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Una extraña psicopatía está dañando masivamente a los seres humanos. La "Historia clínica n' 333 revela que la adicción severa a Internet conduce sin remedio al frio sanatorio mental.

"Historia Clínica n° 333; fue escrito para Las Hermanas hospitalarias
del Padre Benito Menni de Valladolid, España.

MENTES ENREDADAS
HISTORIA CLÍNICA N° 333
I
El graduado Lino tenía entre sus pacientes del antiguo hospital para insanos mentales a un joven con inusitado síndrome en las historias psiquiátricas. Éste se encontraba en la sección de esquizofrénicos y había sido separado del resto de los dementes, cumpliendo el dictamen preliminar formulado por el Dr. Dante Callejas -jefe del hospital- y del mismo Lino que resumía entre líneas: "...El caso 333 es confidencial…la psicopatía debe tratarse con guantes de seda y pies de plomo". Por el momento y gracias a la fenoteazina -camisa de fuerza química- el paciente se hallaba plenamente sedado.
Por esos días, Lino Blondet de 25 años, atravesaba el trance de terminar su tesis que lo llevaría a la licenciatura en psiquiatría, y el caso 333 fue elegido por él como referente importante por la singularidad de su sintomatología y misterio en cuanto a su origen. Fiel a los rigores profesionales, decidió solicitar autorización al Dr. Callejas para ampliar su investigación médica al entorno del enfermo al considerar insuficiente la observación clínica empezada dos días atrás -mañana del primer domingo de setiembre- cuando llegó el muchacho preso de vómitos, pulso rápido, sudor profuso, semiinconsciente y severas convulsiones; signos que hicieron pensar a los bomberos que le dieron los primeros auxilios y lo condujeron al hospital, que era epiléptico. Lino, que entraba de turno esa mañana ponderó de ´grave´ al joven confusamente derivado esa madrugada de otro nosocomio. Por otro lado, su novel experiencia médica –y la falta de tiempo– jugaba en su contra, él estaba desorientado por un matiz de enrevesamiento de ese caso que impedía diagnosticarlo correctamente y que le producían agudas crisis, dudando incluso de las tan mentadas Técnicas Modernas Psiquiátricas.
Mientras tanto en otro lugar de Lima, un avisado y curiosísimo andante urbano hundía sus adoloridos pies calzados en raídas chinelas. Ese era José Waldo. Zanquivano él, hoy caminaba pesadamente enfrentando furiosas ráfagas de roca en polvo que punzaban su cara y manos. Era mediodía y se desplazaba con abultada remesa –mochila repleta de correspondencia ajena– por una zona limítrofe del cono sur limeño. José Waldo miró su horizonte y el arenal poblado a la vista le pareció una inconmensurable madriguera no de hormigas ni de roedores, sino de gente: "25 mil familias humildes viven aquí, por lo menos”... Ciñóse la chalina azul que el viento porfiaba en quitársela, avanzó hacia el poblado por un sendero afirmado y limitado a trancos por expósitos jardines –donde florecían más ripios que rosas– de las primeras casuchas de 15 metros cuadrados construidas de material innoble. "Este ventarrón es parsimonioso; ha destruido todos los cerros aledaños pero no ha podido erosionar las almas de los que aquí le disputan su propiedad" se dijo, suspirando de impaciencia. José Waldo, sonrió convenidamente a un grupo de personas que metros allá lo habían divisado. “Estos lugareños parecen hechos de arenilla... ¡Hasta son del mismo color!" admitió. Algunos de éstos, los que tardaron en reconocerlo, detuvieron su rutina para observarlo y determinar si estaba ebrio o no: su caminar basculante confundía incluso a los vecinos que ya sabían que era el cartero. Pero todos esperaban de él correspondencia de quien sea. Lo que nadie sabía y José Waldo lo supo desde su adolescencia, era que su perfil estaba giboso por impertinente capricho trabecular huella de su anterior empleo de estibador al que se le sumó en carga montón: el peso cotidiano del morral, el cansancio crónico, el residual hambre de días y la ofuscación por este inmenso arenal parcelado por viviendas que hacía la búsqueda de destinatarios tediosa y atomizada. Entró al tugurizado poblado..."Aquí, la gente vive con un dólar diario" denostó ceñudo abrumado por la pobreza que advertía a su paso, no sabiendo por qué su pensar asociaba esta aseveración inmediatamente con Internet." ¿Quién en este lugar puede tener 550 dólares para comprarse una PC?... ¡Ninguno!... Imposible realizar lo que en Brasil ha hecho el gobierno: vender computadoras subsidiadas a lo más pobres". Al empezar su labor de reparto de sobres maldijo acremente al dinero porque siempre lo sabía huidizo y se puso más cejijunto aún.
Al transcurrir la tarde, chismosas misivas; insolentes notificaciones de embargos (?); coloridas revistas de tv–cable; brillantes folleterías de supermercados y otras correspondencias, iba entregando José Waldo una por una, como la arena que sutilmente se metía entre los dedos de sus pies. Él hacía su trabajo de memoria pues conocía bien la zona; así, cruzando altibajos pasajes; saltando charcos malolientes; viendo niños semidesnudos desafiando el frío jugando fútbol; y, aparentando ser avezado rufián, para ir por recovecos donde moraban refundidos delincuentes, su afinada vista ubicaba una tras otra las alfanuméricas direcciones domiciliarias cumpliendo su tarea eficientemente. "Gracias a Dios que estas direcciones ya están en el catálogo del servicio postal sino, ¡pobre gente!, no tendrían cómo cartearse con sus familiares"... Al caer la tarde había concluido su lote de entregas. Inició entonces bajo el insistente ventarrón crepuscular el retorno a Lima a la oficina postal. Desandó el poblado y llegó al paradero; abordó allí un añoso bus semivacío, en él se puso su casaca, y se dispuso, sentado, a dormitar en el trayecto.
En el Centro limeño, cerca de las nueve de la noche, las luces iluminaban débilmente los calles. José Waldo al ver pasar a unos jóvenes estudiantes se acordó de su entrañable sobrino y de su vicio por Internet: "...Yazuke, debe abrir bien los ojos. Él cree que Internet lo puede todo, que no falla... ¡Es el hombre el que transforma!... Muchos peruanos no tuvieron niñez porque cuando descubrieron que podían jugar libremente, ya tenían que trabajar para subsistir ¿a ellos les da de comer Internet?, ¡No, a otros, sí!...". Tanto cavilar en ello, lo exaltó. Se cruzó con gente de toda ambición por las calles de bulliciosos negocios. Recordó que en su habitación de alquiler, tenía algunas revistas de Internet pendientes de entregar y que se comprometió leerlas como buen curioso que era, antes de llevárselas a sus destinatarios. Notó que el viento de silbido pito se había quedado allá, en sus dominios, en el arenal donde pasó la tarde. Al doblar una esquina sintió frío y José Waldo se ajustó la bufanda azul para acelerar sus pasos.

