Ir al contenido principal

"Literato versión 7.13", es la historia delirante de un jurado literario que apremiado por leer los miles de relatos enviados a concursar contrata a un informático que crea un imparcial y veloz crítico digital.

"Literato versión 7.13", fue escrito para la Librería Crisol de Lima, en el 2001.
RELATO INCLASIFICABLE
LITERATO VERSIÓN 7.13
Las preocupaciones, tufos y humos de los cigarrillos se mezclaban en fétido aroma con la atmósfera caliente de la oficina del séptimo piso del edificio céntrico de Lima que una revista había dispuesto como sala de deliberaciones. La nueva versión del premio “CUENTOS DEL TERCER MILENIO”, había resultado imprevisible por la miríada de relatos enviados por los interesados, y la elección de los ganadores y finalistas se había convertido en doloroso quebradero de sesos para los angustiados componentes del jurado calificador. Las razones que se les enfrentaban eran desafiantes e  inconmovibles: 6587 cuentos digitados debían ser evaluados en poco menos de dos meses; la revista, a diferencia del pasado, había decidido ampliar al doble la extensión de los cuentos concursantes (2000 mil palabras), además, las obras ganadoras serían enviadas al noveno festival de “El Libro  Latinoamericano” organizado por la OEA; habiendo agregado esta revista como rica carnada unos cientos dólares más para los ganadores. Todo ello sin considerar que las conferencias magistrales, clases académicas, viajes al exterior y otros menesteres contraídos con anterioridad deglutían normalmente, cual basilisco múltiple, los días de estos ilustrados  personajes.
—¿Qué haremos? ¡Esto es demasiado para nosotros, no tenemos mucho tiempo!– dijo muy preocupado uno de los críticos allí reunido.  Los demás no contestaron la interrogante y, al paso lento de los minutos, el apremio y frustración terminaron por angustiar el talante de todos.

Otro de ellos, un calculador periodista se acordó de Yamasaki y rascándose la enredada barba propuso a sus congéneres “hacer una tormenta de ideas”: la borrasca que generaron dio al parecer buen pie, pues el más joven de ellos, un novel literato exclamó entusiasmado:
—¡Tengo al programador que buscamos! Es un ingeniero que ha trabajado en varias transnacionales como analista de sistemas... es mi amigo.

