Inseminarse semen fue la solución que Élida eligió para hacerse de una herencia importante. Ella odiaba ser penetrada sexualmente...
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| "Élida Bhor" es un relato escrito y enviado a varias instituciones del Perú y Latinoamérica desde 2002. |
CUENTO IMPÚDICO
ÉLIDA BHOR
"Las
mujeres de busto pequeño son diosas que le otorgan placer al sexo... Soy hombre
de tetas, me hinco ante los pechos ínfimos, los estimo y los adoro". Salvador
Dalí
Bruselas,
estancia monárquica, es la ciudad más bella de Europa central.
A esa
hora, a media tarde, la capital belga con sus buses coloridos de dos pisos y
Renaults del año, convocaba gentes de hablar galo en calles, cafetines y
centros comerciales, aglomerados éstas en masas ruidosas y tráfagas. Era un
hecho. Siempre que cruzaba La Grand Place, los hombres de a pie o en auto,
galanteaban las blancas piernas que dejaba ver la minifalda de su traje gris, y
que exhibía con alevosa provocación; más ahora, en verano, cuando se alcanzaban
moderadas temperaturas. Estaba de compras y en su ruta habitual. Gustaba
admirar el edificio de La Comunidad Económica Europea, La Torre y El Palacio
del Rey y La Biblioteca Real; todos ellos de estilos góticos y barrocos
erigidos por allí hacen siglos. "Iré a la catedral de Santa Gúdula y
colocaré estos gladiolos y jazmines a María Magdalena, la patrona de las
meretrices arrepentidas... necesito dinero..." pensó. En su adolescencia,
habían quedado los recatos ursulinos de su natal Alemania, desechados, cuando
llegó a Bruselas a estudiar medicina. A su paso, entre la gente, evitaba a los
descarados que miraban detenidamente los lunares rojizos, parecidos a diminutos
capullos en flor, que tenía en cada uno de sus lechosos muslos, a unos
centímetros de sus rodillas. Entre acres humores y holas de desconocidos, ella
se abrió camino hasta el paradero de taxis en la Rue Royale; subió deprisa a
uno de ellos que estridente sonaba su claxon; y así, se escabulló de la lujuria
colectiva que amenazaba con deglutirla. —A chaussée de Louvain, señor —le
ordenó al taxista, alisándose el cabello castaño y abanicándose el rostro.
Amante de la soltería, era una de esas pocas que no se arriesgaban a recibir la
bendición matrimonial hasta antes de los 35 años. Ya en camino, y mientras
observaba las calles flanqueadas de frondosos árboles y antiguas casonas de
arquitectura francesa, pensó, alzando el mentón: "Con este cuerpo, debería
ser modelo de pasarela; ¡Si me parezco a la Claudia!... pero, no sirvo para ello,
lo mío es la medicina, la sexología.” A la mitad del trayecto a su
departamento, vio en el espejo retrovisor del taxi dos ojos que se afanaban
solapadamente en mirarle algo más que el rostro.
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—..De los setenta hasta hoy, el
sexo se ha equilibrado gracias a la mujer... Ahora las relaciones sexuales son
más divertidas y, las variaciones y posibilidades de hacer el amor han
aumentado. Por otro lado, si hace tiempo un joven debutaba sexualmente con una
puta, ahora lo hace con su enamorada...
Era de noche, y los alumnos del aula A de la
facultad de medicina de la universidad de Lovaina, estaban muy atentos; en
total silencio: Las clases de Elida Bohr (Bonn, 30-01-1967, estatura 1.70 m),
sobre sexología humana, eran siempre masivas no sólo por las anécdotas coitales
que ella dosificaba con arte en cada tema que exponía, sino por su candente
belleza...
—¿Quién puede negar que ahora el
sexo oral ha salido de la clandestinidad y ha pasado a ser práctica habitual?
Nadie... Para mañana, a las diez de la mañana, está previsto realizar el
espermatograma del que ya les hablé... Los cinco donantes elegidos entre
ustedes se abstendrán de cualquier actividad sexual la noche de hoy...
Necesitamos muestras de semen convenientes... Por hoy se acabó la clase. Es todo.