II
La lámpara de luz blanca que alumbraba la reunión de ambos, le daba a la oficina de la Dirección del hospital un ambiente tenso y expectante. Callejas y Lino analizaban la historia clínica Nº 333...
    ¿Qué es este síndrome, Lino? explícame—malició el Dr. Callejas (quien era barbicano y calvo como Freud). Enderezando la espalda hizo una mueca hocicuda y se aflojó el nudo de la corbata de seda marrón que resaltaba su estrenada camisa celeste. En  su frente aparecieron antiguos surcos; entrecerró los ojos y se dispuso a evaluar el informe verbal del graduado Lino:
    No lo sé certeramente aún, doctor... Es un cuadro múltiple,
complicado—musitó Lino, quien hablaba mirando por momentos la figurilla hindú de alambre acerado del escritorio que giraba y contra giraba en su base circular buscando su equilibrio. Ésta lanzaba destellos circulantes a retinas, diplomas y otros cuadros colgados en las paredes de la oficina. Tal junta médica no era más que un juego de pimpón: Lino describía someramente cada síntoma ´sospechoso´ registrado en la historia clínica y el doctor Callejas con entonado vozarrón decía el término médico ad-hoc:
    Contracción permanente de los dedos de ambas manos:... gafedad palmaria. Incurvación vertebral:...lordosis. Visión borrosa:...miopía por exposición a radiación constante. Adelgazamiento extremo:...caquexia–. Lino anotaba taquigráficamente otras observaciones complementarias que hacía el Dr. Callejas cuidando no dejar oportunidad de pedirle  ampliaciones concisas aprovechando así la sapiencia del psicoanalista clínico…—el análisis del paciente que empezó aproximadamente a las 5 continuó hasta entradas las 7 de la noche…

El pimpón de síntomas y su diagnóstico prosiguió:
—... Tendinitis en ambas piernas:...acinesia por tensión muscular prolongada. También he observado Digitalgia, pólices tumefactos, helomas blandos en todas las yemas de los dedos... Dr. Callejas, además, el examen hipnótico practicado revela otros rasgos sorprendentes de la psicopatía, escuche por favor: paciente con dilogías (pensamientos de hasta triple sentido) recurrentes y climacofobia...
—¡Terror  las escaleras! ¡es raro y desconcertante!—interrumpió Callejas sacándose sus lentes de carey–. Sí, doctor—replicó rápidamente Lino—además se ve bradisiquismo y acalculia en el paciente.
—Bien, Lino, eso significa que el paciente tiene sus funciones conscientes lentísimas—dijo conciliador Callejas–...bueno no digas más. Estoy de acuerdo con tu iniciativa. Busca información de su familia; por ahí podemos dar con el diagnóstico y la terapia correcta a seguir. Según se me informó fue traído por una ambulancia de bomberos... ¡No sabemos ni su nombre!... ¡¿Ningún familiar se ha apersonado hasta ahora?!...¿Ah?...—. Lino moviendo la cabeza, dijo no. Trató de evitarse responsabilidades al afirmar que hubo cierta negligencia de quienes lo trajeron al hospital la madrugada del domingo pasado...
— ¡No dejaron ningún tipo de información acerca de qué le sucedió al paciente; creyeron que era un epiléptico... Nadie sabe de él...—acotó inaudible, Lino.

El Dr. Callejas ante este impase se contrarió e interrumpió la reunión intempestivamente enmudeciendo a Lino; éste, para salir del inusitado apremio se puso de pie y agradeció tímidamente a su jefe por permitirle ampliar la investigación a la familia del paciente...—Lo indagaré, doctor”—le dijo avasallado. Callejas lo despidió en la puerta de su oficina no sin antes, involuntariamente, sentir el perfume refrescante que dejó el vanidoso Lino al despedirse, una mezcla de cítricos, lavanda y tabaco. Al mirar cómo Lino se iba por el silencioso y largo pasillo del hospital, pensó en la solemnidad de sus gestos, su docto hablar y en la impecabilidad de su guardapolvos blanco..."¿Acromatopsia...narcolepsia... oligosalia... insomnio? ¿Cuál habrá sido la causa que enfermó a ese joven?" pensaba. La mente de Callejas retornó al informe escrito que había leído antes de la reunión con el prudente Lino y de lo que sí estaba seguro era que el enfermo había sido sobreexpuesto a un estrés prolongado; no había duda. "¡Qué trío de números coincidentes para esta historia clínica: 333! acaso, ¿no es sibilino?” especuló antes de continuar con su trabajo.
En los pabellones del hospital de altos ventanales de madera y jardines rodeados de cocoteros de bases blancas, la noche con su dosis de barbitúricos promovía un sueño que emanaba de las almohadas de los internos. Lino abandonó el consultorio para retirarse a su domicilio al haber culminado su turno. Yendo hacia la salida del nosocomio público iba despidiéndose de algunos colegas que cruzaban su camino y al ver a un joven enfermo que era llevado en camilla a emergencia psiquiátrica recordó su caso 333 y caviló preocupadamente que su licenciatura en psiquiatría peligraba. Obviamente el Dr. Callejas no estaba contento con los avances, ¡El más difícil hasta hora! Evocó momentos no muy lejanos de plena satisfacción y orgullo cuando su apellido era sinónimo de altos méritos académicos en la Facultad de Medicina de San Marcos. Antes de salir a la transitada calle una tenue melancolía empezó a fastidiarlo..."¡Hasta mañana, doctor Lino!"; se despidió sonriente José Lung, el menudo empleado de la sección archivos del hospital, quien también salía. Lino le sonrió sorprendido pues no se percató de él, ambos se acercaron y hablaron cortésmente un momento; después se despidieron. El inquisitivo Lung era quien le facilitaba cómplicemente a Lino las historias clínicas de antiguos casos célebres para sus investigaciones psiquiátricas.

