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| "Mi abuelo Trinidad", fue escrito para SURA de Colombia en 2016. |
MENTES ENREDADAS
MI
ABUELO TRINIDAD
¡El arenal
piurano es una mujer desnuda y fecunda por sus cuatro orientaciones! El
arisblanco desierto vive su eterna alucinación dorándose feliz bajo el ardoroso
sol norteño, es una insufrible y gigantesca duna que ha superado la soledad
pero que se rinde a la arrechura de hacer el amor a diario con el silbante
viento dócil y fiero que la devora y la hace añicos, siendo fruto de ese
lúbrico amorío los granitos de arena que toda su vida han acariciado el rostro
de Trinidad Nakiche, un anciano ochentón (eso es lo que dice la gente sobre su
edad) que deambula por el páramo cargando sobre sí su arrugada piel que guarda
muchos 40 º grados de calor en cada poro.
En un caserío
plagado de arena, algarrobos, quinchas, burros bostezando y lejos de la ciudad
de Piura, está la cabaña del abuelo Trinidad la misma que se ubica cerca de la
choza de cañas en donde vive su nieto Yon y su madre. El abuelo de movimientos
torpes por sus avanzados años, no sabe su edad pues por estos lares los
ancianos no tienen fecha de nacimiento conocida, el tiempo ha despojado de las
memorias sus fechas natalicias; unos dicen que Trinidad nació el día de la
virgen, otros el día de los muertos, él dice que vino al mundo el día de la
patria, unas viejas que lo encontraron vagando un domingo por el arenal dicen
que nació con el río Piura por lo veleidoso que es.
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Érase una
soleada tarde del jueves 1 de noviembre, “Día de todos los Santos”, cuando Yon
tomó valor para hablarle a Trinidad Nakiche. Se animó a ´descubrir´ por qué su
abuelo tenía ese aura de misterio que lo confinó en su vetusta cabaña. Tocó con recelo la puerta de la casucha y su
abuelo abrió la puertezuela de cañas rancias. Lo primero que vio del viejo fue
su abatida sonrisa, una mueca fija en su rostro que más parecía una sombra de
lo que es un gesto de alegría. En la mínima choza algunos cajones de fruta
fungían de sillas para recibir visitas, mesa para comer y velador para su viejo
quinqué, y dormía en una tarima de palos rústicos adornada con retazos de
pieles de cabra: ¡eso era todo su mobiliario! La gente chismeaba que su
demencia le vino por haber ido a la guerra, por un amor infiel y porque fue un
mal padre…— ¡Qué va señor, fueron las
borracheras viernes, sábado, domingo y lunes las que lo enfermaron!—afirmaba su
hija María cuando le peguntaban por la enfermedad de Trinidad.
Pasaron las
semanas y asimismo las visitas, a escondidas de su madre, de Yon a Trinidad. En
ese tiempo el octogenario lo envolvió con sus cuentos ocultos que hablaban de
`ladrillos de oro`, ´perros encantados`, `jinetes ensangrentados`, `viudas
adivinas`, `La música en el cerro Pilán` y ´El hombre de las sogas`, tal que
el niño sentado en el suelo de la choza
iba de sorpresa en asombro en cada sesión de cuenta-mitos del abuelo. Y el
nieto empezó a quererlo porque su abuelo casi ciego, era bien amable, casi
sordo, era muy cariñoso, casi desaseado, era algo renegón, pero lo quiso más
porque no dejó de abrazarlo y cargarlo en peso muchas veces en cada visita, ambos
se sonreían, sentían que sus sangres se conciliaban en cada apretón. Pronto el
nieto de diez años cayó en la cuenta que su abuelo era ´normal´, que su pensar
era lógico y que la gente le había hecho un daño al considerarlo loco. Y
Trinidad a su vez empezó a sentir ansiedad cuando el niño tardaba en visitarlo
por las tardes calurosas del desierto, lo esperaba por costumbre y se alegraba
cuando su nieto le traía dulce de chancaca cogido a hurtadillas de la cocina de
su mamá.