Su acento alemán hería el francés; aun así,
habitualmente, después de clases, la seguían grupos de alumnos hasta su oficina
universitaria para plantearle lo que ella consideraba como ingenuidades:
—...Piccard, ni la extirpación de
la próstata, ni la emasculación, ni la menopausia, caducan la vigencia
sexual... Elaine, el largo del pene no tiene nada que ver con el tamaño de
manos, ni de los pies de la persona... Musset, la masturbación no provoca la
aparición de verrugas, pelos en las palmas, acné ulceroso, locura o
impotencia... Andrea: ¿Sólo porque el hombre se satisface con un orgasmo, la
mujer debe ser igual? ¡Hay multiorgásmicas y por ello no son ninfómanas!...
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La
soleada tarde siguiente, Élida estaba sentada, cruzada de piernas en una banca
en la parte central del parque que da al impresionante Palacio Real. Faltaba
casi una hora para su clase de las seis. Como cada jueves, regresaba de rogar
milagros de dinero, y de orar ante la Magdalena habiéndola rodeado esta vez, de
geranios y claveles. Su vista parecía buscar la solución en las altas
cariátides marmóreas que sostenían la techumbre del aquel palacio. Pensaba cómo
acceder a esa pequeña herencia familiar recientemente notificada. Nerviosa,
extrajo la carta notarial de su bolso de cuero negro, fechada en Bonn una
semana antes, en donde un abogado testaferro, le recordaba textualmente esa
antigua rivalidad con su madrastra: "En el plazo de un año deberá tener
descendencia comprobada a través del ADN y, así, cumplir con la cláusula del
testamento de la señora Duvalois, quien le estipula una suma de 90000 mil euros
(unos, 86000 dólares)".
Mientras
observaba el prolijo arte barroco del palacio, pensó si no era mejor encontrar
un donante de semen en vez de entablar una relación sexual marital común con
algún hombre; esta última idea, sin duda la aterraba completamente... "¿Y
si utilizo una de las cinco muestras de semen que están en el laboratorio de la
facultad? ¡Puede ser!", pensó sonriendo. El aire ligeramente fresco del
crepúsculo le rozó las mejillas. Recordó otra vez el internado ursulino de su
país: "La madre superiora jamás permitió ventilar la sexualidad, ¡era un
tema prohibidísimo! “El celibato es una de las virtudes mayores del
cristianismo”, decía. De pronto, se percató que dos frukas (como ella llamaba a
los negros marroquíes), se habían sentado en una banca ubicada a cierta
distancia y en coincidente línea recta a la banca de ella. Aunque el parque a
esa hora tenía visitantes dispersos, le sobrevino un aterrador miedo;
rápidamente se levantó, y ante las miradas ansiosas de estos jóvenes, casi
corriendo, alcanzó la acera del Boulevard de Waterloo, que es perimetral al
parque. Trató de no mirarlos y dibujando rasgos adustos en su lozanía, enrumbó
erguidamente hacia la universidad distante a algunos minutos de allí. Escuchó a
uno de ellos susurrarle en tono insinuante: ¡Tienes cuerpo de garota, caminar
de caribeña y blancura de alemana! El otro, con los ojos desorbitados y
enardecido, le gritó: ¿¡Dónde mierda dejaste la trusa puta!?
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Sus
alumnos, los más jóvenes, usualmente se distraían admirando sus nalgas
aprisionadas por la coqueta minifalda de gris matiz, cuando por momentos, en el
aula, escribía en la pizarra blanca:
—El condón para las mujeres, se
inserta en la vagina con el dedo índice, a fin de empujar el anillo menor hasta
tocar el hueso púbico. El anillo mayor, se deja afuera para cubrir la vagina...
Jóvenes: atrás ha quedado la época victoriana, en que las mujeres decentes no
se atrevían a esperar placer del coito y sólo lo toleraban por obligación con
sus maridos... Bien, se terminó la clase de hoy. No olvidar traer sus
inquietudes para la próxima reunión sobre pedofilia, coprofilia y otras
desviaciones sexuales...
Élida culminaba así otras dos horas de clases. Sus
alumnos admiraban el conocimiento que poseía sobre los clásicos donjuanes: ella
decía, por ejemplo, que Casanova no embarazaba a sus ocasionales mujeres no
porque era un experto en técnicas anticonceptivas o excelso coito-técnico,
sino, más bien, porque su cuenta de espermatozoides era pobre de tanto
eyacular. Como siempre, abandonó el aula A, seguida de más chicos que de
chicas. Algunos de ellos, adrede, iban detrás de ella y como eran más altos,
aprovechaban para mirar por el amplio escote, sus aperados senos que pendulaban
acompasados con su cintura al estar libres del brassiere...