III
En agosto, en Lima, el invierno humedece sin piedad los pulmones. En esos días fue que Yazuke recién se inscribió en el concurso. Era el tercer mes, el último de la convocatoria y decenas de miles de jóvenes ya habían intentado superar los elucubrados test on line para llevarse el dinero. "Tres premios: ¡5000, 3000 y 1000 dólares!", decían ilusionados los muchachos participantes preguntándose ¿qué harían con tantos verdes sí ganaban? Yazuke, si lo pensó; él se compraría ropa italiana, una IBM con chip ultra miniaturizado y se mudaría a otra pensión más cómoda. El concurso se llamaba Web Maratón y lo organizaba The TeleGlobe Corporation, una transnacional “líder en tarifas planas para Internet”. Cualquiera que supiera navegar por la red podía participar. El concursante era sometido a dos test que desafiaban gradualmente su capacidad de síntesis, velocidad de digitación y resistencia física. Las bases daban por ganadores a los tres más rápidos internautas que durante 12 horas continuadas abrieran la mayor cantidad de webs y las definieran en máximo diez palabras. Si la respuesta era ambigua o demoraba más de 8 segundos y 50 centésimas, la eliminación era automática.
Fue fácil para The TeleGlobe organizarlo. Sus tecnócratas habían dispuesto en su sede de La Molina, una central de potentes servidores web con veloces routers Cisco para que los concursantes puedan acceder a través de su portal y desde cualquier parte de Lima conectado a Internet a las más de 2000 millones de webs clasificadas por grupos temáticos. The TeleGlobe dispuso además, para la masa popular, decenas de cabinas públicas asociadas diseminadas en los conos de la ciudad equipadas con fibra óptica y líneas dedicadas de 275 Mbps (requisito mínimo exigido), cuyos dueños se integraron al concurso con substanciosos contratos. El marketeo de la Web Maratón que se hizo por tv, radio y prensa escrita indicaba que el concursante que pasaba el primer test –el de menor dificultad– tenía a su disposición 12 horas de Internet ¡Gratis! para seguir entrenándose durante una semana y acometer con éxito el test final que era la maratón propiamente dicha.
Naturalmente que en esta multitudinaria puja de tres meses se fueron eliminando miles de adolescentes entre quienes se encontraban: autosuficientes, criticones, disidentes, tardones, omisos, curiosos y sobre todo, muchos incautos; siendo el primer test el que permitía intentar pasarlo las veces que se quería, siendo esta prueba inicial la que dejó hacer a los dueños de las cabinas su ´agosto monetario´.

IV
En el hospital psiquiátrico un adelantado sol primaveral hizo que el frío huyera y más pacientes salgan a pasear por los jardines. Pero el joven enfermo no podía solearse, estaba recluido, sedado, sentado en su cama blanca. Su mirada insomne parecía buscar impacientemente la nada en cada enser, área, línea o vértice de la habitación. A veces sus pupilas se abrían lerdamente a la realidad pero en segundos regresaba a su ajenidad buceando nuevamente entre los extravíos enclaustrados en su cabeza. La lividez de su rostro perlado era cada vez más tísica. Lino y el personal auxiliar sabían que en sus noches de respiraciones febriles gemía bajito como para que no lo escuchasen. Pero: ¿El adolescente estaba curándose con la psicoterapia? ¿El hospital, era un lugar propicio para guarecer su locura con origen todavía desconocido? ¿El paciente tenía suerte porque comida, cuatro paredes blancas, dos colchas siempre albas y una almohada verde olivo donde recostar su cabellera a lo rey Arturo, así nomás no lo tiene cualquiera?...
¡No!... ¡Oh, no!...pobre muchacho. El sedante que se le aplicó cedió. Se puso tenso; muy tenso porque un sinople martinico ojos de sapo y risa hilarante hacía ágiles cabriolas en su cama... ¡Él no supo de dónde había salido! pero le pareció que había estado todo el tiempo oculto dentro de su colchón; ¡Sí, es él! ¡Es uno de ellos! Él sabía que allí entre el relleno de lana habitaban millones de ácaros digitales que en las noches se comían finísimas láminas de su piel infectándolo de virus informáticos. Desde la tarde del lunes en que despertó este duende jocundo y diabólico lo asusta, carcajea como si regresara de orgiásticas siestas dispuesto a hartarlo. El muchacho no quiere mirarle los ojos y el martinico empieza a jugarle: desde el extremo izquierdo de la cama y con cortas volteretas se va acercando por el costado vadeándolo, llega a nivel de su vientre y de una sola voltereta... ¡zas!, regresa a la zaga, por sus pies. Desde allí, agilísimo, salta al extremo derecho y reinicia el desesperante el alucinado ejercicio; así, profiriendo procaces insultos contra el muchacho continúa con ciclos de cabriolas hasta acercarse poco a poco a su rostro; cuando los ojos de ambos están muy cerca... ¡Zas!, voltereta mortal hacia atrás hasta sus pies. Nuevamente, salta entre los extremos y continúa así a mayor velocidad hasta aturdirlo. Y el martinico se ríe con más ganas y empieza con su rayado bisbiseo latoso: —No seas idiota chivín, busca una PC y teclea en Internet papagayopardo.com... ¡ya verás, ganarás...! ¡Apúrate, baja de tu cama, yo te enseñaré dónde!—El pánico surgido ante el espantoso duende no permite al adolescente ni respirar, siente una corriente nerviosa que sube por su pecho que lo asfixia; el sinople está tan cerca que ya que se va a meter dentro de su ropa; el enfermo siente que las líneas rojas que delinean los ojos de lagarto, su piel arrugada y patas puntiagudas se introducirán en su boca; y el susurro aterrador resuena en sus tímpanos: "—...sé dónde hay una PC, vamos chivín;... ¡sígueme idiota!”—...
—¡No, por favor... váyase... váyase!—le rogó en un habla que él solamente entendía; cerrando fuertemente los ojos. —Cuando me desaten iré a buscar su web—.

