Una extraña psicopatía está dañando masivamente a los seres humanos. La "Historia clínica n' 333 revela que la adicción severa a Internet conduce sin remedio al frio sanatorio mental.
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| "Historia Clínica n° 333; fue escrito para Las Hermanas hospitalarias del Padre Benito Menni de Valladolid, España. |
MENTES ENREDADAS
HISTORIA CLÍNICA N° 333
I
El
graduado Lino tenía entre sus pacientes del antiguo hospital para insanos
mentales a un joven con inusitado síndrome en las historias psiquiátricas. Éste
se encontraba en la sección de esquizofrénicos y había sido separado del resto
de los dementes, cumpliendo el dictamen preliminar formulado por el Dr. Dante
Callejas -jefe del hospital- y del mismo Lino que resumía entre líneas:
"...El caso 333 es confidencial…la psicopatía debe tratarse con guantes de
seda y pies de plomo". Por el momento y gracias a la fenoteazina -camisa de
fuerza química- el paciente se hallaba plenamente sedado.
Por
esos días, Lino Blondet de 25 años, atravesaba el trance de terminar su tesis
que lo llevaría a la licenciatura en psiquiatría, y el caso 333 fue elegido por
él como referente importante por la singularidad de su sintomatología y
misterio en cuanto a su origen. Fiel a los rigores profesionales, decidió
solicitar autorización al Dr. Callejas para ampliar su investigación médica al
entorno del enfermo al considerar insuficiente la observación clínica empezada
dos días atrás -mañana del primer domingo de setiembre- cuando llegó el
muchacho preso de vómitos, pulso rápido, sudor profuso, semiinconsciente y
severas convulsiones; signos que hicieron pensar a los bomberos que le dieron
los primeros auxilios y lo condujeron al hospital, que era epiléptico. Lino,
que entraba de turno esa mañana ponderó de ´grave´ al joven confusamente
derivado esa madrugada de otro nosocomio. Por otro lado, su novel experiencia
médica –y la falta de tiempo– jugaba en su contra, él estaba desorientado por
un matiz de enrevesamiento de ese caso que impedía diagnosticarlo correctamente
y que le producían agudas crisis, dudando incluso de las tan mentadas Técnicas Modernas Psiquiátricas.
Mientras
tanto en otro lugar de Lima, un avisado y curiosísimo andante urbano hundía sus
adoloridos pies calzados en raídas chinelas. Ese era José Waldo. Zanquivano él,
hoy caminaba pesadamente enfrentando furiosas ráfagas de roca en polvo que
punzaban su cara y manos. Era mediodía y se desplazaba con abultada remesa
–mochila repleta de correspondencia ajena– por una zona limítrofe del cono sur
limeño. José Waldo miró su horizonte
y el arenal poblado a la vista le pareció una inconmensurable madriguera no de
hormigas ni de roedores, sino de gente: "25 mil familias humildes viven
aquí, por lo menos”... Ciñóse la chalina azul que el viento porfiaba en
quitársela, avanzó hacia el poblado por un sendero afirmado y limitado a
trancos por expósitos jardines –donde florecían más ripios que rosas– de las
primeras casuchas de 15 metros cuadrados construidas de material innoble.
"Este ventarrón es parsimonioso; ha destruido todos los cerros aledaños
pero no ha podido erosionar las almas de los que aquí le disputan su
propiedad" se dijo, suspirando de impaciencia. José Waldo, sonrió
convenidamente a un grupo de personas que metros allá lo habían divisado.
“Estos lugareños parecen hechos de arenilla... ¡Hasta son del mismo
color!" admitió. Algunos de éstos, los que tardaron en reconocerlo,
detuvieron su rutina para observarlo y determinar si estaba ebrio o no: su
caminar basculante confundía incluso a los vecinos que ya sabían que era el
cartero. Pero todos esperaban de él correspondencia de quien sea. Lo que nadie
sabía y José Waldo lo supo desde su adolescencia, era que su perfil estaba
giboso por impertinente capricho trabecular huella de su anterior empleo de
estibador al que se le sumó en carga montón: el peso cotidiano del morral, el
cansancio crónico, el residual hambre de días y la ofuscación por este inmenso
arenal parcelado por viviendas que hacía la búsqueda de destinatarios tediosa y
atomizada. Entró al tugurizado poblado..."Aquí, la gente vive con un dólar
diario" denostó ceñudo abrumado por la pobreza que advertía a su paso, no
sabiendo por qué su pensar asociaba esta aseveración inmediatamente con
Internet." ¿Quién en este lugar puede tener 550 dólares para comprarse una
PC?... ¡Ninguno!... Imposible realizar lo que en Brasil ha hecho el gobierno:
vender computadoras subsidiadas a lo más pobres". Al empezar su labor de
reparto de sobres maldijo acremente al dinero porque siempre lo sabía huidizo y
se puso más cejijunto aún.
Al transcurrir la
tarde, chismosas misivas; insolentes notificaciones de embargos (?); coloridas
revistas de tv–cable; brillantes folleterías de supermercados y otras
correspondencias, iba entregando José Waldo una por una, como la arena que
sutilmente se metía entre los dedos de sus pies. Él hacía su trabajo de memoria
pues conocía bien la zona; así, cruzando altibajos pasajes; saltando charcos
malolientes; viendo niños semidesnudos desafiando el frío jugando fútbol; y,
aparentando ser avezado rufián, para ir por recovecos donde moraban refundidos
delincuentes, su afinada vista ubicaba una tras otra las alfanuméricas
direcciones domiciliarias cumpliendo su tarea eficientemente. "Gracias a
Dios que estas direcciones ya están en el catálogo del servicio postal sino,
¡pobre gente!, no tendrían cómo cartearse con sus familiares"... Al caer
la tarde había concluido su lote de entregas. Inició entonces bajo el
insistente ventarrón crepuscular el retorno a Lima a la oficina postal. Desandó
el poblado y llegó al paradero; abordó allí un añoso bus semivacío, en él se
puso su casaca, y se dispuso, sentado, a dormitar en el trayecto.
En el Centro limeño,
cerca de las nueve de la noche, las luces iluminaban débilmente los calles. José
Waldo al ver pasar a unos jóvenes estudiantes se acordó de su entrañable
sobrino y de su vicio por Internet: "...Yazuke, debe abrir bien los ojos.
