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Es la historia de un alto muro perimetral ubicado en la ruta al distrito limeño de Comas que sufre las inclemencias de los vecinos del lugar que arrojan basura a sus pies con la desidia del dueño del predio, un sibarita venido a menos llamado Ián.

"De piel estucada", se escribió para la compañía SIKA
de España, en setiembre de 2018.
CUENTO INCLASIFICABLE
DE PIEL ESTUCADA
El muro nació para contener el desborde del lumpen proletariado limeño de los años 50 del siglo XX, en los días en que invadir terrenos ajenos, supuestamente abandonados por sus propietarios, era la manera práctica de hacerse de una propiedad en donde echar raíces.
Fue la gran pared frontal que conformó el perímetro de una baldía heredad de 800 vacíos m2 que expuso su nívea cara en la avenida Túpac Amaru una de las vías más agitadas de la capital peruana. En sus primeros años de recién construido con material noble, al descubrirse superior a las quinchas de las fincas propincuas… ¡se creyó obra de la modernidad!
A Ián Senna, solterón, heredípeta borrachín y dueño de este predio, siempre le urgió dinero para mantener sus vicios y no dudó en convertirlo en depósito de carretillas de los mercaderes informales que durante el día levantaban su mercadillo cerca de allí. El caótico y creciente comercio de aquél baratillo hicieron sentir raudo los primeros puyazos a la infante pared al arrimarle noche a noche, residuos y cúmulos de basura a lo largo de sus pulcros 40m tornando su faz de estucada y pulida, a inmunda y renegrida habitual. En los siguientes días surgieron por generación obligada tropeles de cucarachas, ratas, perros, moscas y otros bichos microscópicos que hicieron de esos taludes de desperdicios fermentados su hábitat y tienda de disputa. Los desmontes generados en las construcciones civiles de la joven Urbanización Ingeniería en donde se hallaba el predio, también proliferaron en su regazo y ni qué hablar de las letrinas improvisadas por los frescos transeúntes que terminaron por atezar ese desamparado muro que ya agonizaba de harta porquería pestilente.
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Ante tanta inmundicia cotidiana en ese muro los vecinos nos quejamos al ayuntamiento de San Martín de Porres a donde pertenece la heredad, pero, por más que repintamos en su faz: "Prohibido arrojar basura, bajo pena de arresto y multa", los comerciantes aliados a muchos vecinos que les da vergüenza evacuar sus residuos domésticos cuando pasan los vehículos basureros de la ciudad ¡Arrumaron más y más sus lacras, sin importar el llanto sordo de este ser de concreto y ladrillos! cuyas esquinas de cutis morunas que proyectaban tristeza en las noches pronto se convirtieron en puntos de encuentro de gente de mal vivir.
Pero su mortificada infancia fue más triste aún: Ián Senna… ¡lo abandonó! Sucedieron entonces periodos de tiempo sin ver su figura y la carretillada de ambulantes se tugurizó dentro del predio; ¡Hasta meretrices y curtidos delincuentes realizaban allí sus negras transacciones! En las afueras, el muro que lucía renegrido en sus 2 m de altura deseaba ya derrumbarse pues las plumas y vísceras de animales sacrificados y periódicos con defecadas mosqueantes a sus pies eran cosa diaria, eran la pústula bazofia, el alimento de ratas que hervían voraces allí.
Pasaron las semanas y un día reapareció Ián Senna, parecía más joven, con mejor semblante; (creo que el muro se conmovió secretamente al verlo como sucede en aquellos amores platónicos y parecía que insistentemente quería quejársele); nos aliviamos al escuchar a Ián decir al grupo de vecinos que estábamos reunidos con él, que: —Limpiaré el lugar y cerraré el depósito de carretillas.
Así, la niñez del muro terminó después de algunos días de limpieza con blancura, olor a pino y asepsia.
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Transcurrieron algunos meses y el muro vio cómo el progreso capitalino galopaba insistente. En las madrugadas de garuadas limeñas de mitad de los años sesentas ya no contemplaba el transitar de gentes serranas por esa gran vía, sino autos conducidos por mestizos con muecas acriolladas descendientes de los primeros pobladores del cono Lima Norte; andinos al fin de cuentas pero de gestos más vivaces. En los años setentas el ayuntamiento desterró el vergonzoso mercadillo y la larga avenida Túpac Amaru completó su asfaltado hasta los extramuros determinados por las garras de los desposeídos inmigrantes que se asentaron allá en los plomizos cerros de Comas, en esa parte del norte de Lima, la Capital.
Ián Senna decidió por entonces modificar su predio y transformarlo en agencia de transporte de carga pesada; fue así que una tarde el muro alcanzó su estructura definitiva: se le afirmó con hormigón, columnas crucetas y vigas de hierro. Además de sus 40 metros de largo y 35 centímetros de espesor reglamentarios creció sobre el suelo unos 3.5 metros, retomando su faz estucada entonada de blanco humo. Al crecer la urbe creció también la envidia de los frontis vecinos que quedaron relegados, y era para tanto, pues el muro creyó alcanzar su aspiración máxima: — (¡Ser igual al Muro de Berlín, el muro de la separación! estas gentes de por aquí, ¿qué sabrán que se le llamó el muro de la vergüenza?)— pensó él, ese atardecer. Por unas semanas lució impecable a tal grado que pronto aparecieron algunos requerimientos comerciales que marcaron el paso de sus años mozos siguientes: "La TBC mata, si toses por más de dos semanas, acude a tu centro de salud", este fue el primer gigantesco aviso pagado, pintado con colores tenues y orgullosamente lucido por su pecho. — (La pobreza alimenta la tisis) —caviló él, otra vez. Se sentía alegre, útil de servir a la comunidad en la prevención del mal de Koch. Ián Senna tenía la obligación de mantener los límites de su predio libre de desperdicios y se esmeró en cumplirlo. Fue un contrato de seis meses.