El dolor de sus omóplatos se acentuaron y creyó que una tonelada de ácaros de su colchón pesaban en sus hombros como si millones de ellos hubieran culminando de escalar victoriosos una empinada cuesta...
—¡No, déjeme, no se meta en mi boca!...¡Noooo!– sonó quebrado su inentendible ruego en la habitación. —¡Váyase, déjeme!...—su voz atimbrada cambió a llanto puro; un lloro desconsolado y sobrecogedor; gemía como un bebé retorcido por el miedo, muy doliente...
—¡Dios mío... Dios!...¿Qué te ha ocurrido, niño?...– dijo horrorizada la enfermera de servicio que escuchó su voz y llanto y vino corriendo desde su oficina.

De inmediato, ajustó aún más las correas que sujetaban el cuerpo convulsionando del paciente y cerciorándose en la hoja clínica 333 que colgaba en la baranda posterior de la cama, le inyectó rápidamente una solución de alprazolam y clomipramina para rebatir el pánico y la compulsión (por las PC)... a los pocos minutos el enfermo estaba dopado pero aún despierto. La enfermera notó que el rostro del joven estaba congestionado con expresión de sufrimiento y desencajado por las mandíbulas babeadas y contraídas; lo helado de la piel del joven le crispó sus cabellos lacios; de súbito, observó que por debajo de las colchas una mancha amarillenta iba creciendo, mojando las sábanas. Ella aun no repuesta del susto salió apresuradamente de la habitación en busca del doctor Lino.
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Es el primer miércoles de setiembre y esta vez la figurilla hindú no estaba en el escritorio sino en la antigua repisa caoba, detrás del Dr. Callejas. No le sorprendía eso, el director del hospital cambiaba ex profesamente su ubicación a distintos muebles de la oficina. Otras veces la había visto en la vetusta biblioteca o en la parte alta del armario metálico; o bien, en el perchero astillado. La seriedad del Dr. Callejas, nunca le permitió a  Lino preguntarle el porqué de esos caprichosos cambios de lugar de la gárgola del Ganges.
—Dr. Callejas, seré breve. Se trata del paciente 333...—dijo Lino, irrumpiendo en la oficina.

Esperó que su jefe termine de firmar algunos documentos y le tome atención. Le informó de la severa crisis epiléptica y las extravagantes alucinaciones sufridas por el adolescente el día de ayer en su habitación. También le dijo que las dosis antiepilépticas iniciales habían sido incrementadas porque las ondas cerebrales del paciente estaban alteradas en la región occipital y que, de acuerdo a las indicaciones de la reunión anterior, el interno no reaccionaba favorablemente a las intensas sesiones de balneoterapia...
—Lino, ¡El caso ha empeorado!—dijo a rajatabla el Dr. Callejas—. Variaremos la terapia que estábamos siguiendo por otra alternativa que ha tenido éxito en psicosis idiopáticas; con esto trataré de evitar que el caso se nos vaya de las manos...—Dante Callejas hurgó el aplomo profesional en su pupilo pero notó en su rostro, más bien, un mar de dudas...
—¿Qué pasa Lino, acaso no puedes determinar el diagnóstico?...— prosiguió el Dr. Callejas muy disgustado. —¿Qué habrá en esa web del que habla el enfermo?...¿Cómo dices que se llama?... ¡papagayopardo!...averígualo... ¡¡Para hoy!!...¿me entiendes?...¡El diagnóstico lo quiero hoy!-.

El vozarrón del director, era áspero, casi ofensivo para el orgullo de Lino y él sabía que se le venía una andanada...
—¡Apresúrate, Lino!...¡no nos sobra tiempo ni lugar aquí!... ¡ya tenemos cuatro días con este paciente, sin saber qué lo enfermó!...¿qué haces con tu tiempo?...¡tu sabes que te preferí entre mis médicos para que resuelvas este caso y elabores tu tesis!...¿cuál es el diagnóstico del caso 333?...¡si no puedes determinarlo regresa a tu facultad a estudiar lo que no aprendiste, Lino...tú decides!...

El Dr. Callejas se mostraba despectivo y arrogante; esgrimía, ahora, ese otro duro aspecto temido por sus antiguos subordinados: el que aberra las fallas, el exigente a ultranza; el que puede explotar inusitadamente. Sin dejar de mirar fijamente a Lino, Callejas se levantó violentamente del escritorio y abotonándose el saco le indicó a éste la puerta para que se retire; Lino, avergonzado, antes de salir, se disculpó aceptando –para no empeorar su situación– su aparente incapacidad profesional. No quiso explicarle a su jefe que sus días estaban atiborrados de otros casos clínicos (tenía a su cargo, simultáneamente, 35 otros psicópatas entre suicidas, esquizofrénicos, dementes seniles, fármaco dependientes y drogadictos); pero le ofreció darle el diagnóstico del paciente 333 en un plazo de 24 horas.


V
Cuando Waldo descendía del tercer piso se dio el susto de su vida: su compañera la que montado en ella lo hacía creerse corredor de fórmula uno, la bicicleta plateada de flecos rojos y blancos había desaparecido; ¡No estaba donde la había dejado! encadenada a una reja. Achinó los ojos y metió los hombros como queriendo auscultar el ambiente... solamente sintió las rastras del vientecillo del atardecer rozar sus orejas y oyó el murmullo arrullador de los pajarillos guarecidos en las arboledas que rodean las viviendas. Asustado, terminó de descender el último escalón, pero nada: ...su bici Monark, ¡había sido robada! Corrió por la vereda central de los bloques de casas de tres pisos buscándola en una y otra dirección. ¡Nada! Rabia, frustración y desconcierto se colaron en su ánimo no dejándolo razonar. Trotó lo más rápido que pudo hasta la avenida principal colindante esperanzado en avizorar alguna seña del hurto. Instantes después, regresó cabeza gacha pensando que con tanto vericueto en estos condominios vecinales, su bicicleta le había sido robada sin dejar huellas...— ¡Ladrones de mierda!... ¡15 años repartiendo correspondencia y hoy me la hicieron!... ¡justo hoy que debo visitar a mi Yazuke!— vociferó. Algunos vecinos que iban y venían por allí se dieron cuenta de lo sucedido y le aconsejaron ir a la dependencia policial. Otros, lo miraban con caras incrédulas por la brutalidad de haber pensado –según les argumentó– que por aquí no había ladrones. José Waldo les hizo caso y ofuscado se alejó de ellos por la calle que va hacia la delegación rengueando maltrecho pues los maléolos y las rodillas le ardían por las correrías realizadas en su vana búsqueda por los vericuetos de ese condominio en San Isidro, un distrito limeño.     
Caminó deprimido observando cómo las calles con jardines y arbustos eran sombreadas por la noche a la vez iluminadas artificialmente por faroles de luces amarillas (sujetó fuertemente su mochila con ambas manos, por sí acaso), pensaba en ¿cuándo se jubilaría? —Falta mucho. Unos 10 años para dejar esto...con los 15 centavos que me pagan por correspondencia entregada no resistiré más. Con las justas entrego 100 a 120 al día y encima mi empleador me paga por partes, cuando le da la gana...— Y pensó en su querido Yazuke otra vez. —...Ojalá, se acuerde de mí cuando se gradúe de economista y me lleve a vivir con él...—. Se detuvo unos momentos sintiendo agitadas palpitaciones en su cuello al ver a unas personas que venían a su encuentro y se dijo: — ¿serán los ladrones de su Monark?—eran estos unos jóvenes mal trajeados con fintas de delincuentes, con miradas soslayadas y huidizas. —No. No son estos. ¡Pero si agarro a los ladrones, los quemo, carajo!...—; maldijo en voz alta su pobreza y su suerte. Luego de un momento estaba en la esquina que ya conocía la que había cruzado miles de veces por su trabajo de cartero desde donde divisó la delegación policial.