—¡Valery, la mujer que deglute
semen no engorda ni queda embarazada!... Hachtte, durante el embarazo, se
pueden hacer las poses más cómodas que se deseen hasta seis semanas antes del
parto; después de ahí, lo voluminoso del vientre de la mujer ya no permite
eso... Señoritas: ¡Los hombres fingen amor para tener sexo y las mujeres fingen
sexo para tener amor!...
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En el
aséptico laboratorio de la facultad y en solitario, Élida se sacó el
guardapolvo y lo dejó en un colgador; estaba satisfecha por la labor cumplida.
Eran casi las diez de la noche del viernes y había culminado la cuantificación
espermática de las cinco muestras donadas por sus alumnos. Encontró que la
número cuatro tenía, según sus cálculos, más del 6 % de la masa seminal
establecida como normal. Se sonrió al pensar que en las otras muestras había
encontrado espermas gigantes, enanos, aneuros y deformados, todos ellos
imposibilitados para procrear. "Es casi gelatinosa y espesa esta muestra
cuatro. Según el profesor Shettles, los espermas X, se hallan en el tercio
inferior de este tubo de ensayo, por ser más pesados. Estos son los productores
de mujeres...". Su mirada brillaba y su semblante mostraba la emoción de
tener en sus manos el contenido de una sustancia que la llevaría a lograr la
herencia de su madrastra y probablemente tener una vida mejor. En su agenda,
anotó: " Muestra cuatro, ¡La mejor! Cantidad: 15 mililitros...".
Salió del laboratorio llevando en un bolso plástico, un congelador portátil con
esa muestra. En la puerta del recinto universitario, abordó el taxi que
momentos antes había solicitado telefónicamente. En el trayecto, iba repasando
mentalmente el procedimiento que utilizaría para inseminarse.
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Eligió la
noche del sábado porque necesitaba el sosegado tiempo que sólo el domingo que
sigue puede darlo para reflexionar detenidamente acerca de su probable
acomodada vida futura.
Luego, en su departamento, hizo un inventario de lo que necesitaba: lubricante vaginal, un pene de vinilo acondicionado a una jeringuilla de jebe, el tubo de ensayo con la muestra cuatro, la silla obstétrica de cuero marrón anexada a un espejo curvo... y; ¡la lírica de Wolfang Mozart, que ya sonaba en su alfombrado y penumbroso dormitorio invitándola a la relajación. "Esta es obra del diablo. Así lo decía San Agustín, y sólo debe hacerse por amor, si no es pecado...", fue lo que recordó del índex del internado ursulino impreso aún en su memoria. Resuelta, se acomodó en el diván obstétrico y se subió la bata —que era lo único cubría su desnudez—, hasta su frío vientre. No bien se echó a horcajadas, con las piernas en posición, empezó a invadirla el temor por introducirse el falso falo de prepucio sarmentoso y glande semiesférico, que supuso días atrás, sería su furibundo gratificador sexual. "Jesucristo casi no habló de sexo. Fue el apóstol Pablo quien instaba, en sus cartas, a los primeros cristianos a la monogamia, al celibato...". Sus manos temblaban como si sujetara un revolver apuntando su sien. Palpó su vagina seca, centró el burdo pene en dirección de ésta; sintió gotas, no de sudor, surcar sus mejillas; pero sus manos parkinsonianas no se atrevían a insuflar con la jeringuilla el semen del tubo de ensayo con la muestra cuatro. Recordó las palabras de su madre, cuando recién salía de su niñez: "Hijita, de sexo y esas cosas desagradables parecidas, no hablaremos sino hasta cuando seas mayor, así llegarás pura al matrimonio...".