Después
de cada sesión de cuentos Trinidad Nakiche, muy inquieto, le decía a su nieto
que “no tenía sombra, que no proyectaba su sombra ni en el suelo o las
paredes”. Le aseveraba que un ser
misterioso del arenal se la llevó cuando fue soldado durante la guerra con un
vecino país: — ¡No dejen ver ni su sombra al enemigo!—nos ordenaba el coronel
jefe cuando de madrugada nos aprestábamos a atacarlos en plena selva
fronteriza, el miedo a morir abaleado hizo que escondiera mi sombra en mi
alma...—Y cuando terminó la guerra regresé contento a ver a mi novia pero ella
estaba con un sujeto besándose en la puerta de su casa ´¿Por qué me haces
esto?´ le regañé esa noche y ella me miró de pies a cabeza y dijo farsante:
‘¡no eres ni sombra de lo que fuiste!` y se fue con el otro—.
En otras ocasiones,
Trinidad decía incansable y alucinado a sus pocos amigos del caserío que ´era
un hombre sin sombra porque el sol estaba encima de su cabeza todo el tiempo y
que la luz del candil de su casita era tan débil como para dibujarla en las
paredes´, Trinidad creía además que la oscuridad de su espíritu invadía toda su
indigente cabañita por eso que no veía su sombra. Desde muchos años atrás vivía
buscando su sombra en los recuerdos que en algún recoveco de su solitaria vida
se había escondido.
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María Nakiche
siempre vio a su padre como un señor raro, su fallecida madre no dejó que se
acercará a Trinidad desde muy niña…” ¡ese señor es extraño, Dios lo ha
castigado…no te acerques a él porque te va a contagiar su locura!”, le decía
malhumorada. Por su belleza piurana María desde jovencita fue asediada por los
hombres que iban a comer y tomar licor en su popular chichería; la chicha de
jora, los sudados de pescado y las incontables botellas de cerveza vieron como
ella rechazó a varios que la querían hacer su pareja. Una noche, durante las
jaranas del Santo Cautivo ella se emborrachó y fue brutalmente embarazada,
nunca supo quién fue el padre de su hijo Yon, ni cómo fue que ocurrió; su
madre, fallecida por una hechicería, le dijo antes de morir que una madrugada de
enero fue violada por su propio padre. El trauma mental que esa violación le
produjo a María fue tal que cuando su hijo creció le impidió, así como lo hizo
su madre, a que se acercara a su abuelo, o a su padre mejor dicho, ella le
decía insistentemente que Trinidad era su abuelo y el niño creció creyendo que
así era.
María le contó
a su hijo que tiempo antes trató de curarlo porque Trinidad sufría en las
noches de luna menguante ataques de tristeza llorando días tras días y sin
comer, al verlo así lo llevó donde un curandero para sanarlo con extractos de
gallinas y cuyes, pero no se curó `su locura está en lo profundo de su ánimo`
le dijo el brujo una noche de “Todos los Santos”, en el 2013.
Yon rogó en
varias oportunidades a su madre para que lleve a Trinidad a un doctor
prometiendo ir a la escuela `aunque tenga diez años y me haya retrasado` le
decía, pues tenía fe que alguna vez su abuelo escaparía de su delirio. Él se
había dado valor después de tantos intentos para liberar a su abuelo preso en
su cabaña descubriendo que su espíritu era noble y que merecía un tratamiento
psiquiátrico…— El sábado iré al pueblo a ver a un doctor para que cure a tu
abuelo—le dijo su madre y Yon no cabía de alegría en su cuerpo.
A los días, en
el hospital de Piura, Trinidad Nakiche, harapiento, barbudo y maloliente fue
internado según un diagnóstico emitido como ´trastorno delirante de la vejez´.
— La creencia constante de no tener sombra que manifiesta el enfermo es una
idea delirante que no es posible convencerlo de que está equivocado, esta idea
está asociada a su pasado, a algunos acontecimientos que lo hirieron o
impresionaron muy fuerte y también debido a una degeneración nerviosa por su
edad...—, le comentó el doctor a María cuando internó a su padre.
Y así tan igual
como las iguanas corren vertiginosamente por los surcos del desierto, Trinidad
Nakiche amando ya a ´su nieto´ sin razonar que es su hijo, divaga con los
brazos en alto como orando al sol por los pasillos del frío hospital alucinando
que está en su ardiente arenal piurano▪

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