VI
Yazuke se creía ganador. Había pasado el primer test ¡Al segundo intento! Sin embargo, sé impresionó por el azul metálico que dominaba la pantalla de la Active IBM. Tecleó el inicio de la ruta de temática binaria 101011 y en menos de cuatro segundos se desplegó una gran estructura ramificada de carpetas cada cual con miles de páginas web. Observó su incansable reloj: 08:00:10 y los nervios le impedían dar el doble clic para empezar. Sintió sus dedos herrumbrados y la vista se le nublaba por la emoción. Encerrado en una cabina de Internet, concentrado para evadir el bullicio de otros jóvenes participantes que se habían congregado en Shopnet –un negocio cercano a su universidad en donde a los clientes les sirve jarritas de cerveza para que naveguen alegrones–; la mañana del último sábado de agosto, se lanzó a competir, a navegar cuidadosamente resumiendo sin errar el contenido de cada web del segundo y definitivo test para llegar triunfante al final maratónico...
www.hagacaca.com, Yazuke vio que era una web que mostraba un millar de formas de hacer más placentero ese trance entre mayólicas; velocísimo digitó la respuesta en una caja de diálogo cerca de la barra de estado: “1000 maneras de defecar"; ¡ok, Yazuke!–el browser aceptó la respuesta, cerró la página y al instante le abrió la siguiente: www.masdelomismo.com: “próxima generación Internet”, ok.  www.jodarico.com: ¡friegue según el lugar y  circunstancias!, ok. www.tesoros.com...”con imágenes satelitales encuentre tesoros en su país", ok. ¿pornografiapreinca.com?...”la fecundidad agrícola Mochica”, ok. www.radiovirtual.com: “programe 24 horas su música favorita", ok. www.novelastodoeldía.com: “24 horas de novelas latinoamericanas", ok.
Esta primera ruta elegida le pareció intrascendente a Yazuke y la impaciencia le dictó seguir diferente temática. En un clic tecleó otro binario (el reglamento de la maratón no se lo impedía)...: www.timbagame.com: “¡en todos los juegos usted gana!”, ok... www.sepelios.com: “si está en el extranjero y los negocios se lo impiden, asista al entierro del ser querido vía Internet”, ok...www.voyagernasa.com: “conduzca la nave especial que lo llevará a los confines de la galaxia”, ok...www.bandeiras.com: “siga en primera fila todos los carnavales realizados en Río”, ok...
Continuó así por unos minutos, respondiendo acertadamente una veintena de webs. Mientras surcaba el océano Internet deseó bajarse fotos de Spears, Garbo, Marilyn; textos legendarios de la Ciudad perdida de Ur, Gilgamesh o La Septuaginta; mp3 de Rolling Stones, The Beatles y Led Zeppelín; chatear con Madonna, Pausini y Ronaldinho; contestar encuestas sobre Hussein y Bush; Bin Laden y Alqaeda; participar en foros de Hollywood, de El Oscar, La Cumbre de La Tierra en Kioto; suscribirse a Nintendo, Sega. Sentía su respiración acompasada al su vertiginoso tecleo a pesar que sus dedos estaban violáceos por el frío del invierno que llegaba desde la calle, toda la mañana sus dedos fueron patas gigantes de arañas que desbordaban ubicuas el teclado negro. Después de definir certeramente muchas webs de diseños multicolores y de recargadas fotos se decidió por la ruta élite (así la habían denominado los organizadores por ser la de mayor dificultad y la que otorgaba mayor puntaje)...www.parlarilustre.com: “chatee con celebridades de todos los tiempos", ok. www.codicesnegros.com: “manuscritos siniestros que revelan a Satán”, ok. www.clínicafaro.org: “señoras muestren sus senos en la terraza y le harán una mamografía satelital gratuita”, ok…
Observar por momentos su Casio mientras digitaba cundía  de  nerviosismo sus piernas las que ponía tensas. Había pasado de largo el mediodía... ¡y no tenía hambre! Y seguía…www.cuántossomos.com... Yazuke sabía quiénes eran, pero prefirió salir de la ruta élite... ¡Nada que ver! Ensimismado con el paso de las horas en ese frenesí digital frente de esa pantalla azul se había olvidado de quien era; pero él quería ganar tal como lo enfatizaba el mensaje marketero de la maratón: “¡Sé un triunfador!, The TeleGlobe, es Internet: ¡Internet lo es todo!”... Aguantándose la urgencia de orinar, a su vez, ordenó para sí más cerveza; continuó ruteando más webs en los siguientes minutos digitando a 14700 pulsaciones por hora... ” ¡Todo es fácil!”, se dijo entusiasmado por lo bien que le iba...
Las horas corrieron como minutos cayendo como toneladas de concreto sobre sus manos, hombros, brazos, vista y coxis. Siguió tecleando y bebiendo y ante sus alucinados ojos desfilaron más y más webs de todo género: algunas de literatura le causaron indiferencia; otras de deportes, enojo; muchas de ciencia asombro; vio hartas de arte, curiosidades y caras frecuentes de la televisión con hipócritas sonrisas. Así, atento a la pantalla prosiguió digitando sus respuestas:... “inscríbase para el primer tour por la órbita terrestre”, ok... “¿Quién traicionó al Che?”, ok... “¿El apóstol Juan, ¿una mujer?”: ok…”astronomía Hubble”, “...sociedades secretas”, “...Área 51: Ufos”, “...modas y modelos de Kenia”, “... bewitchet: Samanta y familia”, “...cuerpos femeninos del Decamerón...ok, ok, ok (miles de ok más). El tiempo se fue más aprisa y desfilaron por sus ojos ya rojizos, muchos ok... ¡No se percató que la tarde, ya había sido!
Fue la última vez que miró su reloj. Y en tanto seguía respondiendo al browser su iracundo sistema nervioso le indicó que ya era de noche; qué hace rato debió salir de la cabina; qué ya no debía beber cerveza Cusqueña; qué sus manos pegajosas y brillantes ya no le obedecían; qué debería dormir a pierna suelta toda una semana; qué su sufrido tío José Waldo había contribuido con sus 43 kilos de peso trayéndole 157 sanguches con queso gruyere en lo que va del año; qué sus ojos le ardían como si hubiera visto, sin protegerlos, 20 horas de sol en la playa La Chira; qué su cuerpo era estatua de bronce... ¡Que hubiera merendado en el intermedio reglamentario de 30 minutos, a mitad de la maratón, y no sacrificarse para no perder!...
De súbito, en la pantalla, apareció un mensaje titilante en letras rojas que decía: ¡¡¡Felicitaciones Yazuke, has obtenido el primer puesto!!! De acuerdo con el récord que figuraba en un extremo de la pantalla azul había acumulado 13% más del puntaje necesario para ganar la maratón. Moribundo, sin exhalar palabra alguna de la contundente emoción, Yazuke Madueño quedó extático en el asiento de la cabina; lo último que sintió fue un maretazo destrozándole la nuca. Alrededor de él el miedo afloró entre los muchachos que se arremolinaron detrás suyo y lo habían alentado durante el concurso al verlo que iba avanzando progresivamente la carrera digital. Miedosos, lo vieron caer al suelo, rígido, sacudiéndose violentamente con abundante baba en su boca y dando inentendibles gritos agudos...
—"¡Yahoo!.. ¡Yazuke ha ganado el segundo premio!"—corearon otras fuertes voces provenientes de distantes cabinas que se enteraron de la hazaña  sin ver lo que le ocurría al joven pelo rey Arturo.