Él cree que Internet lo puede todo, que no falla... ¡Es el hombre el que
transforma!... Muchos peruanos no tuvieron niñez porque cuando descubrieron que
podían jugar libremente, ya tenían que trabajar para subsistir ¿a ellos les da
de comer Internet?, ¡No, a otros, sí!...". Tanto cavilar en ello, lo
exaltó. Se cruzó con gente de toda ambición por las calles de bulliciosos
negocios. Recordó que en su habitación de alquiler, tenía algunas revistas de
Internet pendientes de entregar y que se comprometió leerlas como buen curioso
que era, antes de llevárselas a sus destinatarios. Notó que el viento de
silbido pito se había quedado allá, en sus dominios, en el arenal donde pasó la
tarde. Al doblar una esquina sintió frío y José Waldo se ajustó la bufanda azul
para acelerar sus pasos.
II
La
lámpara de luz blanca que alumbraba la reunión de ambos, le daba a la oficina
de la Dirección del hospital un ambiente tenso y expectante. Callejas y Lino analizaban
la historia clínica Nº 333...
—
¿Qué es este síndrome, Lino? explícame—malició
el Dr. Callejas (quien era barbicano y calvo como Freud). Enderezando la
espalda hizo una mueca hocicuda y se aflojó el nudo de la corbata de seda
marrón que resaltaba su estrenada camisa celeste. En su frente aparecieron antiguos surcos;
entrecerró los ojos y se dispuso a evaluar el informe verbal del graduado Lino:
—
No lo sé certeramente aún, doctor... Es un
cuadro múltiple,
complicado—musitó Lino, quien hablaba
mirando por momentos la figurilla hindú de alambre acerado del escritorio que
giraba y contra giraba en su base circular buscando su equilibrio. Ésta lanzaba
destellos circulantes a retinas, diplomas y otros cuadros colgados en las
paredes de la oficina. Tal junta médica no era más que un juego de pimpón: Lino
describía someramente cada síntoma ´sospechoso´ registrado en la historia
clínica y el doctor Callejas con entonado vozarrón decía el término médico
ad-hoc:
—
Contracción permanente de los dedos de ambas
manos:... gafedad palmaria. Incurvación vertebral:...lordosis. Visión borrosa:...miopía
por exposición a radiación constante. Adelgazamiento extremo:...caquexia–. Lino
anotaba taquigráficamente otras observaciones complementarias que hacía el Dr.
Callejas cuidando no dejar oportunidad de pedirle ampliaciones concisas aprovechando así la
sapiencia del psicoanalista clínico…—el análisis del paciente que empezó
aproximadamente a las 5 continuó hasta entradas las 7 de la noche…
El
pimpón de síntomas y su diagnóstico prosiguió:
—... Tendinitis en ambas piernas:...acinesia por
tensión muscular prolongada. También he observado Digitalgia, pólices
tumefactos, helomas blandos en todas las yemas de los dedos... Dr. Callejas,
además, el examen hipnótico practicado revela otros rasgos sorprendentes de la
psicopatía, escuche por favor: paciente con dilogías (pensamientos de hasta
triple sentido) recurrentes y climacofobia...
—¡Terror las
escaleras! ¡es raro y desconcertante!—interrumpió Callejas sacándose sus lentes
de carey–. Sí, doctor—replicó rápidamente Lino—además se ve bradisiquismo y
acalculia en el paciente.
—Bien, Lino, eso significa que el paciente tiene sus
funciones conscientes lentísimas—dijo conciliador Callejas–...bueno no digas
más. Estoy de acuerdo con tu iniciativa. Busca información de su familia; por
ahí podemos dar con el diagnóstico y la terapia correcta a seguir. Según se me
informó fue traído por una ambulancia de bomberos... ¡No sabemos ni su
nombre!... ¡¿Ningún familiar se ha apersonado hasta ahora?!...¿Ah?...—. Lino
moviendo la cabeza, dijo no. Trató de evitarse responsabilidades al afirmar que
hubo cierta negligencia de quienes lo trajeron al hospital la madrugada del
domingo pasado...
— ¡No dejaron ningún tipo de información acerca de qué
le sucedió al paciente; creyeron que era un epiléptico... Nadie sabe de él...—acotó
inaudible, Lino.
El
Dr. Callejas ante este impase se contrarió e interrumpió la reunión
intempestivamente enmudeciendo a Lino; éste, para salir del inusitado apremio
se puso de pie y agradeció tímidamente a su jefe por permitirle ampliar la
investigación a la familia del paciente...—Lo indagaré, doctor”—le dijo
avasallado. Callejas lo despidió en la puerta de su oficina no sin antes,
involuntariamente, sentir el perfume refrescante que dejó el vanidoso Lino al
despedirse, una mezcla de cítricos, lavanda y tabaco. Al mirar cómo Lino se iba
por el silencioso y largo pasillo del hospital, pensó en la solemnidad de sus
gestos, su docto hablar y en la impecabilidad de su guardapolvos
blanco..."¿Acromatopsia...narcolepsia... oligosalia... insomnio? ¿Cuál
habrá sido la causa que enfermó a ese joven?" pensaba. La mente de
Callejas retornó al informe escrito que había leído antes de la reunión con el
prudente Lino y de lo que sí estaba seguro era que el enfermo había sido sobreexpuesto
a un estrés prolongado; no había duda. "¡Qué trío de números coincidentes para
esta historia clínica: 333! acaso, ¿no es sibilino?” especuló antes de
continuar con su trabajo.
En
los pabellones del hospital de altos ventanales de madera y jardines rodeados
de cocoteros de bases blancas, la noche con su dosis de barbitúricos promovía
un sueño que emanaba de las almohadas de los internos. Lino abandonó el
consultorio para retirarse a su domicilio al haber culminado su turno. Yendo
hacia la salida del nosocomio público iba despidiéndose de algunos colegas que
cruzaban su camino y al ver a un joven enfermo que era llevado en camilla a
emergencia psiquiátrica recordó su caso 333 y caviló preocupadamente que su
licenciatura en psiquiatría peligraba. Obviamente el Dr. Callejas no estaba
contento con los avances, ¡El más difícil hasta hora! Evocó momentos no muy
lejanos de plena satisfacción y orgullo cuando su apellido era sinónimo de
altos méritos académicos en la Facultad de Medicina de San Marcos. Antes de salir a la transitada calle una tenue
melancolía empezó a fastidiarlo..."¡Hasta mañana, doctor Lino!"; se
despidió sonriente José Lung, el menudo empleado de la sección archivos del
hospital, quien también salía. Lino le sonrió sorprendido pues no se percató de
él, ambos se acercaron y hablaron cortésmente un momento; después se
despidieron. El inquisitivo Lung era quien le facilitaba cómplicemente a Lino
las historias clínicas de antiguos casos célebres para sus investigaciones
psiquiátricas.
