que del padre, que el carácter dominante materno con un padre de personalidad disminuida es factor de etiología homosexual en los hijos e hijas, que la heterosexualidad es reversible, que perdió su tiempo y salud por tratar de arreglar a los gais que mal asumen su condición.
Otro asunto fastidioso para ella, que es como el pan cotidiano, se refiere al insistente asedio del cardiólogo Martínez que estudió con ella en la UBA a quien iba a solicitar ayuda para que Narciso ingrese y se ahombre a la Armada Argentina, pero él es un nieto de Galtieri un general represor al que ella odia desde su  juventud, (“¿Sos loca? ¡Ni en pedo lo acepto! ¡Me casaré otra vez cuando se me cante a mí!”), se dice a diario.
Gracias a la terapia que sigue le importó un Austral que Narciso vía Whatsapp le afirmara que hace pocos meses se está tratando con estrógeno para conseguir un natural crecimiento de senos, una atractiva distribución ginoide de grasas en sus caderas y bloquear la acción de la testosterona, que luego se haría cirugía para feminizar su rostro y que regresaría a Argentina a casarse porque ya existe el Matrimonio Igualitario…Menos aún le interesan las fotos que él publica en Instagram en que aparece con su padre en grupos de gais parisinos. 
La extensa calle peatonal Suipacha de Buenos Aires que es como un gran receptor humano, está ajetreada hoy como siempre por la ingente cantidad de argentinos que ahora huyen de la asfixiante tristeza y van hacia El Obelisco de 67 metros de altura, o al Gran Teatro Rex, a la UBA, a La Plaza de Mayo, o a otros rumbos del microcentro que les sirven de bálsamo santo porque Argentina quedó eliminada tempranamente del Mundial de Futbol ruso…La pizzería Roma que se atesta de gente desde las tardes, es el lugar en la que mamá Matilde compra sus pizas salteñas que son el boom gastronómico instalado ya en el imaginario bonaerense. Mientras tanto los días pasan y en el consultorio de Matilde Alsina habitualmente se escucha por Radio Suipacha sus canciones favoritas de The Beatles, Fleetwood Mac, A Taste Of Honey y otros, alternados con las noticias del accionar de malos políticos, los motochorros del barrio de la Boca, los constantes robos de celulares en El Subte, las coimas del clan K, los médicos truchos y más…▪


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