Y así quedaron acordados. Después de casi seis horas de orgía cerebral y azuzados por el hambre, dejaron bajo severa custodia tremendo cargamento de cuentos hasta cuando llegase el momento de ingresarlo al sistema operativo computacional que el analista por contratar haría. A los pocos días, el jurado y un risueño ingeniero de nombre Grigoleto resolvieron el problema: el software por elaborar debía hacer las veces de excelso e infalible crítico literario. Para tal efecto cada uno de los miembros del jurado, según sus intereses, sugirió a su turno las pautas que este software debería ostentar para cumplir con su cometido. El reto estaba planteado para Grigoleto el que con su ahilada voz les prometió hacer una “obra de arte digital”.
------
El ansiado software, bautizado por su creador como “Literato versión 7.13, estuvo listo en tres semanas y los miembros del jurado al reunirse nuevamente con Grigoleto quisieron probarlo con extractos de obras clásicas que ellos se habían dado el trabajo de digitarlos y grabarlos en USB. Esta vez el ingeniero había hecho muy bien su trabajo, pues se dio el lujo de sorprender a sus contratantes en las pruebas preliminares. Por el software desfilaron portentos de Bretón, Tolstoi, García Márquez, Andersen, Onetti y Bryce; alguien incluyó “El Nuevo Testamento” para “medir su alcance literario”, y en todos ellos las puntuaciones alcanzadas en la escala valorada convenida fueron convincentes. Realmente, era un software eficiente que incluso pensaron “venderlo al mundo crítico literario por su alta performance”: su índice de análisis de lectura era de 1000 palabras / minuto, ¡Sorprendente! ; emitía con su voz aterciopelada opiniones acerca del tema elegido y su potencial literario; evaluaba la solidez de la trama y las habilidades del escritor para manipular tiempos y espacios; la solvencia mostrada para definir personajes, ambientes y otros recursos era minuciosamente sopesada; determinaba si el estilo narrativo utilizado concordaba con el fondo del tema tratado y,  era intransigente velador de la capacidad expresiva, el léxico y la rancia gramática; en suma, era algo nunca visto hasta ese momento. Contaba también con opciones de vocabularios multilingües y una gama de criterios para definir las influencias literarias de los textos examinados. Ante la sobriedad del programa computacional, los críticos, previo acuerdo entre ellos, y sin dar cuenta a la revista editorial, se despreocuparon del problema encargando todo el trabajo de evaluación al ahegaldo Grigoleto, quien recibió de ellos el 80% de lo acordado. (¡Qué suerte! Esta vez la editorial no tenía representante en el jurado). Aquella reunión terminó muy avanzada la noche, y cada cual confiado en la solución en marcha, pensó abordar al día siguiente su agenda personal como de costumbre. Haciendo cuentas, el sobre dicho software debía de evaluar más de 15 millones de palabras y determinar un ranking de ganadores, se estimó entonces que de 8 a 10 días el programa acabaría con su festín de letras, plazo suficiente para dar los últimos retoques al veredicto electrónico y entregarlo a la editora. Grigoleto por su cuenta, había conseguido un equipo lector capaz de capturar 1000 páginas / minuto, el cual serviría para alimentar el sistema conectado a “Literato 7.13”.
Pero en el interregno deliberatorio del jurado no todo era rosas. Aprovechándose de la coyuntura y de la confianza de los críticos la mente hackeriana del analista, maquinó un fraude con la finalidad de alzarse con los dolarcillos del premio mayor del concurso. Para ello creó un virus informático el que ingresado al sistema iría desaforando cada una de las cualidades literarias con que había sido dotado. Tan macabra sería la fagocitosis del virus que una vez ingresado al sistema todo lo trastocaría, así por ejemplo, “lo real maravilloso” de Borges, Vargas Llosa o Carpentier sería desechado por cursi; ni hablar de la habilidad etopéyica de Balzac o del predicamento futurista de Arthur Clarke, ambos quedarían catalogados de seudos mistagógicos; más aun Flaubert, con sus afanes puristas sobre la belleza y el trabajo orfebril de la prosa sería declarado sodomita aticista por este corsario de los bits; ni el castellano castizo de Cervantes quedaría incólume, pues este ejecutable inundaría de cacofonías, solecismos y pésima ortografía cualquier texto que ose enfrentársele. Grigoleto para redondear su fraude escribió presuroso su farragoso cuento: una dislatada historia hecha en lógica consonancia con el accionar del virus. Faltando pocos días para la entrega de los resultados a sus contratantes, en una madrugada, privilegiado por tener libre acceso a la oficina del séptimo piso, sustrajo un cuento enviado e introdujo al computador el suyo infectado con el virus: lo que pasó con las demás obras concursantes almacenadas en el sistema ya lo podemos imaginar.
Cuando llegó el momento a pocas cuatro semanas del plazo para publicar los resultados el jurado en pleno se reunió en la sala deliberaciones para disfrutar de la maravilla informática  que semanas atrás los había satisfecho. Esa mañana el ingeniero Grigoleto llegó temprano a la cita cargando un paquete conteniendo la totalidad de CDs de los concursantes y 6 files (uno para cada miembro) con “los cuentos ganadores”; se los entregó al jurado y campante exigió su saldo adeudado. Más pudo la impaciencia por saber los resultados que sin objeciones le fue cancelada la deuda. Al cabo de algunos minutos mientras cada miembro del jurado leía “los cuentos ganadores” (uno de ellos era el de Grigoleto), se observó que sus rostros cambiaron de la ansiedad al asombro y luego a la ofuscación.
—¡Cómo van a ser estos los cuentos ganadores!– dijeron todos ellos casi a la mismo tiempo, espetando tal dictamen.
—¡Carajo!... ¡El software se ha equivocado, estos no pueden ser los finalistas!–dijo en hosca expresión uno de ellos recusando el fallo y tirando su file al suelo.

