"Las sobajas", narra las peripecias de una familia de ratas de cloaca cuyo macho incursiona de noche las casas de unos vecinos de un barrio inglés quienes cansados de sus fechorías le tienden trampas hasta que muere envenenado.
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| "Las sobajas", es un relato escrito para la revista Caretas de Lima, en 2001. |
RELATO INCLASIFICABLE
LAS SOBAJAS
Se amaban entre otras cosas, porque ambos sufrían de
heliofobia: les aterraba la luz solar; por eso vivían de noche. Cuando en sus
afanes cotidianos se retrasaban y el alba los sorprendía, aún los primeros
rayos del astro les ocasionaban graves insolaciones y ceguera temporal.
Felizmente el idilio que vivían estaba en su mejor momento y los ayudaba a soportar el diario
sacrificio de dejar hasta de comer, para mitigar el hambre de su infante
parentela.
Tiempo hacía que sobrellevaban una sangrienta guerra.
El odio de casi todos los habitantes de la “Ciudad de las nieblas” los habían
desterrado y condenado a persecuciones a muerte, y si bien es cierto, sus inopinadas torpezas
les habían hecho cometer algunos excesos, ellos sólo buscaban desesperadamente
sobajas (sobras) para subsistir.
La ciudad no se inmutaba a pesar de las densas brumas,
pertinaces lluvias y los cuatro grados Celsius de cada día. Por las noches, su
silueta proyectada sobre el cielo gris, parecía contornearse cual salaz
saltatriz. Era una metrópolis cruzada por un río que albergaba entre sus
riberas, torvos paisajes de basura, glera y concreto; pero sus aguas corrían
cristalinas, tintinantes y con visos azulados hacia la moderna dársena ubicada
al oeste.
Pareciera mentira que el único afán de ambos fuera el
de conseguir alimento, pero el hambre crónico, les había impuesto alarmantes
langores a la familia. Una lluviosa madrugada mientras regresaban a su fóculo
oculto en un paraje sentinoso del río, él cansado de buscar sobajas y no encontrarlas,
le dijo a ella que se ausentaría por unos días para cruzar la frontera que la
sociedad les había impuesto y buscar un mejor hábitat; ella que ya mostraba los síntomas de la incontenible
progeria, asintió aconsejándole indagar por el lado este de la ciudad: “Sé que
por ahí viven más refugiados”, le dijo.
A la noche siguiente todo estaba arreglado. El fóculo
habitualmente descuidado, olía a flores del campo y la buena suerte hizo que
comieran lo poco que sobró de la noche anterior. Al final de la asceta cena,
los pequeñines, que resultaron saltarines y gandules, se despidieron de él con
pena y algunas gruesas lágrimas: “Es hora de dormir”, les dijo la madre.
Momentos después llegó la despedida. Antes de salir,
él prometió a su amada retornar “pase lo que pase”. Luego, precipitadamente,
enrumbó hacia su destino y las neblinas que ya poblaban el cauce del río se
llevaron hasta su alma. Ella al verlo alejarse se sumió en la incertidumbre más
melancólica y angustiosa jamás vivida.
Después de unos momentos, titubeante, ella salió
temeroso en dirección oeste en busca del sustento familiar. La oscura noche le
parecía siniestra, mortal y cómplice de su creciente depresión. Cuando el alba
ya estaba por apoderarse del firmamento, su hambre detectó no muy lejos de
donde se encontraba, el exquisito aroma de un guiso casero. Husmeó el lugar, y
logró acertar: ¡Era un fricasé!; se acercó a una casa procurando que su torpeza
no la delatara, lidió algunos obstáculos y se introdujo sigilosamente por un
patio. Vio cercano un plato tendido en una mesa, llegó hasta allí y rápidamente
tragó sobrias sobajas aún tibias. Los nervios alterados hicieron que su huida
fuera más veloz que el viento y su depresión se torno en alegría.
Ya en el fóculo, notó lo que hasta ese momento le había
pasado desapercibido:
-¡Mis pobres hijos están héticos, extremadamente
flacos!- sollozó en silencio. Ellos despertados por el olor a comida, se
abalanzaron sobre su madre y engulleron lo que les había traído. Después de tragar
las tibias sobajas se quedaron paulatinamente dormidos. Ella se echó en su
aposento y pensó: “Ya eran varias semanas que no nos saciábamos como hoy, creo
que al fin he hallado esos lugares donde siempre hay sobajas... ¡Y parece ser
que quedan desguarnecidos toda la noche!”.
