Ir al contenido principal

"Alma elegida", describe la encarnizada lucha entre la vida y la muerte siendo el trofeo del vencedor el alma de una niña.

"Alma elegida", fue escrito para Librería Zeta books de Lima.

CUENTO INCLASIFICABLE
ALMA ELEGIDA
I
El rumor sin fin viene de enfrente. Es como una cadencia proferida por miles de ambivalentes redobles militares, por momentos bronco y estruendoso; por instantes, arrullador y lejano. 
Me habían apartado un trecho de ellas, no querían que escuchara lo que iban a “decidir”. El paisaje natural dorado y brillante se instalaba despacio con su fresca brisa y las dos siluetas del amanecer, ahora se veían nítidamente en la orilla de esta playa desierta: una, la joven, de espaldas a mí, era de largo cabello lacio y negro. Aún sentada en la arena, la transparencia cerúlea que la cubría dejaba ver su erguida contextura delgada. Al parecer no profería palabra alguna pero meneaba constantemente la cabeza. La otra, a la que adiviné una malcarada faz, estaba de pie. Era mayor… ¡Era viejísima!... déspota; sus gestos arrogantes cuando se dirigía a la joven así me lo decían. Tenía la voz de mando en la “decisión”,  lo sabía porque le enrostraba maldicientes sus dedos arácnidos.
Yo prefería no mirarlas y más bien trataba de interpretar lo que decía el mar en su rumor y vaivenes inescrutables.  Me fascinaba su horizonte que simulaba ser fina línea echada entre el cielo ahora de alabastro y las aguas azules, teñida de ambos. Sus olas morían tristemente en mis pies y por momentos creía estar en sus crestas espumosas, cortantes y altísimas: “¡Qué bien se estará allí!...¡Será acaso, como si durmiera en mi cama junto a Popín, mi muñeca de carita de tela y vestido de gasa a quien le faltan algunos dedos de los pies y las pestañas?... una mañana cuando desperté me asusté al no encontrarla a mi lado, apresurada, me levanté a buscarla y la encontré en el patio: estaba secando al sol, mamá la había bañado… ¡pobrecita, tan temprano y bañadita!...”. De golpe, a mi espalda, escuché la suave voz de una mujer que dijo:
—Niña, te llevaré a un lugar que te gustará—. Ella sonreía. La ternura brotaba fácil de sus ojos claros, me acarició el cabello. Sus interminables trenzas castañas casi le cubrían la frente prominente. —No tengas temor…—agregó. Tenía puesto un hábito cristalino, refulgente, hecha de miles de gotas. Al caminar juntas en silencio, en paralelo a la orilla, observé que de su mano izquierda colgaba una llave-cruz:
—Nos abrirá el lugar a donde vamos a ir—me dijo, mirando sus huellas que dejaba en la arena… yo no la entendí.