Luego, en su departamento, hizo un inventario de lo que necesitaba: lubricante vaginal, un pene de vinilo acondicionado a una jeringuilla de jebe, el tubo de ensayo con la muestra cuatro, la silla obstétrica de cuero marrón anexada a un espejo curvo... y; ¡la lírica de Wolfang Mozart, que ya sonaba en su alfombrado y penumbroso dormitorio invitándola a la relajación. "Esta es obra del diablo. Así lo decía San Agustín, y sólo debe hacerse por amor, si no es pecado...", fue lo que recordó del índex del internado ursulino impreso aún en su memoria. Resuelta, se acomodó en el diván obstétrico y se subió la bata —que era lo único cubría su desnudez—, hasta su frío vientre. No bien se echó a horcajadas, con las piernas en posición, empezó a invadirla el temor por introducirse el falso falo de prepucio sarmentoso y glande semiesférico, que supuso días atrás, sería su furibundo gratificador sexual. "Jesucristo casi no habló de sexo. Fue el apóstol Pablo quien instaba, en sus cartas, a los primeros cristianos a la monogamia, al celibato...". Sus manos temblaban como si sujetara un revolver apuntando su sien. Palpó su vagina seca, centró el burdo pene en dirección de ésta; sintió gotas, no de sudor, surcar sus mejillas; pero sus manos parkinsonianas no se atrevían a insuflar con la jeringuilla el semen del tubo de ensayo con la muestra cuatro. Recordó las palabras de su madre, cuando recién salía de su niñez: "Hijita, de sexo y esas cosas desagradables parecidas, no hablaremos sino hasta cuando seas mayor, así llegarás pura al matrimonio...".
Por
momentos, las melodías de Mozart la abstraían de su nerviosa realidad, pero ni
"Le Nozze Di Fígaro" la ayudaba a laxarse convenientemente. Las
barreras emocionales eran tan abrumadoras y patentes en esos momentos, que
Elida rehusaba introducirse el miembro postizo que, erecto y lubricado, sobresalía
largamente entre sus temblorosos dedos. Sabía que pertenecía a ese grupo de
mujeres catalogadas por los sexólogos como minoría, es decir, aquellas que
aborrecen el pene, o tienen asco al semen; o las que creen que la mujer, por el
simple hecho de ser poseída, se convierte en una sometida.
"Ni
la yohimbina, ni la marihuana, menos el nitrito de Amilo, me darán valor para
introducirme este seudo apéndice..." se dijo. Después de casi diez años de
cátedra universitaria, se había demostrado a sí misma, que tenía un equivocado
código ético al enseñar hipócritamente a sus alumnos a que no rechacen el sexo
de plano, sino a actuar en forma objetiva; pero ahora no discernía por qué un
placer tan natural le producía terror; sin embargo, no sintió ningún
remordimiento por haber utilizado semen ajeno para sus propósitos.
Finalmente,
dejó el falo plástico en la mesa de la silla obstétrica, se bajó lentamente de
ella, y se cubrió con la bata azul, tendiéndose a tientas sobre su cama. Notó
que sus manos estaban bañadas en sudor frío y que la ansiedad la tenía
extremadamente tensa. Abrió el cajón de su mesita de noche y, de un frasco,
extrajo una gragea que tragó en seco. Miró sus muslos descubiertos y su piel
blanca, contrastó aún más sus lunares rojizos. Le pareció que la luz proveniente
de su lámpara languidecía. La música de "Don Giovanni", aquella que
revive a Don Juan, el eterno amante, la ilapsó hasta creerse poseída por este
seductor del pasado. Sentía que el barbitúrico ya actuaba sobre sus nervios,
dirigió nuevamente su mano hacia el cajón de la mesa de noche y extrajo la
carta notarial fechada en Bonn: "...Adiós fortuna...". "Hay
pocos absolutos en este mundo y sólo los fanáticos establecen códigos
inflexibles de moralidad sexual..." Su mente en blanco le hizo creer que
estaba frente a su alumnado mostrándoles sus muslos firmes, arrogantes... y se
desvaneció. El austriaco Mozart también había enmudecido en su Réquiem
Inconcluso.
La mañana
del domingo se hizo y; Bruselas, otra vez llena de gente que viene y va, sentía
el atisbo de nieves que anunciaban la inminencia del otoño, quizás helado,
probablemente neblinoso. En la habitación, algunos rayos se filtraban entre las
cortinas, dibujando fulgurantes figuras antropométricas en los edredones de la
alcoba. La carta escrita en Bonn yacía en pedazos al pie de la cama y Élida
Bhor despertó, pero no quiso levantarse.
MCP - julio
2001.

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