III
En agosto, en Lima, el invierno humedece sin piedad
los pulmones. En esos días fue que Yazuke recién se inscribió en el concurso.
Era el tercer mes, el último de la convocatoria y decenas de miles de jóvenes
ya habían intentado superar los elucubrados test on line para llevarse el dinero. "Tres premios: ¡5000, 3000 y
1000 dólares!", decían ilusionados los muchachos participantes preguntándose
¿qué harían con tantos verdes sí ganaban? Yazuke, si lo pensó; él se compraría
ropa italiana, una IBM con chip ultra
miniaturizado y se mudaría a otra pensión más cómoda. El concurso se llamaba Web Maratón y lo organizaba The TeleGlobe Corporation, una transnacional
“líder en tarifas planas para Internet”. Cualquiera que supiera navegar por la
red podía participar. El concursante era sometido a dos test que desafiaban
gradualmente su capacidad de síntesis, velocidad de digitación y resistencia
física. Las bases daban por ganadores a los tres más rápidos internautas que
durante 12 horas continuadas abrieran la mayor cantidad de webs y las
definieran en máximo diez palabras. Si la respuesta era ambigua o demoraba más
de 8 segundos y 50 centésimas, la eliminación era automática.
Fue fácil para The
TeleGlobe organizarlo. Sus tecnócratas habían dispuesto en su sede de La Molina, una central de potentes
servidores web con veloces routers Cisco para
que los concursantes puedan acceder a través de su portal y desde cualquier
parte de Lima conectado a Internet a
las más de 2000 millones de webs clasificadas por grupos temáticos. The TeleGlobe
dispuso además, para la masa popular, decenas de cabinas públicas asociadas
diseminadas en los conos de la ciudad equipadas con fibra óptica y líneas
dedicadas de 275 Mbps (requisito mínimo exigido), cuyos dueños se integraron al
concurso con substanciosos contratos. El marketeo de la Web Maratón que se hizo por tv, radio y prensa escrita indicaba que
el concursante que pasaba el primer test –el de menor dificultad– tenía a su
disposición 12 horas de Internet ¡Gratis! para seguir entrenándose durante una
semana y acometer con éxito el test final que era la maratón propiamente dicha.
Naturalmente que en esta multitudinaria puja de tres
meses se fueron eliminando miles de adolescentes entre quienes se encontraban:
autosuficientes, criticones, disidentes, tardones, omisos, curiosos y sobre
todo, muchos incautos; siendo el primer test el que permitía intentar pasarlo
las veces que se quería, siendo esta prueba inicial la que dejó hacer a los
dueños de las cabinas su ´agosto monetario´.
IV
En
el hospital psiquiátrico un adelantado sol primaveral hizo que el frío huyera y
más pacientes salgan a pasear por los jardines. Pero el joven enfermo no podía
solearse, estaba recluido, sedado, sentado en su cama blanca. Su mirada insomne
parecía buscar impacientemente la nada en cada enser, área, línea o vértice de
la habitación. A veces sus pupilas se abrían lerdamente a la realidad pero en segundos
regresaba a su ajenidad buceando nuevamente entre los extravíos enclaustrados
en su cabeza. La lividez de su rostro perlado era cada vez más tísica. Lino y
el personal auxiliar sabían que en sus noches de respiraciones febriles gemía
bajito como para que no lo escuchasen. Pero: ¿El adolescente estaba curándose
con la psicoterapia? ¿El hospital, era un lugar propicio para guarecer su locura
con origen todavía desconocido? ¿El paciente tenía suerte porque comida, cuatro
paredes blancas, dos colchas siempre albas y una almohada verde olivo donde
recostar su cabellera a lo rey Arturo, así nomás no lo tiene cualquiera?...
¡No!...
¡Oh, no!...pobre muchacho. El sedante que se le aplicó cedió. Se puso tenso;
muy tenso porque un sinople martinico ojos de sapo y risa hilarante hacía
ágiles cabriolas en su cama... ¡Él no supo de dónde había salido! pero le
pareció que había estado todo el tiempo oculto dentro de su colchón; ¡Sí, es él!
¡Es uno de ellos! Él sabía que allí entre el relleno de lana habitaban millones
de ácaros digitales que en las noches se comían finísimas láminas de su piel
infectándolo de virus informáticos. Desde la tarde del lunes en que despertó este
duende jocundo y diabólico lo asusta, carcajea como si regresara de orgiásticas
siestas dispuesto a hartarlo. El muchacho no quiere mirarle los ojos y el
martinico empieza a jugarle: desde el extremo izquierdo de la cama y con cortas
volteretas se va acercando por el costado vadeándolo, llega a nivel de su
vientre y de una sola voltereta... ¡zas!, regresa a la zaga, por sus pies.
Desde allí, agilísimo, salta al extremo derecho y reinicia el desesperante el
alucinado ejercicio; así, profiriendo procaces insultos contra el muchacho
continúa con ciclos de cabriolas hasta acercarse poco a poco a su rostro;
cuando los ojos de ambos están muy cerca... ¡Zas!, voltereta mortal hacia atrás
hasta sus pies. Nuevamente, salta entre los extremos y continúa así a mayor
velocidad hasta aturdirlo. Y el martinico se ríe con más ganas y empieza con su
rayado bisbiseo latoso: —No seas idiota chivín, busca una PC y teclea en
Internet papagayopardo.com... ¡ya
verás, ganarás...! ¡Apúrate, baja de tu cama, yo te enseñaré dónde!—El pánico surgido
ante el espantoso duende no permite al adolescente ni respirar, siente una
corriente nerviosa que sube por su pecho que lo asfixia; el sinople está tan
cerca que ya que se va a meter dentro de su ropa; el enfermo siente que las
líneas rojas que delinean los ojos de lagarto, su piel arrugada y patas
puntiagudas se introducirán en su boca; y el susurro aterrador resuena en sus
tímpanos: "—...sé dónde hay una PC, vamos chivín;... ¡sígueme idiota!”—...
—¡No, por favor... váyase... váyase!—le rogó en un
habla que él solamente entendía; cerrando fuertemente los ojos. —Cuando me
desaten iré a buscar su web—.
El
dolor de sus omóplatos se acentuaron y creyó que una tonelada de ácaros de su
colchón pesaban en sus hombros como si millones de ellos hubieran culminando de
escalar victoriosos una empinada cuesta...