Poco a poco sentí que del mar venían vientos que no traían fragancias marinas sino un intenso olor a azufre, una densa acidez invadió rápidamente mi sentidos hasta obnubilarme… de pronto vi que el mar se tornaba agitado, hambriento, con múltiples olas gigantescas que corrían voraces hacia nosotras. El miedo hizo temblar mi cuerpo y acelerar mi respiración, cogí el brazo de mi acompañante para cobijarme y entonces contemplé lo que nunca olvidaré: ¡Nos encontrábamos en la parte alta de una abrupta estribación junto a un umbral de piedra calcárea cincelado por siglos de erosión! La parte baja era una pradera desértica –del que ascendían humos sofocantes- surcada por el cauce de un río seco; de reflejos cobrizos y bajo un paco sol colgado en encendido cielo. Desde allí, de pie, espectamos una ya iniciada disputa tronante entre dos seres contrastantes en sus aspectos físicos: Uno, era ciclópeo, ignívomo, de cuerpo asimétrico; con un cráneo achatado coronado de gruesas cerdas y con una hendidura violácea entre sus parietales; sus ojos eran dos cavernas profundas y humeantes y de su piel agrietada, cetrina, emanaba un vaho amarillento: blandía entre sus manos un curvado machete sangrante. Sus ensordecedores alaridos de victoria cuando asestaba golpes transfijos al otro herían mis tímpanos, era extremadamente ágil y bárbaro… El viento febril y el olor arisco del azufre hacían el aire irrespirable (pero mi acompañante… ¡estaba serena!).
Al otro ser no lo podía observar con claridad, la polvareda levantada por estos gigantescos seres en pelea a muerte cubría gran área del desértico paisaje. Sin embargo, en una centésima de tiempo, vi que la piel de su cara era humana, rosada y el resto del cuerpo hercúleo lucía tumefacto y sangrante; sus ¡ay! de dolor eran cada vez más lastimeros, suplicaban piedad y misericordia. Las figuras entrelazadas en encarnizada lid reverberaban en la atmósfera caliente proyectando sobre el suelo de polvo volcánico y partículas rocosas, sombras deformes e irónicas. En toda la pradera sólo se escuchaba una tras otra las risotadas de la bestia quien finalmente, infligió el machetazo fulminante al que estaba tendido en el suelo; las carnes chamuscadas de éste estallaron por las alturas como briznas de un gran charco orgánico cayendo pedazos de huesos marfiles cerca de nosotras.
—… Es la muerte que esta vez ha ganado—reveló serenísima mi acompañante.
—¿Por qué has querido que vea esta desigual pelea?— articulé mi voz, con pavor.
—¿Sabes quiénes eran esas dos mujeres que discutían en la playa de donde te traje?—. Fue una ilusión mental; no fueron tales como las vistes, la anciana es la decadente muerte y la otra, la más joven, es la vida, y ambas ya decidieron tu destino…
—¿Siempre es así, a todas las personas les toca ver este trance, al parecer fatal?—insistí muy alarmada.
—No, esta visión es sólo para las Elegidas y tú eres una de ellas.
—¿Elegidas para qué y por quién?—le rogué fingiendo extrañeza. —Ella dio un paso hacia atrás y mirando siempre la pradera infinita, ahora desierta, aunque humeante y rojiza: me explicó imperturbable lo que yo ya sospechaba hacía centurias:
—Lo sabes, eres hija de Entropía, el manantial del azar. Tu existencia y tus acciones han provocado penas, alegrías, vergüenzas, asombros y desgracias… Tus obras han contribuido con las maravillas, riquezas, poderes y enigmas de este mundo; ¡Por tu injerencia, muchos humanos han renunciado a otras mejores oportunidades en sus vidas!... Ya cumpliste con tu deber entre los hombres y tú, que naciste en tiempos remotos debes volver a tu lugar. Esas mujeres o lo que es lo mismo, los que pelearon por tu vida, son dos viandantes en el tiempo que están obligados a realizar el “ritual de la Decisión para las hijas de Entropía”. Ellas te trajeron a la playa para que disfrutes del rumor arcano del mar y para que yo te encontrara. Soy la acompañante de las elegidas en el trance previo en que se decide si continúan viviendo o mueren en el foso negro astrágalo: la última instancia de las almas en donde caen eternamente hasta que se apagan por el vértigo que produce el descenso sin fin…
—¡Intercede por mi alma, convénselas de que (me erguí miedosa, trémula y le hablé con voz implorante): la vida y la muerte no entienden al Ser del Azar! Yo soy la causa de todo lo que has dicho, es verdad, y ellas, son sólo consecuencia de mi accionar. ¡Siempre existí antes que la vida y la muerte! Y mis obras buenas o malas, obedecieron no a mi capricho sino a lo que dispuso Entropía: ¡La divina Anarquía!... por favor, entonces… ¿no hay nada más que hacer por mi alma?...—. La calidez de su mano a la que me acostumbré  ¡se heló! La luz de sus ojos se deshizo en el sofocante éter rojizo que nos rodeaba y por primera vez, advertí en sus pupilas pena y resignación… Y ella finalizó sentenciando: — ¡Es imposible esta vez!—. Noté atemorizada que en la pradera desértica el sol rojo había desaparecido; de pronto un ventarrón frío envolvió mi ser.
—¿Cuándo nos iremos de aquí? ¡El olor a azufre me está asfixiando!— grité. No obtuve respuesta: voltee a mirarla, busqué otra vez la luz cobijante de sus ojos y, la mujer acompañante (que ahora noto, ¡se parece muchísimo a mi madre!)… ¡había desaparecido!