Los que estaban cerca del accidentado esperaban nerviosos la llegada del auxilio que el exaltado encargado de Shopnet ya había solicitado telefónicamente; ellos abrigaron el cuerpo de Yazuke por lo aterido que se estaba poniendo. Un ulular lejano pronto se convirtió en estruendoso: — ¡Ya llegó la ambulancia!... vamos a subirlo... ¡despacio! ¡con cuidado!...¡cojan a un lado su cabeza!— gritaba un robusto bombero.
El alboroto en Shopnet era atronador; los adolescentes confundidos se compadecían del chinito pelo rey Arturo: "¡Qué flaco está! ¡Cúbranlo bien que afuera está lloviendo!... ¡No respira!... ¡Se ha orinado!". Los serenos bomberos que se abrieron paso entre los muchachos, tuvieron que romper un tabique de la cabina donde había quedado recostado el cuerpo de Yazuke para obrar mejor; lo colocaron en una camilla verde y lo trasladaron con dificultad –por el alboroto reinante– a su vehículo y rápidamente cerraron las puertas de la pequeña ambulancia. Dijeron que se lo llevaban a "emergencia" y se fueron.
El tumulto que causó el accidente de Yazuke rompió la calma de esa discreta avenida donde se ubica Shopnet. Un mensajero –esos que sin mirarlos mucho uno sabe que van adoloridos por la vida– que momentos antes había culminado su jornada de trabajo por esa zona trató de averiguar lo que había sucedido en ese negocio de internet; pero los jóvenes aún nerviosos por el incidente al verlo pobretón no le hicieron caso; el cartero desairado y molesto se fue apresurado al paradero de buses; allí abordó uno que lo trasladaría a la oficina postal del centro de Lima. Eran alrededor de las 10 de la noche de ese sábado tristón.
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Esa Mañana, José Waldo se sorprendió de lo tétrico que estaba el consultorio del hospital: solamente había un gavetero y un escritorio donde el doctor Lino estaba esperándolo. No vio ni equipos, ni instrumental médico común a todo nosocomio; reparó en un viejo diván de cuero negro que estaba a un costado. "¿Aquí, atienden a los locos?", acertó a la primera. Saludó a Lino hasta donde la cortesía le dio y se sentó por invitación de éste. Empezó diciendo que él al igual que su sobrino vivía solo, en una habitación por el cono sur de Lima y que al parecer su soledad era una especie de ´herencia familiar´. Le dijo, que recién hoy se había enterado de lo sucedido por boca de la señora de la pensión de su sobrino, y... se desahogó cabizbajo casi entre sollozos ante el futuro psiquiatra:
—¡Todas esas cosas lo han trastornado a mi Yazuke, doctor!...—farfulló José Waldo acomodando su mochila de cartero en el suelo. Compungido trató de alegar su inocencia en esta desgracia y más bien, probar su dedicación a él. —Me siento culpable porque la mañana del sábado pasado no pude convencerlo para acompañarlo a la cabina Shopnet, a ese maldito concurso de internet... discutimos, yo...yo le dije que no fuera y él se molestó por eso lo deje ir.

Los gestos exagerados que deformaban su rostro resaltaron aún más las líneas de su perfil andino...y continuó:
—Yazuke, desde que vino a Lima ha vivido solo en una pensión universitaria...él así lo quiso... ¡se obsesionó por internet!...mi sobrino se emocionaba con cada cosa que descubría en internet... en nuestras charlas de los sábados desvariaba; hablaba como un lorito de DVD, e-commerce, B2B, B2C, geogle.com...; él repetía hasta el cansancio que lo único malo del teléfono celular es que para comprar por internet, tiene que digitarse tres veces más que en un teclado de computadora (?)...¡cuántas veces le repetí que no se encierre mucho tiempo en las cabinas!... ¡Qué terquedad doctor!.