—¡No, déjeme, no se meta en mi boca!...¡Noooo!– sonó
quebrado su inentendible ruego en la habitación. —¡Váyase, déjeme!...—su voz
atimbrada cambió a llanto puro; un lloro desconsolado y sobrecogedor; gemía
como un bebé retorcido por el miedo, muy doliente...
—¡Dios mío... Dios!...¿Qué te ha ocurrido, niño?...–
dijo horrorizada la enfermera de servicio que escuchó su voz y llanto y vino
corriendo desde su oficina.
De
inmediato, ajustó aún más las correas que sujetaban el cuerpo convulsionando
del paciente y cerciorándose en la hoja clínica 333 que colgaba en la baranda
posterior de la cama, le inyectó rápidamente una solución de alprazolam y
clomipramina para rebatir el pánico y
la compulsión (por las PC)... a los pocos minutos el enfermo estaba dopado pero
aún despierto. La enfermera notó que el rostro del joven estaba congestionado
con expresión de sufrimiento y desencajado por las mandíbulas babeadas y contraídas;
lo helado de la piel del joven le crispó sus cabellos lacios; de súbito, observó
que por debajo de las colchas una mancha amarillenta iba creciendo, mojando las
sábanas. Ella aun no repuesta del susto salió apresuradamente de la habitación
en busca del doctor Lino.
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Es
el primer miércoles de setiembre y esta vez la figurilla hindú no estaba en el
escritorio sino en la antigua repisa caoba, detrás del Dr. Callejas. No le
sorprendía eso, el director del hospital cambiaba ex profesamente su ubicación
a distintos muebles de la oficina. Otras veces la había visto en la vetusta
biblioteca o en la parte alta del armario metálico; o bien, en el perchero
astillado. La seriedad del Dr. Callejas, nunca le permitió a Lino preguntarle el porqué de esos
caprichosos cambios de lugar de la gárgola del Ganges.
—Dr. Callejas, seré breve. Se trata del paciente
333...—dijo Lino, irrumpiendo en la oficina.
Esperó
que su jefe termine de firmar algunos documentos y le tome atención. Le informó
de la severa crisis epiléptica y las extravagantes alucinaciones sufridas por
el adolescente el día de ayer en su habitación. También le dijo que las dosis
antiepilépticas iniciales habían sido incrementadas porque las ondas cerebrales
del paciente estaban alteradas en la región occipital y que, de acuerdo a las
indicaciones de la reunión anterior, el interno no reaccionaba favorablemente a
las intensas sesiones de balneoterapia...
—Lino, ¡El caso ha empeorado!—dijo a rajatabla el Dr.
Callejas—. Variaremos la terapia que estábamos siguiendo por otra alternativa
que ha tenido éxito en psicosis idiopáticas; con esto trataré de evitar que el
caso se nos vaya de las manos...—Dante Callejas hurgó el aplomo profesional en
su pupilo pero notó en su rostro, más bien, un mar de dudas...
—¿Qué pasa Lino, acaso no puedes determinar el
diagnóstico?...— prosiguió el Dr. Callejas muy disgustado. —¿Qué habrá en esa
web del que habla el enfermo?...¿Cómo dices que se llama?...
¡papagayopardo!...averígualo... ¡¡Para hoy!!...¿me entiendes?...¡El diagnóstico
lo quiero hoy!-.
El
vozarrón del director, era áspero, casi ofensivo para el orgullo de Lino y él
sabía que se le venía una andanada...
—¡Apresúrate, Lino!...¡no nos sobra tiempo ni lugar
aquí!... ¡ya tenemos cuatro días con este paciente, sin saber qué lo enfermó!...¿qué
haces con tu tiempo?...¡tu sabes que te preferí entre mis médicos para que
resuelvas este caso y elabores tu tesis!...¿cuál es el diagnóstico del caso
333?...¡si no puedes determinarlo regresa a tu facultad a estudiar lo que no
aprendiste, Lino...tú decides!...
El
Dr. Callejas se mostraba despectivo y arrogante; esgrimía, ahora, ese otro duro
aspecto temido por sus antiguos subordinados: el que aberra las fallas, el
exigente a ultranza; el que puede explotar inusitadamente. Sin dejar de mirar
fijamente a Lino, Callejas se levantó violentamente del escritorio y
abotonándose el saco le indicó a éste la puerta para que se retire; Lino,
avergonzado, antes de salir, se disculpó aceptando –para no empeorar su
situación– su aparente incapacidad profesional. No quiso explicarle a su jefe
que sus días estaban atiborrados de otros casos clínicos (tenía a su cargo,
simultáneamente, 35 otros psicópatas entre suicidas, esquizofrénicos, dementes
seniles, fármaco dependientes y drogadictos); pero le ofreció darle el
diagnóstico del paciente 333 en un plazo de 24 horas.
V
Cuando
Waldo descendía del tercer piso se dio el susto de su vida: su compañera la que
montado en ella lo hacía creerse corredor de fórmula uno, la bicicleta plateada
de flecos rojos y blancos había desaparecido; ¡No estaba donde la había dejado!
encadenada a una reja. Achinó los ojos y metió los hombros como queriendo
auscultar el ambiente... solamente sintió las rastras del vientecillo del
atardecer rozar sus orejas y oyó el murmullo arrullador de los pajarillos
guarecidos en las arboledas que rodean las viviendas. Asustado, terminó de
descender el último escalón, pero nada: ...su bici Monark, ¡había sido robada! Corrió por la vereda central de los
bloques de casas de tres pisos buscándola en una y otra dirección. ¡Nada!
Rabia, frustración y desconcierto se colaron en su ánimo no dejándolo razonar.
Trotó lo más rápido que pudo hasta la avenida principal colindante esperanzado
en avizorar alguna seña del hurto. Instantes después, regresó cabeza gacha
pensando que con tanto vericueto en estos condominios vecinales, su bicicleta
le había sido robada sin dejar huellas...— ¡Ladrones de mierda!... ¡15 años
repartiendo correspondencia y hoy me la hicieron!... ¡justo hoy que debo
visitar a mi Yazuke!— vociferó. Algunos vecinos que iban y venían por allí se
dieron cuenta de lo sucedido y le aconsejaron ir a la dependencia policial.
Otros, lo miraban con caras incrédulas por la brutalidad de haber pensado
–según les argumentó– que por aquí no había ladrones. José Waldo les hizo caso
y ofuscado se alejó de ellos por la calle que va hacia la delegación rengueando
maltrecho pues los maléolos y las rodillas le ardían por las correrías
realizadas en su vana búsqueda por los vericuetos de ese condominio en San Isidro, un distrito limeño.