La mañana llegó y el frío la adormeció. Se durmió
pensando en el amante ido, se sentía sola y lo extrañaba, quería verlo,
tocarlo, olerlo; en suma, deseaba apagar su libido.
En la siguiente noche salió hacia esos lugares,
esperanzada en regresar al fóculo con abundantes sobajas. Esta vez se introdujo
en un almacén en penumbras. Su olfato rápidamente detectó las sobajas y se
acercó a ellas, tragó todas las que pudo, casi sin saborearlas y velozmente
salió del lugar… pero su sino ya estaba marcado: sus perseguidores de siempre
la habían visto.
—¡Allá va, mátenla! ¡Suelten a
los buceros! ¡Cojan piedras, palos, tírenle con lo que encuentren! ¡Que no
escape!- Y el laberinto que se creó fue de más escandaloso.
Ella en su huida, sintió que el mundo se acababa y
casi desmayándose por el golpe que había recibido cerca del ojo izquierdo, en
su desbocada carrera, se lanzó a un
desnivel de mediana altura que cruzaba su oscuro camino; corrió y corrió
sorteando veinte mil catervas hasta quedar casi exhausta…
—¡Llegué, llegué!- dijo al ver
a sus adorados tozos que acurrucados temblaban de frío, ellos gritaron
sobresaltados:
—¿Qué te ha pasado mamá? ¿Te
golpearon, por qué si tú eres buena… por qué? ¡Malditos! ¿No saben acaso que
tenemos hambre, que sólo queremos comer?
—No es nada grave…coman que
voy a descansar- les dijo, tratando de calmarlos y sintiendo aun sus latidos
cardiacos mordicar sus sienes. Se apartó a un rincón del fóculo, no deseaba que
sus hijos la vieran en ese malhadado estado. El dolor se había expandido hacia su vientre. — ¡cosa
extraña, si el golpe lo recibí en la cabeza! ¿tan fuerte fue?—se dijo.
Recordó que en la trifulca de la madrugada, se tragó
involuntariamente algunas sobajas para fugar con soltura. Se sentía transpirada
y nerviosa. Observar su piel erizada y manchada de sangre le daba pavor. Para
reponerse, se acomodó en su helado lecho y antes de adormecerse tuvo ganas de
gormar pero se contuvo.
En su sueño vio como su amante lejano la llamaba
suplicante: ¡había caído en una llameante trampa!, ella se esforzaba por
sacarlo de allí, pero sus captores la apresaron también juntándolos para
rociarles más combustible; su corazón en taquicardia quiso despertarla de esa
pesadilla, pero no lo pudo hacer jamás.
…
El Palacio de Westminster y con él todo Londres -la Ciudad de las nieblas-,
habían amanecido después de varias meses de invierno, alumbrados con un apocado
y anaranjado sol; eran los primeros días de la primavera.
—¿Ya hace calor Mr. Moore, eh?
el frío del invierno me estaba enfermando- dijo uno de los dos adultos ingleses
que buscaban por las riberas del Támesis a la víctima de la madrugada. El otro,
alertado por un sutil olor nauseabundo hizo el
hallazgo, gritando:
—¡Allí está! ¡Esa es la
inmunda madre y sus crías! ¡Aquí estaba
el fóculo, la madriguera! ¡Por fin los matamos! El veneno y los golpes acabaron
con ellos… ¡Qué hedor! …
Mientras se alejaban del lugar, en sus rostros se
dibujó la tranquilidad al saber que en las siguientes noches ya no habría más
destrozos en las cocinas ni alfolíes en la ciudad de Trafalgar Square:
¡La rata negra de largo rabo rojizo y sus 7 bubones
estaban yertos!
---
P.D.
La peste negra o fiebre bubónica incubada en la sangre
de las ratas, desoló Inglaterra en el invierno de 1665, matando casi de golpe a
un tercio de su población.

"Las sobajas", está a disposición de los lectores en una de las páginas de este blog.
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