Grigoleto, sabio en sortear estos temporales no se amilanó y les dijo plácidamente que el programa había cumplido su objetivo; quiso darles la estocada final introduciendo al computador un CD con “Por quién doblan las campanas” de Hemingway, les hizo ver que el sistema seguía siendo perfecto y no había sido “manipulado” como alguien comentó. Lo que no sabían los críticos era que el virus que navegaba por los bits del sistema tenía la propiedad de inactivarse con un solapado clic y regresar a los parámetros iniciales de la programación de Literato versión 7.13; toda una obra de “albañilería digital”. Después de algunos momentos, Grigoleto abandonó la sala dejando al jurado en la más ustoria desolación.
—¿Qué haremos? ¿Qué diremos a los organizadores? ¿Podemos denunciar a ese técnico inmoral? ¿Qué será de nuestro prestigio internacional?

Todas estas interrogantes, como al principio del problema ninguno de ellos los supo responder. Sin mas remedio que pensar en una solución y calmándose los nervios se propusieron generar la última tormenta de ideas. Surgieron entonces opiniones de diverso calibre, desde “dejar a Dios para que él disponga”, hasta “olvidar todos los asuntos personales y terminar de evaluar en tiempo récord todos los cuentos”. El más joven de ellos queriendo salvar su estropeado prestigio –pues recomendó a Grigoleto- dijo:

—¿Por qué no elegimos ganador al último cuento del ranking, según la lógica del software debería ser el portento que buscamos? Pero ya no había crédito para este calote informático.

El bochorno de la oficina era cada vez más insoportable; sin embargo, el más joven insistió haciendo uso de su lucidez y sugirió la solución aceptada:
—Nos dividiremos los  6587 cuentos entre todos y cada uno matará sus pulgas como pueda y en dos semanas daremos por terminado el asunto”.

Y así lo  hizo cada uno con gran pena por tener que compartir sus honorarios con terceros quienes los ayudarían a solucionar este ensarte. El resultado estuvo listo a dos semanas de la fecha oficial de publicación de los ganadores. El 30 de marzo de ese año culminó satisfactoriamente el concurso, el ganador fue un rapado escritor que confesó ser un influido de Dostoievsky y Poe.
Los del jurado en su última reunión juraron gravemente no dejar jamás a la critica literaria en los predios de la programación computacional y así salvaguardarla de las garras de los judas de Bill Gates.








Comentarios

Entradas populares de este blog

Buen inicio de semana!

El asiático Go Han asesina al doctor Bronte en venganza por haberse plegado a los asesinos de su raza en China.

"Gobelinos Ho Han Yi",  fue escrito para la editorial Sopa de Letras de Buenos Aires, Argentina, en 2016. MENTES ENREDADAS GOBELINOS HOANG YI   Eran las 6:05 de la mañana cuando ambos ascendían lentamente en un Morris magic negro. Habían viajado por dos horas en la neblinosa madrugada desde Londres hasta el sur de la ciudad para investigar un crimen ocurrido en el camino de esa cuesta poblada de robles. — ¿Qué día es hoy?—interrogó, restregándose los ojos, el comisionado Pierpont Austen al agente Scott que conducía el auto policial. — Es 31 de diciembre…—contestó él, soñoliento. — Mañana es año nuevo, entonces- replicó sin ánimos el cincuentón Austen, subiéndose las solapas del grueso abrigo para contrarrestar el urente frío del lugar. Uno y otro observaron que esta parte de la ruta regularmente transitada por turistas y cazadores estaba salpicada de numerosos autos estacionados en fila izquierda con personas que mostraban rostros de asco, miedo y asomb...