Caminó
deprimido observando cómo las calles con jardines y arbustos eran sombreadas
por la noche a la vez iluminadas artificialmente por faroles de luces amarillas
(sujetó fuertemente su mochila con ambas manos, por sí acaso), pensaba en
¿cuándo se jubilaría? —Falta mucho. Unos 10 años para dejar esto...con los 15
centavos que me pagan por correspondencia entregada no resistiré más. Con las
justas entrego 100 a 120 al día y encima mi empleador me paga por partes,
cuando le da la gana...— Y pensó en su querido Yazuke otra vez. —...Ojalá, se
acuerde de mí cuando se gradúe de economista y me lleve a vivir con él...—. Se
detuvo unos momentos sintiendo agitadas palpitaciones en su cuello al ver a
unas personas que venían a su encuentro y se dijo: — ¿serán los ladrones de su Monark?—eran estos unos jóvenes mal
trajeados con fintas de delincuentes, con miradas soslayadas y huidizas. —No.
No son estos. ¡Pero si agarro a los ladrones, los quemo, carajo!...—; maldijo en
voz alta su pobreza y su suerte. Luego de un momento estaba en la esquina que
ya conocía la que había cruzado miles de veces por su trabajo de cartero desde
donde divisó la delegación policial.
VI
Yazuke se creía ganador. Había pasado el primer test
¡Al segundo intento! Sin embargo, sé impresionó por el azul metálico que
dominaba la pantalla de la Active IBM.
Tecleó el inicio de la ruta de temática binaria 101011 y en menos de cuatro
segundos se desplegó una gran estructura ramificada de carpetas cada cual con
miles de páginas web. Observó su incansable reloj: 08:00:10 y los nervios le
impedían dar el doble clic para empezar. Sintió sus dedos herrumbrados y la
vista se le nublaba por la emoción. Encerrado en una cabina de Internet,
concentrado para evadir el bullicio de otros jóvenes participantes que se
habían congregado en Shopnet –un
negocio cercano a su universidad en donde a los clientes les sirve jarritas de
cerveza para que naveguen alegrones–; la mañana del último sábado de agosto, se
lanzó a competir, a navegar cuidadosamente resumiendo sin errar el contenido de
cada web del segundo y definitivo test para llegar triunfante al final
maratónico...
www.hagacaca.com, Yazuke vio que era una web que mostraba un
millar de formas de hacer más placentero ese trance entre mayólicas; velocísimo
digitó la respuesta en una caja de diálogo cerca de la barra de estado: “1000
maneras de defecar"; ¡ok, Yazuke!–el browser aceptó la respuesta, cerró la
página y al instante le abrió la siguiente: www.masdelomismo.com: “próxima
generación Internet”, ok. www.jodarico.com: ¡friegue según
el lugar y circunstancias!, ok. www.tesoros.com...”con imágenes satelitales
encuentre tesoros en su país", ok. ¿pornografiapreinca.com?...”la
fecundidad agrícola Mochica”, ok. www.radiovirtual.com: “programe 24 horas su
música favorita", ok. www.novelastodoeldía.com: “24 horas de novelas latinoamericanas", ok.
Esta primera ruta elegida le pareció intrascendente a
Yazuke y la impaciencia le dictó seguir diferente temática. En un clic tecleó
otro binario (el reglamento de la maratón no se lo impedía)...: www.timbagame.com:
“¡en todos los juegos usted gana!”, ok... www.sepelios.com: “si está en el
extranjero y los negocios se lo impiden, asista al entierro del ser querido vía
Internet”, ok...www.voyagernasa.com: “conduzca la nave especial que lo llevará
a los confines de la galaxia”, ok...www.bandeiras.com: “siga en primera fila
todos los carnavales realizados en Río”, ok...
Continuó así por unos minutos, respondiendo
acertadamente una veintena de webs. Mientras surcaba el océano Internet deseó
bajarse fotos de Spears, Garbo, Marilyn; textos legendarios de la Ciudad perdida de Ur, Gilgamesh o La Septuaginta; mp3 de Rolling
Stones, The Beatles y Led Zeppelín;
chatear con Madonna, Pausini y Ronaldinho;
contestar encuestas sobre Hussein y Bush;
Bin Laden y Alqaeda; participar en foros de Hollywood, de El Oscar, La
Cumbre de La Tierra en Kioto; suscribirse a Nintendo, Sega. Sentía su respiración acompasada al su vertiginoso
tecleo a pesar que sus dedos estaban violáceos por el frío del invierno que
llegaba desde la calle, toda la mañana sus dedos fueron patas gigantes de
arañas que desbordaban ubicuas el teclado negro. Después de definir
certeramente muchas webs de diseños multicolores y de recargadas fotos se
decidió por la ruta élite (así la habían denominado los organizadores por ser
la de mayor dificultad y la que otorgaba mayor puntaje)...www.parlarilustre.com:
“chatee con celebridades de todos los tiempos", ok. www.codicesnegros.com:
“manuscritos siniestros que revelan a Satán”, ok. www.clínicafaro.org: “señoras muestren sus senos en la terraza y le harán una
mamografía satelital gratuita”, ok…
Observar por momentos su Casio mientras digitaba cundía
de nerviosismo sus piernas las
que ponía tensas. Había pasado de largo el mediodía... ¡y no tenía hambre! Y
seguía…www.cuántossomos.com... Yazuke sabía quiénes eran, pero prefirió salir
de la ruta élite... ¡Nada que ver! Ensimismado con el paso de las horas en ese
frenesí digital frente de esa pantalla azul se había olvidado de quien era;
pero él quería ganar tal como lo enfatizaba el mensaje marketero de la maratón: “¡Sé un triunfador!, The TeleGlobe, es
Internet: ¡Internet lo es todo!”... Aguantándose la urgencia de orinar, a
su vez, ordenó para sí más cerveza; continuó ruteando más webs en los
siguientes minutos digitando a 14700 pulsaciones por hora... ” ¡Todo es
fácil!”, se dijo entusiasmado por lo bien que le iba...