Lino, lo miraba absorto, angustiado porque recordó que su ofrecimiento al Dr. Callejas para dar su diagnóstico sobre este caso había vencido ayer; y justo hoy, mañana de sábado, había aparecido este sujeto quien al borde de las lágrimas (y ropas desaliñadas) decía ser tío del paciente 333.                        
Alrededor de una hora, estuvo Lino, interrogando a José Waldo en el consultorio contiguo al cuarto blanco donde estaba Yazuke; tiempo en que además trató de detectarle algún tufillo de alcohol o rastros de oculta psicopatía. Se extrañaba cómo una persona de aspecto pobretón, bien de barraca, hablaba con locuacidad y propiedad sobre internet. Y lo dejó que siguiera hablando...
—Yo, trataba de hacerle ver la realidad—dijo serenándose José Waldo al notar que Lino ya estaba convenciéndose que le hablaba la verdad. Aquél señor le dijo que los extranjeros que venden internet, estaban desesperados por recuperar su inversión mundial y que el pueblo era ´suculento manjar´ para ellos. — Yo seré pobre pero me las ingenio para leer las revistas de internet que reparto día a día... ¡tantas veces traté de hacerle entender a Yazuke que erradicar la pobreza no es negocio para los gringos!...Yo soy mensajero, doctor, tengo más de 15 años en esto; yo subo a los cerros, voy a las barriadas todos los días; allá la gente no tiene ni para el menú pero si tiene para un par de panes—.

José Waldo para dar énfasis a lo que decía, fruncía el ceño y levantaba asimétricamente los brazos cerrando los puños como si cogiera un supuesto fusil, mostrando también, zurcidos inoportunos en las mangas de su muy usada camisa a cuadros marrones.
—Sinceramente, doctor; es muy probable que para participar en esa maratón Yazuke tuvo que practicar mucho; la habilidad se consigue navegando hora tras hora; creo que mi sobrino...ha dejado hasta de comer, sino...¿con qué pagó el uso de las cabinas de internet?...últimamente lo veía muy flaco; cada sábado en la mañanita le llevaba sus sanguches de pollo y queso con yogur... ¡más, no podía darle doctor!, ¡No tengo dinero!...¿cómo dijo que se llama usted?...doctor Lino, ah sí...—. José Waldo, se esforzaba ahora por conseguir su propósito ansiado: que el hospital le dé crédito para cubrir los gastos de internamiento de Yazuke, hasta que venga a verlo su padre que residía en el Cusco, una provincia al sur de Lima.
—Bueno, señor Waldo traiga al padre del muchacho. No sabemos cómo reaccionará al tratamiento inicial en que se encuentra—enfatizó cortante Lino quien deseaba hacer su informe final y entregarlo al Dr. Callejas para definir el diagnóstico y empezar la psicoterapia definitiva. —Si puede, venga todos los días, la salud de su sobrino es delicadísima...

Ambos transpusieron el umbral del consultorio y en los pasillos del hospital el sol resplandecía sobre el piso, paredes y las bancas de madera para pacientes; se despidieron. Lino, se dirigió al comedor de médicos para almorzar y en su trayecto después de salir a la explanada en donde había numerosos público que, como en cualquier hospital nacional, busca en los distintos consultorios cura segura para sus familiares; cruzó los mustios jardines huérfanos de las manos de un jardinero y pensó “quizá, estos jardines también estén enfermos”. Algunos internos que circulaban por ahí lo saludaron con sonrisas afligidas; otros se acercaban y le exigían algo, siempre algo y él trataba de calmarlos animosamente. El calorcito de mediodía lo reanimó. Al atravesar el pabellón de fallidos suicidas sintió que de los cuartos salían auras fantasmagóricas, esas que estaban allí detrás de cada puerta o ventana. 

VII
Todos los lunes de agosto el hospital para insanos mentales parece una colorida feria dominical, pues allí se realizan campañas gratuitas a la comunidad en prevención de enfermedades mentales. Lino encontraba oportunos estos eventos anuales que realizaba el hospital -que empezaban muy de mañana y terminaban a media tarde- porque permitía escuchar los problemas de mucha gente que no tiene dinero para una consulta psiquiátrica. Y aunque ya sabía que la pobreza de los tugurizados cerros, el generacional desempleo, el alcoholismo mísero y el consumo de drogas blancas, eran las causas que desquiciaban a esas personas, hoy, en la mañana antes de iniciarse la campaña, tuvo  la esperanza de encontrar una razón distinta, algún factor escondido que desencadenase o promueva aquello que había descubierto en su intrincado caso 333; aquel que tenía en sus manos más de una semana... pero, no lo halló.
Después de finalizar la campaña gratuita se fue a  merendar a  su consultorio; eran  ya las 6 de la tarde, cogió del escritorio su fajo de historias clínicas y empezó a repasar mentalmente lo que iba a informar acerca de su tesis, el caso 333. Salió y se encaminó pensativo por los pasillos del hospital rumbo a la dirección. Cerca de allí observó a cierta distancia que el Dr. Callejas acababa de terminar una junta médica; antes que éste lo viera tiró hacia atrás los hombros y con el cuerpo erguido y duro se dispuso calculadamente a abordarlo. Después de saludarlo con respeto, y ya sentado frente a él, le informó detalladamente acerca de la evolución de los otros casos clínicos a él asignados; dejando para el último,  -después de casi 30 minutos de rendir informes-, el del adolescente Yazuke Madueño. La gran tensión que lo dominaba no le permitió ver, cuando entregaba a su jefe la historia clínica 333, que la gárgola estilizada del Krisna, giraba lenta ahora a un costado del teléfono del escritorio.
—... Dr. Callejas—continuó parco Lino, afectándose de sostenido aplomo...—para determinar el origen de la enfermedad del paciente 333 denominé Shopnet a las sesiones de psicoterapia del paciente ya que él cree estar aún en la cabina de internet en donde tuvo su primera crisis epiléptica; él me confunde como el empleado de esa cabina y le sigo la corriente, doctor...esta estratagema aunada a los datos que me dio un tío del paciente acerca de su historia familiar y de su obsesión por internet me han permitido llegar al diagnóstico... La psicopatía en ciernes es de etiología nueva: ...el origen de la esta psicosis es la sobre exposición a internet...calculo unas 450 horas casi continuas en tres semanas; es decir, 20 a 22 horas diarias...—. El Dr. Callejas, cauteloso escuchaba sin mirar a Lino. Mientras se frotaba el mentón de barbas canas analizaba cada línea del informe-diagnóstico que tenía en sus manos. Arqueaba las cejas cada vez que se decía entusiasmado:
—... ¡Interesante!... bien... así es... ¡ok!... ¡adición a internet!...ya, ya...—de improviso, movió negativamente la calva...— ¿Lo causó una maratón en internet?... ¡ah...está claro!...no hay vuelta que darle... ¡Este es el diagnóstico!