Sin percatarme cómo, desperté en la playa desierta ya de noche. El mar estaba turbulento y sus olas resonaban incesantes: sentía todavía el temor de ese combate a muerte entre azufres y vapores. Y vi que lentamente la vieja feróstica, aquella del amanecer, se acercaba a mí. ¡Tenía el rostro demacradísimo!... caminaba de prisa saltando con garbosa agerasia.
—¡Vamos, camina!...—Horrorizada caí en la arena y a rastras la seguí en dirección mar adentro: ¡las aguas estaban heladas y las olas eran murallas impenetrables! Cuando la mole salada estaba por rebasarme, intenté salir desesperadamente hacia la orilla y grité lo más que pude para que alguien me escuchase, pero los poderosos brazos de la muerte me detuvieron… la tarde burló el crepúsculo y de plano cayó la noche arropada en densos brumazones y el rumor marino se multiplicó en mis oídos como risotadas de ultratumba.

II
En una habitación del balneario mediterráneo de San Cristóbal, en Barcelona, Abril Ivanó, una niña de siete años de inconfundible cabello negro despertó agitada en su cama, su pesadilla: una batalla de dos seres gigantes en un paraje rojizo y una decisión sobre el destino de su alama que le revelara una mujer acompañante, la habían sacudido. Su madre al percatarse de la fiebre que adolecía decidió por precaución y a falta del médico familiar, traer a una pediatra. Abril aun somnolienta sintió a la joven doctora sentada a su lado auscultándole con el estetoscopio… (¡Oh! ¡Ella tiene largas trenzas castañas con perfume a algas!), pensó, conteniendo la respiración…
— El día de ayer, Abril y yo nos dirigíamos por la ruta que bordea la playa rumbo a casa cuando nuestro auto se descompuso, como demoraron en remolcarlo contemplamos casualmente cómo el crepúsculo marino aparecía en el horizonte, creo que el sobre frío del atardecer la afectó—explicó la madre a la doctora.
—Es catarro: no haga ansias, señora. La niña no tardará en aliviarse…— afirmó serena esta.

Y la mañana se fue lentamente y en la tarde, Abril todavía en cama percibió un descompuesto olor azufrado expandirse por su habitación...

“El sueño funciona como una descarga de nuestras fantasías y miedos, los que proyectados sobre nuestras mentes provocan emociones o sentimientos liberadores que la realidad consciente no permitiría” – Dr. Sigmund Freud. 


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Buen inicio de semana!

El asiático Go Han asesina al doctor Bronte en venganza por haberse plegado a los asesinos de su raza en China.

"Gobelinos Ho Han Yi",  fue escrito para la editorial Sopa de Letras de Buenos Aires, Argentina, en 2016. MENTES ENREDADAS GOBELINOS HOANG YI   Eran las 6:05 de la mañana cuando ambos ascendían lentamente en un Morris magic negro. Habían viajado por dos horas en la neblinosa madrugada desde Londres hasta el sur de la ciudad para investigar un crimen ocurrido en el camino de esa cuesta poblada de robles. — ¿Qué día es hoy?—interrogó, restregándose los ojos, el comisionado Pierpont Austen al agente Scott que conducía el auto policial. — Es 31 de diciembre…—contestó él, soñoliento. — Mañana es año nuevo, entonces- replicó sin ánimos el cincuentón Austen, subiéndose las solapas del grueso abrigo para contrarrestar el urente frío del lugar. Uno y otro observaron que esta parte de la ruta regularmente transitada por turistas y cazadores estaba salpicada de numerosos autos estacionados en fila izquierda con personas que mostraban rostros de asco, miedo y asomb...