Las horas corrieron como minutos cayendo como
toneladas de concreto sobre sus manos, hombros, brazos, vista y coxis. Siguió
tecleando y bebiendo y ante sus alucinados ojos desfilaron más y más webs de
todo género: algunas de literatura le causaron indiferencia; otras de deportes,
enojo; muchas de ciencia asombro; vio hartas de arte, curiosidades y caras frecuentes
de la televisión con hipócritas sonrisas. Así, atento a la pantalla prosiguió
digitando sus respuestas:... “inscríbase para el primer tour por la órbita
terrestre”, ok... “¿Quién traicionó al Che?”, ok... “¿El apóstol Juan, ¿una
mujer?”: ok…”astronomía Hubble”, “...sociedades secretas”, “...Área 51: Ufos”,
“...modas y modelos de Kenia”, “... bewitchet: Samanta y familia”, “...cuerpos
femeninos del Decamerón...ok, ok, ok (miles de ok más). El tiempo se fue más
aprisa y desfilaron por sus ojos ya rojizos, muchos ok... ¡No se percató que la
tarde, ya había sido!
Fue la última vez que miró su reloj. Y en tanto seguía
respondiendo al browser su iracundo sistema nervioso le indicó que ya era de
noche; qué hace rato debió salir de la cabina; qué ya no debía beber cerveza Cusqueña; qué sus manos pegajosas y
brillantes ya no le obedecían; qué debería dormir a pierna suelta toda una
semana; qué su sufrido tío José Waldo había contribuido con sus 43 kilos de
peso trayéndole 157 sanguches con queso gruyere en lo que va del año; qué sus
ojos le ardían como si hubiera visto, sin protegerlos, 20 horas de sol en la
playa La Chira; qué su cuerpo era
estatua de bronce... ¡Que hubiera merendado en el intermedio reglamentario de
30 minutos, a mitad de la maratón, y no sacrificarse para no perder!...
De
súbito, en la pantalla, apareció un mensaje titilante en letras rojas que
decía: ¡¡¡Felicitaciones Yazuke, has obtenido el primer puesto!!! De acuerdo
con el récord que figuraba en un extremo de la pantalla azul había acumulado
13% más del puntaje necesario para ganar la maratón. Moribundo, sin exhalar
palabra alguna de la contundente emoción, Yazuke Madueño quedó extático en el
asiento de la cabina; lo último que sintió fue un maretazo destrozándole la
nuca. Alrededor de él el miedo afloró entre los muchachos que se arremolinaron
detrás suyo y lo habían alentado durante el concurso al verlo que iba avanzando
progresivamente la carrera digital. Miedosos, lo vieron caer al suelo, rígido,
sacudiéndose violentamente con abundante baba en su boca y dando inentendibles
gritos agudos...
—"¡Yahoo!.. ¡Yazuke ha ganado el segundo
premio!"—corearon otras fuertes voces provenientes de distantes cabinas
que se enteraron de la hazaña sin ver lo
que le ocurría al joven pelo rey Arturo.
Los
que estaban cerca del accidentado esperaban nerviosos la llegada del auxilio
que el exaltado encargado de Shopnet ya
había solicitado telefónicamente; ellos abrigaron el cuerpo de Yazuke por lo
aterido que se estaba poniendo. Un ulular lejano pronto se convirtió en
estruendoso: — ¡Ya llegó la ambulancia!... vamos a subirlo... ¡despacio! ¡con
cuidado!...¡cojan a un lado su cabeza!— gritaba un robusto bombero.
El
alboroto en Shopnet era atronador;
los adolescentes confundidos se compadecían del chinito pelo rey Arturo:
"¡Qué flaco está! ¡Cúbranlo bien que afuera está lloviendo!... ¡No
respira!... ¡Se ha orinado!". Los serenos bomberos que se abrieron paso
entre los muchachos, tuvieron que romper un tabique de la cabina donde había
quedado recostado el cuerpo de Yazuke para obrar mejor; lo colocaron en una
camilla verde y lo trasladaron con dificultad –por el alboroto reinante– a su
vehículo y rápidamente cerraron las puertas de la pequeña ambulancia. Dijeron
que se lo llevaban a "emergencia" y se fueron.
El
tumulto que causó el accidente de Yazuke rompió la calma de esa discreta
avenida donde se ubica Shopnet. Un
mensajero –esos que sin mirarlos mucho uno sabe que van adoloridos por la vida–
que momentos antes había culminado su jornada de trabajo por esa zona trató de
averiguar lo que había sucedido en ese negocio de internet; pero los jóvenes
aún nerviosos por el incidente al verlo pobretón no le hicieron caso; el
cartero desairado y molesto se fue apresurado al paradero de buses; allí abordó
uno que lo trasladaría a la oficina postal del centro de Lima. Eran alrededor
de las 10 de la noche de ese sábado tristón.
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Esa
Mañana, José Waldo se sorprendió de lo tétrico que estaba el consultorio del
hospital: solamente había un gavetero y un escritorio donde el doctor Lino estaba
esperándolo. No vio ni equipos, ni instrumental médico común a todo nosocomio;
reparó en un viejo diván de cuero negro que estaba a un costado. "¿Aquí,
atienden a los locos?", acertó a la primera. Saludó a Lino hasta donde la
cortesía le dio y se sentó por invitación de éste. Empezó diciendo que él al
igual que su sobrino vivía solo, en una habitación por el cono sur de Lima y
que al parecer su soledad era una especie de ´herencia familiar´. Le dijo, que
recién hoy se había enterado de lo sucedido por boca de la señora de la pensión
de su sobrino, y... se desahogó cabizbajo casi entre sollozos ante el futuro
psiquiatra:
—¡Todas esas cosas lo han trastornado a mi Yazuke,
doctor!...—farfulló José Waldo acomodando su mochila de cartero en el suelo.
Compungido trató de alegar su inocencia en esta desgracia y más bien, probar su
dedicación a él. —Me siento culpable porque la mañana del sábado pasado no pude
convencerlo para acompañarlo a la cabina Shopnet,
a ese maldito concurso de internet... discutimos, yo...yo le dije que no fuera
y él se molestó por eso lo deje ir.
Los
gestos exagerados que deformaban su rostro resaltaron aún más las líneas de su
perfil andino...y continuó:
—Yazuke, desde que vino a Lima ha vivido solo en una
pensión universitaria...él así lo quiso... ¡se obsesionó por internet!...mi
sobrino se emocionaba con cada cosa que descubría en internet... en nuestras
charlas de los sábados desvariaba; hablaba como un lorito de DVD, e-commerce, B2B, B2C, geogle.com...; él repetía hasta el cansancio que lo
único malo del teléfono celular es que para comprar por internet, tiene que
digitarse tres veces más que en un teclado de computadora (?)...¡cuántas veces
le repetí que no se encierre mucho tiempo en las cabinas!... ¡Qué terquedad
doctor!.