Transcurrieron algunos meses más con diferentes avisos publicados en el muro cuando una madrugada en que Senna vergeleaba en el lenocinio Mokambo de la Lima Histórica, manos ultra izquierdistas pintaron en sus grandes pectorales con letras rojas y sobre los avisos pagados: "¡Viva el Partido Comunista del Perú - Pensamiento Gonzalo! ¡Vivan los paros armados! ¡Mueran a dinamitazos los traidores! ", estos mensajes destilaban furia antisocial y la hoz y el martillo soviéticos, arteramente dibujados, aparecían allí con insolencia subversiva. Los seudo vecinos y otras malas gentes al notar de nuevo el predio de Ián abandonado cundieron su frontis de mefíticos sólidos los que en invierno se mezclaban con las garúas persistentes formándose grandes lagaretas que hedían a lo lejos. Y así el muro sufrió otra vez la insania de los bárbaros; él hubiera querido tener entre su tarrajeo mensajes de amor y paz con motivos multicolores alusivos al Movimiento beat y la psicodelia de los años sesentas, pero en aquella época hippie él todavía laleaba presuntuoso de su origen de material noble… — (porque soy un niñito engreído y malcriado) —.
Al final de los setentas, y después de estar casi tres años con visitas y limpiezas esporádicas que hacía Ián Senna a su propiedad ocurrió algo siniestro: ¡una mañana los basureros encontraron un despedazado feto entre los escombros acumulados! — (Es una de las tres almas que nacen por segundo en Perú y que por desgracia, seguramente su madre tan pobre, no encontró mejor sitio que mis pies para abandonarlo" — especuló el muro y se entristeció casi al borde del lloro.
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A partir de los ochentas, y en adelante, según como cambiaron los tiempos se escribieron sobre el alto muro mensajes de diverso tipo, los frecuentes eran oquedanos, atartufados y entre estos, trejos y adustos de vez en cuando. Ese era el clientelaje que pagaba por publicar esporádicamente a Ián Senna y lo hacían sobre límpidos fondos blancos; pero la gente que circulaba por aquella cada vez más transitada vía que conduce al cono norte recordaba con jocosidad, pintados sobre él, tres batiburrillos indelebles y procaces en medio de nuevos cerros de basura humeante que amenazaba sobrepasar su estatura: "Fosa de mármol remato; excelente ubicación en el ´Cementerio El Ángel´ "; “Sebastián, moreno claro, ex-militar, kinesiólogo, atlético y velludo, atiende caballeros"; "Se necesita guardián para cuidar casa. No pago sueldo".
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Al finalizar el siglo XX, aparecieron mensajes pintados por algún copión de filósofo que deseando “elevar la cultura del lugar”, citaba máximas ajenas porfiadamente y a pesar que siempre otros le borraban sus letras, él volvía a lo mismo; los que más se recuerdan y se popularizaron entre la gente resignada a leerlos obligatoriamente por tener que caminar todos los días por allí, fueron: “Los 3 egoísmos: del poder, del saber, del tener”; ”Nunca habrá felicidad para aquél que vive mintiendo”; “El coito es ese lugar físico donde cada uno es de los dos”; ”La amistad disminuye cuando hay demasiada felicidad de una parte y demasiada desgracia en la otra; “Si un amigo te pide dinero reflexiona a cuál de ellos quieres perder: al amigo o al dinero”; " Cuando no se pueda lo que se quiere, hay que querer lo que se pueda"; "He venido al mundo desnudo, así que cualquier otra cosa, por mínima que sea, ya es ganancia"; ... “Les dejo la paz, la paz que Yo les doy no es como la que da el mundo”.
Con el devenir de los años, el muro y Ián, que ya era sesentón, atravesaron casi la misma senda; ambos trasojados por vidas al estricote fueron tocados por las manos de la separación definitiva e irremediable. El último plagio allí publicado por el anónimo dado a filosofar fue aquél que decía: "Ninguna piel femenina, me ha atado tanto como la blancura de este muro". Fue tan orgullosa esa pared que a pesar de ser vejada, vilipendiada, perfumada de miasmas y vituperada una y otra vez, soportó con sobria impasibilidad ser muda esclava de los intereses de su dueño o de quien primero la viera dispuesto a pintarla.
EPILOGO
El muro fue destruido por una descomunal retroexcavadora después de existir durante cuatro décadas, pues Ián Senna, ya sin fuerzas y tenazmente perseguido por sus implacables deuda, vendió su mal heredada propiedad a unos vecinos; sus ladrillos enlazados con cemento duraron más que el murallón europeo que fue como su hermano mayor, aquél de Brandemburgo que tras 28 años de erigido para dividir las Alemanias cayó humillado por esos avatares propios de los afanes de libertad que tenemos los hombres.


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