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Ellos querían trabajar y dar de sí mucho más de lo que un salario puede pagar.

                                                         






"Agostario" fue escrito para la aseguradora colombiana SURA en 2017. 
AGOSTARIO
En las largas horas de espera lo maldito de ese erial los invita al óbito rendirse. Desesperar allí es inferirse con fatal acierto más hambres a las honras.

LA MAÑANA YA SOLANA, ya aburrida –¡tan temprano!– los hace pensar que hoy domingo será duro y escaso como ya es habitual, con la gente de todos los días, semanas y años que pasará frente a ellos necesitada de huevadas menos de las obras de sus manos. La renegrida escalera pública que los alberga asume resignadamente el polvo acumulado de décadas, los papeluchos tirados por el gentío, las flemas amarillentas perfumadas de tufos, y escucha también sus ruegos y maldiciones.
Son tres, cuatro, cinco... ¡seis! ¡Diantre! hoy se sumó uno más al grupo de hombres tristemente sentados en el dintel de la plataforma de esa escalera de concreto –de setenta y siete pasos- tan larga como cochambrosa que une dos añejos barrios obreriles del Rímac, un antiguo distrito de Lima. Ellos pasan los sesenta años de edad y hace muchísimas mocedades que están sin trabajo formal…

― ¡Así es el Perú, niño! Mientras que en Nueva York los veteranos latinos son ocupados en trabajos de entrecasa de veinte dólares diarios, aquí hay sólo hambre que comer.
                                                                                   
Ellos tampoco son vagos ni ergófobos, por si acaso, pero sí fueron andarines cuando no tenían ni quince años. Los seis, como generacional herencia, saben acallar estómagos vacuos ulcerados por apetencias tan bien sumadas como acumuladas. Sus miradas lúcidas pese a la tenaz desesperanza que sienten, son fragmentarios oasis frente al extenso desierto de indiferencias y hastíos que les demuestran los pasantes cotidianos. En otros tiempos, antes, por los años sesentas, eran mejor sus vidas, pero en estos áridos días sus siluetas aparecen peor de intranquilas volviéndose agitadas a medida que pasan las nueve, diez y once de la mañana. Al asomarse el mediodía abundante de ruidos automotrices en las calles del entorno, aparecen los vértigos encefálicos traídos por la perpendicularidad de los rayos solares y el nulo viento que los alucina para disfrutar el espejismo de los dados que ahora juegan: ellos, en círculo, degüellan el tiempo y la ansiedad de dinero tentando al cínico azar para arrancharle y redistribuir entre sí sus últimos centavos, ¡saben que ya no pueden empobrecerse más!
Cerca ya la hora de almorzar... (¡Pero sí aún no han podido comprar siquiera un pan con algún vomitivo por falta de dinero!). Con las trazas que traen, con sus ropas ajadas y brillosas de viejas y más grandes que sus tallas ¿quién les dará algún trabajito? ¿No serán ladrones estos? murmura la gente que les pasa cerca... ¿qué pueden arreglar?.. Pero el monstruo gástrico está en medio de ellos y vez tras vez tratan de ignorar sus fauces que dormían y ahora los consume como lepra:

― Compadrito Altamirano, ¿No tienes un céntimo que te sobre?
― ¡Tonto! Estoy ahorrando para comprarle a mi negra su agua colonia Fresh Line― contestó el zambo.
― ¡Qué idiota eres, oye, no hay ni para el anís!- recusaron en contrariado coro los demás.

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¡La tarde es peor! Como gavilanes oscilan sus pupilas al son de los minutos observando la calle para detectar si alguien puede aplacarles el hambre con algún caño atorado, una inundación de comedor o un cambio de tuberías… ¡Nada! Sólo más tirria y úlceras. Los rayos del sol les queman las ideas, sus futuros y los sentimientos convirtiéndolos en folículos inertes el resto del día.
Y al final de la tarde hacen su obligado balance tipológico de los que subieron y bajaron las escaleras delante de ellos: La honorable huachafería del vestir y caminar; los calumniadores que a cada momento cruzaron frente a ellos (eran conocidas sus miradas soslayadas que los acusaban de empobrecer aún más el barrio con sus presencias); varios solapados delincuentillos; una viejecita andina que fue la única que les dio una mirada de 10 centavos. También subieron y bajaron hasta el final de la tarde los signos del barrio: vaporosos perfumes que vanamente disimulan asquerosas transpiraciones; manos cargando plétoras bolsas amarillas de un supermercado cercano; caderas y piernas poderosas femeninas, poquísimas sí, pero muchas más las de las otras: las deformes.

Siempre mirando la nada sin mover la cabeza: Mosíah, el cojo Pascual Pecho, el viejo Nico y los compadritos Altamirano y Antonio Caña, vieron pasar el día sin haber recibido una sola monedita… ¡Ni ventoleras refrescantes! El viejo sol rojo inconmovible está por irse allá en ese horizonte entrecortado por marañas de cables inmundos, antenas aéreas de televisores digitales de todos los precios y cientos de azoteas de casas y edificios adornados de polvo y flojeras. Cada uno ellos se levanta del dintel de la plataforma que los acogió durante el desolado día y pasaron a despedirse:
― Mañana será mi día- dijo desganado el ex taxista Pascual Pecho.
― Sí, don Pascual, mañana será mejor – contestó el jubilado Mosíah.
― ¡No jodan!, me voy a tomar mi roncito ¡y no les invito!― bramó “Bronco” Altamirano, un antiguo boxeador.  
― ¡Gente de m...! ¿A nadie se le malogra el wáter? Ahora no podré ir al cine a ver una película triple X―,  maldijo Martín Caña, un don nadie.
― ¿Qué le regalaré a mi hijo que hoy cumple cuarenta y siete años?—, señaló el ingeniero Nico, melancólico, retirándose entre cuchicheos.

Todos ellos con sudores lacrando sus rostros se fueron por la noche cargando entre manos maletines desaliñados conteniendo sus herramientas de labor: llaves de boca y corona, combas de media libra, cinceles sin filos, retazos de tubos plásticos, cintas de teflón, trampas de pvc y... sus miserias de plomeros del hambre y del agostario inhumano.
Yo, con mi abuelo Mosíah, nauseado por el hambre y esta gente que sube y baja aprisa y pospone hasta nunca el arreglar sus consabidas fugas de agua potable, subo con él la larga escalera acompañándolo enseguida por unos jirones hoscos rumbo a su habitación de viudo que alquila en Ciudad y Campo, cavilando en que debía madrugar para ir a mi escuela primaria.
De pronto él se detuvo y me dijo:
—Vete, Hipólito a donde tu madre…me comeré unos panes que tengo por allí y ya sabes: ¡estudia, trabaja muchísimo para que no seas como yo!... ¡Ve, corre y nos vemos el próximo domingo si te animas a acompañarme!…

Mosíah me abrazó muy fuerte y sentí un gimoteo mezclado con el acre sudor sublimado de su camisa marchitada… ¡Chau, papapa!, musité y me fui corriendo. 
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