Lino,
lo miraba absorto, angustiado porque recordó que su ofrecimiento al Dr.
Callejas para dar su diagnóstico sobre este caso había vencido ayer; y justo
hoy, mañana de sábado, había aparecido este sujeto quien al borde de las
lágrimas (y ropas desaliñadas) decía ser tío del paciente 333.
Alrededor
de una hora, estuvo Lino, interrogando a José Waldo en el consultorio contiguo
al cuarto blanco donde estaba Yazuke; tiempo en que además trató de detectarle
algún tufillo de alcohol o rastros de oculta psicopatía. Se extrañaba cómo una
persona de aspecto pobretón, bien de barraca, hablaba con locuacidad y
propiedad sobre internet. Y lo dejó que siguiera hablando...
—Yo, trataba de hacerle ver la realidad—dijo
serenándose José Waldo al notar que Lino ya estaba convenciéndose que le
hablaba la verdad. Aquél señor le dijo que los extranjeros que venden internet,
estaban desesperados por recuperar su inversión mundial y que el pueblo era ´suculento
manjar´ para ellos. — Yo seré pobre pero me las ingenio para leer las revistas
de internet que reparto día a día... ¡tantas veces traté de hacerle entender a Yazuke
que erradicar la pobreza no es negocio para los gringos!...Yo soy mensajero,
doctor, tengo más de 15 años en esto; yo subo a los cerros, voy a las barriadas
todos los días; allá la gente no tiene ni para el menú pero si tiene para un
par de panes—.
José
Waldo para dar énfasis a lo que decía, fruncía el ceño y levantaba
asimétricamente los brazos cerrando los puños como si cogiera un supuesto
fusil, mostrando también, zurcidos inoportunos en las mangas de su muy usada
camisa a cuadros marrones.
—Sinceramente, doctor; es muy probable que para
participar en esa maratón Yazuke tuvo que practicar mucho; la habilidad se
consigue navegando hora tras hora; creo que mi sobrino...ha dejado hasta de
comer, sino...¿con qué pagó el uso de las cabinas de internet?...últimamente lo
veía muy flaco; cada sábado en la mañanita le llevaba sus sanguches de pollo y
queso con yogur... ¡más, no podía darle doctor!, ¡No tengo dinero!...¿cómo dijo
que se llama usted?...doctor Lino, ah sí...—. José Waldo, se esforzaba ahora
por conseguir su propósito ansiado: que el hospital le dé crédito para cubrir
los gastos de internamiento de Yazuke, hasta que venga a verlo su padre que
residía en el Cusco, una provincia al sur de Lima.
—Bueno, señor Waldo traiga al padre del muchacho. No
sabemos cómo reaccionará al tratamiento inicial en que se encuentra—enfatizó cortante
Lino quien deseaba hacer su informe final y entregarlo al Dr. Callejas para
definir el diagnóstico y empezar la psicoterapia definitiva. —Si puede, venga
todos los días, la salud de su sobrino es delicadísima...
Ambos
transpusieron el umbral del consultorio y en los pasillos del hospital el sol
resplandecía sobre el piso, paredes y las bancas de madera para pacientes; se
despidieron. Lino, se dirigió al comedor de médicos para almorzar y en su
trayecto después de salir a la explanada en donde había numerosos público que,
como en cualquier hospital nacional, busca en los distintos consultorios cura
segura para sus familiares; cruzó los mustios jardines huérfanos de las manos
de un jardinero y pensó “quizá, estos jardines también estén enfermos”. Algunos
internos que circulaban por ahí lo saludaron con sonrisas afligidas; otros se
acercaban y le exigían algo, siempre algo y él trataba de calmarlos
animosamente. El calorcito de mediodía lo reanimó. Al atravesar el pabellón de
fallidos suicidas sintió que de los cuartos salían auras fantasmagóricas, esas
que estaban allí detrás de cada puerta o ventana.
VII
Todos
los lunes de agosto el hospital para insanos mentales parece una colorida feria
dominical, pues allí se realizan campañas gratuitas a la comunidad en prevención
de enfermedades mentales. Lino encontraba oportunos estos eventos anuales que
realizaba el hospital -que empezaban muy de mañana y terminaban a media tarde-
porque permitía escuchar los problemas de mucha gente que no tiene dinero para
una consulta psiquiátrica. Y aunque ya sabía que la pobreza de los tugurizados
cerros, el generacional desempleo, el alcoholismo mísero y el consumo de drogas
blancas, eran las causas que desquiciaban a esas personas, hoy, en la mañana
antes de iniciarse la campaña, tuvo la
esperanza de encontrar una razón distinta, algún factor escondido que
desencadenase o promueva aquello que había descubierto en su intrincado caso
333; aquel que tenía en sus manos más de una semana... pero, no lo halló.
Después
de finalizar la campaña gratuita se fue a merendar a
su consultorio; eran ya las 6 de
la tarde, cogió del escritorio su fajo de historias clínicas y empezó a repasar
mentalmente lo que iba a informar acerca de su tesis, el caso 333. Salió y se
encaminó pensativo por los pasillos del hospital rumbo a la dirección. Cerca de
allí observó a cierta distancia que el Dr. Callejas acababa de terminar una
junta médica; antes que éste lo viera tiró hacia atrás los hombros y con el
cuerpo erguido y duro se dispuso calculadamente a abordarlo. Después de
saludarlo con respeto, y ya sentado frente a él, le informó detalladamente
acerca de la evolución de los otros casos clínicos a él asignados; dejando para
el último, -después de casi 30 minutos
de rendir informes-, el del adolescente Yazuke Madueño. La gran tensión que lo
dominaba no le permitió ver, cuando entregaba a su jefe la historia clínica
333, que la gárgola estilizada del Krisna, giraba lenta ahora a un costado del
teléfono del escritorio.
—... Dr. Callejas—continuó parco Lino, afectándose de
sostenido aplomo...—para determinar
el origen de la enfermedad del paciente 333
denominé Shopnet a las sesiones de
psicoterapia del paciente ya que él cree estar aún en la cabina de internet en
donde tuvo su primera crisis epiléptica; él me confunde como el empleado de esa
cabina y le sigo la corriente, doctor...esta estratagema aunada a los datos que
me dio un tío del paciente acerca de su historia familiar y de su obsesión por internet
me han permitido llegar al diagnóstico... La psicopatía en ciernes es de
etiología nueva: ...el origen de la esta psicosis es la sobre exposición a
internet...calculo unas 450 horas casi continuas en tres semanas; es decir, 20
a 22 horas diarias...—. El Dr. Callejas, cauteloso escuchaba sin mirar a Lino.