Lino, sintió que el caso había arribado a buen fin. El Dr. Callejas, se acomodó los lentes redondos sobre su prominente nariz y mirándolo fijamente, dijo lacónico:

—¡Bien, Lino! ¡Punto para ti! ¡Excelente y certero diagnóstico!... ¡Felicitaciones! Yo también creo lo mismo. Es más, he leído en The Journal Medical –una revista inglesa de actualización psiquiátricade este mes, un reporte que dice que en Inglaterra, Japón y EEUU, en donde Internet está masificado, ha aparecido esta psicopatía... Bueno, te haré llegar las instrucciones definitivas a seguir y harás el seguimiento a la psicoterapia; si hay algún inconveniente coordinamos su solución. No olvides la diosmina para tus crisis hemorroidales, Lino.
—Gracias, Dr. Callejas por seguir confiando en mí– exhaló Lino tirándose un mechón de cabellos castaños de la frente hacia atrás. — faltó decirle doctor, que ese muchacho está sólo aquí en Lima creo que la falta de calor familiar y la ausencia de sus padres que viven en el Cusco han incidido para que este joven se enferme—.

Callejas no contestó y en cambio se ufanó por la determinación correcta del diagnóstico que lo hacía como suyo; invitó a Lino a salir de la dirección del hospital y en el pasillo central, mientras caminaban, Callejas empezó a filosofar...

—Mira Lino, no es misoneísmo de mi parte pero creo que la ignorancia acerca de lo que verdaderamente es internet, conjuntamente con los otros factores que dañan las mentes de los jóvenes de hoy, son sutiles alertas para nosotros, los psiquiatras, que nos advierten que una nueva locura mundial asolará a la gente en los próximos años, auguró preocupado el experimentado psicoanalista.

Siguieron alejándose por aquel largo pasillo; más allá el eco trajo el vozarrón del Dr. Callejas diciéndole a Lino que su tesis de grado estaba aprobada y que ya podían considerarse colegas; éste, agradecido le dijo que lo invitaba para el próximo sábado a celebrarlo en su casa. Callejas aceptó dejándole ver a Lino un buen humor infrecuente en él.
Por los ventanales de los pasillos laterales del hospital la noche pasaba fresca, sin frío. Algunos minutos después, los dos hombres de saco blanco entraron a un vestíbulo semioscuro de pisos de granito y paredes grises. Se encaminaron hacia el comedor de médicos a tomar café acompañado de sanguches pues ambos estaban de guardia nocturna. Afuera, las cabañuelas, repentinamente, impactaban contra los cristales.
...

DIAGNÓSTICO CLÍNICO:
En la historia clínica N° HPL–2002/SEI–333, Lino dictaminó su veredicto:
"Después de concluir la investigación neurológica completa –mediantes EEG, radiografías multiaxiales del cráneo, pruebas auditivas y visuales estándar– y evaluación del entorno familiar del enfermo se concluye lo siguiente: Psicosis aguda por adicción a internet, asociada a desnutrición perniciosa; con grave compromiso de las funciones del sistema nervioso central. El estado psíquico-neurológico muestra depresión permanente, síndromes obsesivo-compulsivos por el uso de las computadoras, claustrofobia, alucinaciones, ataques de pánico y otros trastornos de la personalidad... Las tomografías del encéfalo no muestran zonas epileptógenas o rastros de cicatrices, tumores o lesiones traumáticas...".
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EPÍLOGO
Han pasado varios meses desde que lo internaron y ya no tiene pelo a lo rey Arturo: está rapado. Su padre viene cada quincena del Cusco y le ha encargado a su hermano José Waldo para que vele por él. Su mal no cede porque al parecer se ha enraizado en su cerebro. El Dr. Lino –quien ya entiende sus infrecuentes y enredadas frases– lo llama cariñosamente Mr. web y Yazuke Madueño alucinado, casi mudo, sigue disciplinadamente a diario sus indicaciones: por las tardes, baños de agua fría con inmersiones y leves ahogamientos; en almuerzos y cenas, comidas basadas en pescado y mariscos; y cumple de memoria el programa de dosis  de carbamazepina para controlar las convulsiones; bromazepan, ciproheptadina y midazolam para los disturbios nerviosos y el insomnio. Lino –licenciado ya en psiquiatría–, intenta estimular metódicamente su razón adormitada y presa en su subconsciente con sillas giratorias y electrodos; pero Yazuke probablemente no volverá a recobrar por mucho tiempo su lucidez de adolescente. Aún se le ve ensimismado, confuso, balbuceante, con tambaleos al caminar y débil.
Un atardecer, cuando paseaba por los jardines del hospital con Lino, Yazuke quiso hablar; emocionado le dijo al psiquiatra en frases más entendibles su complacencia:
—... Doctor, prefiero estar en Shopnet que viendo televisión en mi casa...allí leo, juego, escribo, escucho música, voy al baño; y cuando tengo hambre, como...
Por estos días fríos en Lima, su mirada se ha tornado fantasmal y tierna.
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(Trozo de la sumilla del caso Nº 333 de: "MEMORIAS PSIQUIATRICAS-2002",  escrita por el Dr. Dante Callejas Rizo-Patrón):
"Le dije a Yazuke que internet jamás desplazaría a la TV, a la radio o a los diarios. ¡No me hizo caso!"  (José Waldo Madueño Almagro, tío)
"Aprendí que la falta de amor y la soledad fueron factores críticos en la psicopatía de Yazuke Madueño... El amor será la fuerza protectora que algún día restaurará su mente..."
(Dr. Lino Blondet Aubry)
"Todas las psicosis productivas en general presentan similares síndromes; por tanto, parecidos diagnósticos, pero en el caso 333 la sobreexposición a internet –nuevo factor exógeno– cual volapié destrozó arteramente la psique de ese joven... "


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