Mientras se frotaba el mentón de barbas canas analizaba cada línea del
informe-diagnóstico que tenía en sus manos. Arqueaba las cejas cada vez que se
decía entusiasmado:
—... ¡Interesante!... bien... así es... ¡ok!... ¡adición
a internet!...ya, ya...—de improviso, movió negativamente la calva...— ¿Lo
causó una maratón en internet?... ¡ah...está claro!...no hay vuelta que darle...
¡Este es el diagnóstico!
Lino,
sintió que el caso había arribado a buen fin. El Dr. Callejas, se acomodó los
lentes redondos sobre su prominente nariz y mirándolo fijamente, dijo lacónico:
—¡Bien, Lino! ¡Punto para ti! ¡Excelente y certero
diagnóstico!... ¡Felicitaciones! Yo también creo lo mismo. Es más, he leído en The Journal
Medical –una revista inglesa de actualización psiquiátrica–de este mes, un reporte que dice que en
Inglaterra, Japón y EEUU, en donde Internet está masificado, ha aparecido esta
psicopatía... Bueno, te haré llegar las instrucciones definitivas a seguir y
harás el seguimiento a la psicoterapia; si hay algún inconveniente coordinamos
su solución. No olvides la diosmina para tus crisis hemorroidales, Lino.
—Gracias, Dr. Callejas por seguir confiando en mí–
exhaló Lino tirándose un mechón de cabellos castaños de la frente hacia atrás.
— faltó decirle doctor, que ese muchacho está sólo aquí en Lima creo que la
falta de calor familiar y la ausencia de sus padres que viven en el Cusco han
incidido para que este joven se enferme—.
Callejas
no contestó y en cambio se ufanó por la determinación correcta del diagnóstico que
lo hacía como suyo; invitó a Lino a salir de la dirección del hospital y en el
pasillo central, mientras caminaban, Callejas empezó a filosofar...
—Mira Lino, no es misoneísmo de mi parte pero creo que
la ignorancia acerca de lo que verdaderamente es internet, conjuntamente con
los otros factores que dañan las mentes de los jóvenes de hoy, son sutiles
alertas para nosotros, los psiquiatras, que nos advierten que una nueva locura
mundial asolará a la gente en los próximos años, auguró preocupado el
experimentado psicoanalista.
Siguieron
alejándose por aquel largo pasillo; más allá el eco trajo el vozarrón del Dr.
Callejas diciéndole a Lino que su tesis de grado estaba aprobada y que ya
podían considerarse colegas; éste, agradecido le dijo que lo invitaba para el
próximo sábado a celebrarlo en su casa. Callejas aceptó dejándole ver a Lino un
buen humor infrecuente en él.
Por
los ventanales de los pasillos laterales del hospital la noche pasaba fresca,
sin frío. Algunos minutos después, los dos hombres de saco blanco entraron a un
vestíbulo semioscuro de pisos de granito y paredes grises. Se encaminaron hacia
el comedor de médicos a tomar café acompañado de sanguches pues ambos estaban
de guardia nocturna. Afuera, las cabañuelas, repentinamente, impactaban contra
los cristales.
...
DIAGNÓSTICO CLÍNICO:
En
la historia clínica N° HPL–2002/SEI–333, Lino dictaminó su veredicto:
"Después
de concluir la investigación neurológica completa –mediantes EEG, radiografías
multiaxiales del cráneo, pruebas auditivas y visuales estándar– y evaluación del
entorno familiar del enfermo se concluye lo siguiente: Psicosis aguda por
adicción a internet, asociada a desnutrición perniciosa; con grave compromiso
de las funciones del sistema nervioso central. El estado psíquico-neurológico
muestra depresión permanente, síndromes obsesivo-compulsivos por el uso de las
computadoras, claustrofobia, alucinaciones, ataques de pánico y otros
trastornos de la personalidad... Las tomografías del encéfalo no muestran zonas
epileptógenas o rastros de cicatrices, tumores o lesiones traumáticas...".
------
EPÍLOGO
Han
pasado varios meses desde que lo internaron y ya no tiene pelo a lo rey Arturo:
está rapado. Su padre viene cada quincena del Cusco y le ha encargado a su
hermano José Waldo para que vele por él. Su mal no cede porque al parecer se ha
enraizado en su cerebro. El Dr. Lino –quien ya entiende sus infrecuentes y
enredadas frases– lo llama cariñosamente Mr.
web y Yazuke Madueño alucinado, casi mudo, sigue disciplinadamente a diario
sus indicaciones: por las tardes, baños de agua fría con inmersiones y leves
ahogamientos; en almuerzos y cenas, comidas basadas en pescado y mariscos; y
cumple de memoria el programa de dosis
de carbamazepina para
controlar las convulsiones; bromazepan, ciproheptadina y midazolam para los
disturbios nerviosos y el insomnio. Lino –licenciado ya en psiquiatría–, intenta
estimular metódicamente su razón adormitada y presa en su subconsciente con
sillas giratorias y electrodos; pero Yazuke probablemente no volverá a recobrar
por mucho tiempo su lucidez de adolescente. Aún se le ve ensimismado, confuso,
balbuceante, con tambaleos al caminar y débil.
Un
atardecer, cuando paseaba por los jardines del hospital con Lino, Yazuke quiso
hablar; emocionado le dijo al psiquiatra en frases más entendibles su
complacencia:
—... Doctor, prefiero estar en Shopnet que viendo televisión en mi casa...allí leo, juego,
escribo, escucho música, voy al baño; y cuando tengo hambre, como...
Por
estos días fríos en Lima, su mirada se ha tornado fantasmal y tierna.
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(Trozo
de la sumilla del caso Nº 333 de: "MEMORIAS PSIQUIATRICAS-2002", escrita por el Dr. Dante Callejas
Rizo-Patrón):
"Le dije a Yazuke que internet jamás
desplazaría a la TV, a la radio o a los diarios. ¡No me hizo caso!" (José
Waldo Madueño Almagro, tío)
"Aprendí que la falta de amor y la
soledad fueron factores críticos en la psicopatía de Yazuke Madueño... El amor
será la fuerza protectora que algún día restaurará su mente..."
(Dr.
Lino Blondet Aubry)
"Todas las psicosis productivas en
general presentan similares síndromes; por tanto, parecidos diagnósticos, pero
en el caso 333 la sobreexposición a internet –nuevo factor exógeno– cual
volapié destrozó arteramente la psique de ese joven... "▪

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